Historias de la PM (10): días de tiro y COE

Ser una unidad tan pequeña y especializada tenía sus ventajas. En general, que nos dejaban a nuestro aire, y mientras no llegasen quejas vivíamos bastante bien el escaso tiempo que nos dejaba el servicio. Pero eso no significa que no viviésemos peligrosamente de vez en cuando.


Fuimos un día a efectuar ejercicios de tiro. Un día en nueve meses. Eso os dará un idea de lo mucho que, en el fondo, le importábamos al ejército. Yo era algo así como un mecánico de pistolas: era capaz de montarla y desmontarla, limpiarla, cargarla, etc… pero no tenía ni la menor idea de cómo dispararla. Y lo mismo respecto de los subfusiles que llevaban los compañeros de escolta.

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Esto es un subfusil Z plegado.

Así que un buen día, todos los que no estábamos de guardia subimos a los Land Rover y nos fuimos a un monte propiedad del ejército a jugar a los soldaditos, pero que nadie piense que nos pegamos la gran panzada como en el cuartel, que aquí los mandos eran muy profesionales y tampoco estaban para correr mucho.

El primer ejercicio fue de lanzamiento de bombas de mano, granadas para los seguidores de Rambo. De entrada nos dijeron, con buen criterio, que nos iban a proporcionar material de instrucción sin metralla. Luego vino la decepción cuando las vimos, porque aquello, más que una peligrosa arma mortal, parecía una botellita de zumo de hormigas, con su tapón de rosca, nada de viriles arranques de anilla con los dientes.

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Granada de instrucción. Talmente una botellita.

Le quitabas el tapón, la lanzabas con fuerza, se iba desenroscando la tira de tela que llevaba enrollada, al final de la cual venía una aguja que salía despedida y la cosa hacía pum al caer. Para los valencianos, otra decepción: los niños explotaban petardos más gordos en Fallas.

Nos ponen a todos en fila. En frente teníamos un murete de protección de un metro de alto, más o menos, y detrás una superficie de tierra a un nivel bastante más bajo para protegernos de la onda expansiva. Delante del murete se colocan el teniente y el sargento.

Lo primero que nos dicen es que nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, lancéis una granada a lo pastor, porque tropezará en el murete de protección y herirá – en el mejor de los casos – a los supervisores de tiro.

Le dan una granada al primero de la fila, el tío coge aquello como si fuera una cucaracha, con los dedos y cara de asco, se acerca al murete… y lanza la granada por debajo del brazo, a lo pastor. Pasó a milímetros del murete. Un centímetro menos y hubiese corrido el escalafón militar en Las Palmas. Juro que me dio la impresión de que el teniente levantaba la pistola hacia el tipo, pero habida cuenta de que a mí se me había ocurrido lo mismo, no dije nada. Bastante es que se reprimiera y no disparase.

Me he acordado de todo esto cuando vi a este tipo haciendo el payaso con un fusil de asalto último modelo:

Aquí un fantasma disparando un fusil de asalto. Para que luego digan que los ectoplasmas no son peligrosos.

Los que habéis hecho la mili lo sabéis, los que os habéis librado, no. ¿Cómo lo explico? Bueno, que además de narcisista, como tirador es un inútil. Lo dejaremos ahí.


Y ya que hablamos de un tipo de lo más normalito, tirando a imbécil (hay que serlo para visitar dos grandes focos de contagio y luego acudir a un mitin en un recinto cerrado), que presuntamente tiene como único mérito militar haber estado en el Grupo de operaciones Especiales (GOE), aprovecho para contaros lo que me pasó con ellos estando ya destinado en Las Palmas.

Como ya os he comentado en la entrada correspondiente de las Historias de mi Puta Mili (8) las Compañías de Operaciones Especiales (COE por aquel entonces) eran uno de esos cuerpos militares semiprofesionales que se nutrían de voluntarios. Gente que se sometía a putadas muy dolorosas – que ya conté allí – para ganarse la boina verde, pero que en principio no tenía más requisito para entrar que firmar por dos años.

Una mañana nos dice el sargento que los COE iban a hacer maniobras de guerrilla urbana en un pueblo abandonado, y que les habían ofrecido un par de plazas para nosotros. El hombre había decidido que otro cabo y yo íbamos a ser voluntarios. ¿Lo habéis pillado, no? Y gracias a que tuvo la decencia de decirnos a qué nos había apuntado como voluntarios antes de enviarnos.

Bueno, el caso es que seguíamos siendo jóvenes y en buena forma, y además les sacábamos la cabeza a aquellos cracks. De entrada nos ponen frente a una casa con una altura de dos pisos, y un sargento que apenas pasaría del metro sesenta nos dice que nos va a explicar cómo se hace. El tío se echa para atrás, coge carrerilla, y sube corriendo por la pared hasta que se engancha de un agujero a la altura de la terraza. Y no, no me he equivocado, el tipo aquel corrió por la fachada. Palabra de civil vocacional. Sus subordinados se miraban y sonreían, yo miraba al otro cabo y le susurraba: “vámonos, tío, que estos no son humanos”.

Por suerte, no nos pidieron tanto, ni la mayoría de los COE fueron capaces de imitarlo. Pero el caso es que la mañana estuvo entretenida, jugando a soldaditos, entrando por los tejados y jugando a derribar puertas (no quedaba ni una cuando llegamos, por eso era un juego). Luego nos llevaron con ellos y nos dieron de comer en la cantina, con muy buen rollo.

A la tarde llega el teniente por allí, y el oficial de los COE nos lleva a ver cómo practicaban artes marciales sus chiquitines, y nos presenta a su instructor, una bestia que era cinturón negro de no recuerdo cuantas cosas. Le preguntó a mi teniente si alguno de los PM que estábamos allí sabíamos algo de artes marciales, y él tuvo la decencia de decir que no. Respuesta del oficial COE: “lástima, hubiese estado bien organizar una pelea”. Me dieron ganas de besar a mi superior.

Nos despedimos amistosamente, pero sin ninguna gana de repetir. Hay que saber abandonar la diversión cuando está en lo mejor. O sea, justo antes de cagarla de alguna forma.

Al día siguiente nos llama a los mismos el sargento, y nos dice que la COE le ha hecho llegar un requerimiento para que nos traspasasen, por lo visto les habíamos gustado. Ambos exclamamos un “no, ¿verdad?” muy sentido. Porque claro, mientras no te alargasen la mili, podían trasladarnos donde quisieran, lo de que tenían que ser voluntarios es solo una forma de hablar. El sargento nos respondió que esa decisión era cosa del teniente, pero el muy cabroncete se iba riendo por debajo del bigote mientras lo decía.

Estuve estreñido tres días. No fui capaz de volver a defecar en condiciones hasta que el teniente nos confirmó que ya andaba demasiado justo de efectivos como para deshacerse de la mitad de sus cabos, y que no volveríamos a ir con esa gente a jugar a la guerra.

Y esa fue mi relación con los COE. Al igual que con los paracaidistas – no tanto con los legionarios, que esa gente ya queda fuera de mi marco conceptual – nos llevábamos bien, y yo apreciaba a algunos de esos tipos. Pero también me caen bien los indios amazónicos y no se me ocurriría ir a vivir con ellos.


Y aquí finalizo esta serie, porque hay anécdotas que prefiero callarme. No os pienso contar el público maduro femenino que congregamos el día que nos pusimos a jugar a volley en la playa (nudista) del Inglés, ni mis charlas alucinantes con oficiales de paisano que hubiesen adelantado por la derecha a Franco de haber estado vivo, ni lo rica que está una cerveza muy fría cuando has llevado un casco de plástico en la cabeza todo el día, ni…

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Esto mismo lo hacíamos a diario, en pueblos alejados de la capital para que no nos pillaran. De verdad que no tenéis ni idea de cómo sabe una cerveza muy fría cuando dejas el puñetero subfusil y el casco en la barra. Eso sí, los civiles no suelen mirarte con cariño.

El próximo y último episodio reflejará pues el acto de la licencia, ese después del cual pasas a la reserva, y por fin, tú – al menos yo – vuelves a sentirte miembro de la sociedad.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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