Historias de la PM (final): licenciado.

Y aquí finalizo esta serie, porque hay anécdotas que prefiero callarme. No os pienso contar mi sorpresa ante el público maduro femenino que congregamos el día que nos pusimos a jugar a volley en la playa (nudista) del Inglés, ni mis charlas alucinantes con oficiales de paisano que hubiesen adelantado por la derecha a Franco de haber estado vivo, ni…

Eso sí, no quiero despedirme sin recordar a mis compañeros de quinta (foto de cabecera), esos con los que conviví durante nueve meses y tuvieron a bien soportarme, al menos tanto como yo a ellos. Desde aquí envío saludos al Caralho, Burgos, Tete, Paleta, Curro, Gitano, Loco, Cabezón, y alguno más cuyo apodo me avergüenzo de no recordar. Allá por dónde andéis, un saludo gordo.


Tarde o temprano, todo llega. Tras un año de vestir uniformes más o menos destrozados, llegó el momento de la licencia. En ese momento, la gente reacciona de formas que quienes no comparten el grado de sociabilidad no comprenden. Y en cada uno de aquellos momentos, uno por trimestre, yo no entendí gran cosa. Como individuo entre poco o nada sociable por naturaleza, y por entonces harto inexperto en la cosa social en general, y romántica en particular, aluciné.

De entrada, había visto a lo largo del tiempo la frialdad y desapego con que quienes se habían echado novia en la localidad les dieron la espalda. Unos, mintiendo sobre la fecha de licencia, y dejando a las muchachas esperando, otros simplemente diciéndoles que todo había sido cosa de la mili, y ahí te quedas. Incluso quienes no tenían a nadie esperándoles en la península les dieron portazo a sus relaciones circunstanciales.

Sin embargo, en mi reemplazo no recuerdo a nadie que hubiese construido relaciones sentimentales. No sabría decir si nuestro grupo tenía una dinámica diferente, si sería que éramos poco deseables para las mozas locales, o simplemente me falla la memoria. Sea como fuere, creo que en eso también fuimos algo más decentes que la media.

Quienes sí eran sociables habían construido toda una red de amistades entre su reemplazo. Esos intercambiaban direcciones (de domicilio, no existía correo electrónico) y teléfonos (fijos, por supuesto). Prometían verse y quedar un día, y la intención era cumplirlo. No recuerdo que nadie me pidiese mis datos, y yo lo agradecí. El único que me hubiese gustado volver a ver era Jaume, y justo a ese no conseguí localizarlo a tiempo.

Pero lo que más me sorprendió son aquellos que se sentían terriblemente asustados por el regreso a la vida civil y deseaban quedarse a toda costa. El ejército, por entonces, contrataba muy pocos profesionales, y si no habías tenido galones tampoco te permitían pasar a la Policía Armada. He visto llorar a compañeros en su último día porque no querían marchar. Sinceramente, ni lo entendí entonces, ni lo entiendo ahora, pero así fue.

En cuanto al acto en sí de la licencia, básicamente consistía en vestirte de civil, echar tus cosas militares al macuto, dejar el armamento y los útiles de la PM en el cuartel, e ir a entregar todo lo demás a un cuartel de Infantería. Allí me encontré con dos soldados de administración. Como ya expliqué, me faltaban cosas que habían desaparecido en la novatada: camisas, un cinturón, … Uno de los administrativos, al saber que había ejercido de cabo de la PM no quería licenciarme, el otro sí. Por suerte ganó el que prefería perderme de vista.

Al día siguiente llegué al aeropuerto de Valencia en un vuelo comercial, con billete pagado por el ejército, con la blanca – la cartilla militar – guardada a buen recaudo, con su conocida frase que indicaba el pase a la reserva: valor, se le supone.


Y hasta aquí mis historias de un Policía Militar en tiempos de transición entre la muerte de Franco y la democracia, que a duras penas iba metiendo la patita por la esquina de la puerta.

Espero que os hayan resultado interesantes. Si así fuera, agradecería un comentario en esta entrada indicándolo.

Saludos.

2 comentarios sobre “Historias de la PM (final): licenciado.

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