Pongamos que hablo de Madrid (VI): las conclusiones

Este penúltimo capítulo de Pongamos que hablo de Madrid fue escrito a finales de abril, pero no publicado a la espera de verificación.

He actualizado dos puntos, las quejas de la Comunidad de Madrid respecto del riesgo de contagio del aeropuerto, y el artículo sobre la singularidad política de la Comunidad, pero el resto es tal cual. Lo publico ahora, no porque vaya a cambiar mucho la visión del foco del problema madrileño en la diseminación del virus, sino por completar la serie con unas conclusiones.


Poneos en la mente de un virus. No debería resultar demasiado difícil, ya que colectivamente la humanidad sigue el mismo comportamiento basado en la gran prioridad evolutiva: reproducirse al máximo.

Como decía, pongámonos en plan viral. Como ser básicamente sencillo, solo sabemos hacer dos cosas. Una, es obviamente reproducirnos cada vez que encontramos un hábitat adecuado, la otra es mutar a ciegas hasta que una de estas mutaciones consigue mayor eficiencia de propagación (o sea, de reproducción). Las demás, simplemente se extinguirán.

Bien, pues estamos triunfando. Una mutación consiguió salir de su hábitat inicial y saltar a otra especie anfitriona. Y así, de algún modo que no conocemos todavía con seguridad, un determinado espécimen vírico llamado SARS-COV2 consiguió llegar hasta la especie anfitriona ideal: los humanos. Ideal, porque son abundantes, se desplazan por todo el planeta, viven en cercanía los unos de los otros, y como especie han alcanzado un éxito indudable: están por todas partes.

Un punto de entrada ocurrió durante un partido de fútbol, en febrero. Humanos de Valencia que fueron tan confiados que viajaron hasta Italia, para luego traernos de regreso a España. Desde ahí pudimos viajar, como no, a Madrid, y desde Madrid ya se sabe que es posible alcanzar cualquier punto, incluso el cielo (en los aviones, dejemos la religión aparte, que los virus de eso no sabemos nada).

Pero tampoco creamos que el fútbol lo es todo. Supongamos que un humano viaja a China (o Corea del Sur, o Hong Kong, o…) y regresa a la City de Londres acompañado por unos cuantos ejemplares de COV2. Podía haber regresado a Frankfurt, Berlín, Amsterdam, o cualquier otra ciudad de negocios, pero supongamos que es Londres. Feliz, COV2 se reproduce e infecta a los amigos y familiares de este amable anfitrión, alguno de los cuales toma un avión hacia España y desembarca en el mayor centro de negocios, situado en Madrid. Para el viajero eso es normal porque en la capital se pueden hacer grandes negocios: aglutina a los mayores patrimonios del país, los mayores centros financieros, etc. ¿Para qué viajar a otras ciudades españolas? Bueno, si fuera por ocio sí, pero de momento estamos en febrero y todavía hace fresco para ir a la playa.

En Madrid desembarca nuestro virus, y descubre que está en el paraíso. Hay una perfecta cultura de cercanía entre las personas, la densidad es alta, casi no llueve ni sopla viento, y cada vez que deja una trampa en forma de gotita de saliva, hay grandes probabilidades de alcanzar otro cuerpo.

Solo hay algunos problemillas. Que muchos anfitriones tienen los pulmones dañados por la contaminación de todo tipo y aguantan poco, pero hay otras ventajas que superan ampliamente los defectos.

La primera es que desde Madrid se puede viajar a cualquier otro lugar de España con facilidad, y de hecho, los madrileños lo hacen con frecuencia. Nuestro virus se encuentra con amplias colonias de humanos no infectados en los que es sumamente fácil saltar de unos a otros.

Otra ventaja es que se producen grandes aglomeraciones de gente sin ningún control. Grandes estadios deportivos donde caben miles de cuerpos potencialmente infectables, cientos de miles que viajan continuamente desde pueblos cercanos a Madrid y luego regresan infectados a sus casas, conciertos, teatros, cines, acontecimientos religiosos o políticos, … Una maravilla.

Y si por una de aquellas cae en una residencia de humanos añosos, al estar confinados no pueden huir. De nuevo, el cuerpo receptor dura generalmente poco, pero es que hay tantos…

También hay enemigos. Esos grandes centros repletos de hombres y mujeres que visten de verde, blanco o azul, y que, curiosamente, en vez de huir tratan con todas sus fuerzas de salvar a los humanos contagiados destruyendo virus. Y eso que el virus no es capaz de leer un contrato o una nómina, porque entonces se sorprendería aún más.

Por suerte, estos defensores son relativamente pocos, en ocasiones muy mal pagados, con empleo con frecuencia precario y trabajan desprotegidos, así que el virus puede incluso utilizarlos para saltar a alguno de esos muchos cuerpos que se acumulan en enormes hospitales, donde el contagio es más fácil por el hacinamiento.

Otros ejemplares víricos han tenido peor suerte, caen en zonas menos pobladas donde solo existen unos pocos humanos a los que infectar. Pero claro, siempre queda la esperanza fundada de que algún madrileño viaje hasta allí, o un lugareño hasta Madrid, y vuelta a empezar.

Lo dicho, un chollo esto de aterrizar en una gran ciudad que no solo mantiene los virus en el aire mucho más tiempo que otras, sino que además es centro de traslado hacia otros muchos lugares. Una delicia vírica.


La primera conclusión es inmediata. Madrid es una comunidad que goza de los privilegios económicos de la capitalidad, pero al mismo tiempo sufre por la insalubridad que genera su crecimiento mucho más allá de cualquier límite de sostenibilidad. De ahí que cuando, por poner un ejemplo, el aeropuerto de Barajas sea una peligro se queje a pulmón abierto, en clara incoherencia – y no poca desvergüenza – de los riesgos anexos. Efectivamente, si un aeropuerto capitaliza – nótese el juego de palabras – nada menos que el 29,6% de todos los movimientos de pasajeros en 2019, y el 52,2% del tráfico de mercancías, lo coherente es que igual que aceptas las riquezas que ello aporta, asumieses sus riesgos inherentes.

También es un riesgo para sus vecinos, que se ven afectados por los riesgos sanitarios inherentes a esa capitalidad, sin obtener los beneficios directos que conlleva.

Si a todo lo anterior le añadimos la baja inversión en sanidad, la netamente insuficiente escalabilidad del modelo sanitario en tiempos de crisis, un sistema de transporte inadecuado, y un altísimo volumen de desplazamientos, la consecuencia es evidente: cuando Madrid tiene un problema, también lo tendremos castellanos, manchegos y leoneses. Si le sumamos a estos hechos objetivos las percepciones, obtenemos un cierto hartazgo de la capital en las periferias.

Un último apunte relevante: a nivel político también Madrid es una excepción en las tendencias europeas. Si la mayoría de las capitales están regidas por alianzas de mayoría socialdemócrata, e incluso ecologistas como París, ¿por qué Madrid tradicionalmente elige conservadores? Yo diría que por sus orígenes históricos, pero es posible que mi mirada esté sesgada, y esa resistencia a las tendencias de los tiempos que nos han tocado vivir tenga un origen diferente. Es posible, pero sinceramente, creo que muy improbable.

¿Y la solución? Puesto que sería ilusorio pensar que el esquema centralista del Estado español vaya a cambiar, con una distribución de la capitalidad por la geografía española, habrá que conformarse con cruzar los dedos y esperar que algún día se racionalice el modo de vida madrileño. Y ya, si eso, la gestión en las Castillas, León y la Mancha nos prevenga de los riesgos y servidumbres que acarrea la proximidad a una capitalidad totalmente insostenible.

Aquí acaba esta serie, que como ya dije no va contra los madrileños – excepto los homicidas imprudentes que esparcen el virus por otras regiones – ni tampoco pretende trasladar la capitalidad a otra macrourbe, porque sería absurdo. Pero comprender de dónde viene el presente conforma los cimientos para un futuro más racional.

Aunque fe en la racionalización de la sociedad actual, lo que se dice fe, hay poca.


Con esto creo haber revisado todas aquellas causas más conocidas y documentadas que permiten explicar por qué Madrid ha sido no solo la Comunidad que ha concentrado más de un tercio de los casos de pandemia y fallecimientos en España, sino también un foco de contagio que ha permitido diseminar la enfermedad por la comunidades vecinas.

Ya tan solo falta emitir las verificaciones en el próximo, y último, artículo.


Notas y referencias:

  • Declive de la economía y del sistema de bienestar
    • Estado de bienestar: construcción entre 1945 y 1980
      • Declive desde 1980
    • Camas hospitalarias por 1.000 habitantes : Ha disminuido en todos los países desde 1980.
      • España: 3.0/5.4 – 55.5%
      • Alemania: 8.3/10.4 (1990) – 79.8%
      • Francia: 6.5/11.1 – 58.6%
      • Italia: 3.4/9.6 – 35.4%
      • Reino Unido: 2.8/5.9 (1990) – 47.5%

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