¿Por qué dejamos que nos roben palabras y símbolos?

La primera vez que salí tras el confinamiento, me fijé en cómo y qué mascarillas portaban mis vecinos. Fue sorprendente comprobar cómo una minoría importante dejaba al descubierto la nariz, y lo catalogué como simple incomprensión del funcionamiento de la mascarilla. Nada extraordinario, en realidad, porque mucha gente no comprende el funcionamiento del botijo.

Ojo: no me refiero a eso de inclinarlo para que la gravedad haga el resto, que eso lo entiende hasta el más obtuso de los votantes (creo), sino al mecanismo que enfría el agua en el botijo.

La segunda observación fue la cantidad desorbitada de personas que llevaban mascarillas con la bandera de España sobre fondo verde o negro. Una razón que alguien me explicó amablemente, es que VOX prácticamente regalaba esas mascarillas, y ya se sabe que en la Mancha los puños tienden a ser tan prietos que hay que pegar en los codos para que caiga el dinero. Aquí la palabra milagrosa para un político o comerciante sin demasiados escrúpulos es “gratis”.

Ahora bien, consciente o inconscientemente aquello acababa siendo una forma de expresión identitaria, y los abanderados – y no, no me refiero a quienes eligen la marca de ropa interior Abanderado – intercambiaban como mínimo miradas de reconocimiento.

Ahí me pregunté por qué demonios permitíamos que nos robasen las palabras y los símbolos. De modo que entré en un par de páginas de Facebook de VOX, recogí expresiones, y me dediqué a analizarlas. Aquí os adjunto algunas de mis notas más estructurales.


La bandera de España.

Para quién no lo sepa, en España los colores de la bandera no tienen un especial significado. La razón es que el emparentamiento entre reyes de los diferentes países hacía que con demasiada frecuencia las banderas tuviesen fondos del mismo color, así que en las batallas navales era difícil distinguir a lo lejos si un barco era amigo o enemigo, con los consiguientes líos de si te tengo que hundir, o no. De modo que en 1785 Carlos III promovió un concurso para cambiar los pabellones navales con el fin de que se distinguiesen desde lejos, y ganaron estas porque eran fáciles de identificar, e incorporaban los dos colores más frecuentes de los pendones de los antiguos reinos españoles. Pero, sobre todo, por lo primero, que hay que ahorrar barcos cuando no esté en juego la honra del rey de turno.

Alguien me dirá que eso solo es cierto hasta que aparece la bandera republicana. Pues no, porque el color violeta se incluyó por error. Quisieron añadir los colores de Castilla en la bandera, pero se equivocaron porque el color tradicional de Castilla también es el rojo carmesí, y no el morado. De haberlo sabido, probablemente hubiese seguido como estaba, o la habrían cambiado por completo.

En resumen, que la bandera española – a palo seco, sin escudos raros – ni es borbónica, ni franquista, ni nada. Solo es española desde hace más de tres siglos.

Será eso por lo que yo ahora llevo una mascarilla con no una, sino dos banderas españolas, una a cada lado de la cara. Para que se sepa que el símbolo es mío porque me da la gana, y para mayor confusión de los reconocimientos identitarios, que se transforman en miradas de incomprensión al visionar mis tatuajes. Y eso, a qué negarlo, me divierte.

Así que dejaos de vergüenzas sin sentido y aceptadlo: la bandera rojigualda no tiene dueño, dejemos de buscar refugio en otras porque nos están echando de nuestra propia simbología.

Los partidos constitucionalistas.

Y no contentos con quedarse con la bandera, también se apropian de la Constitución Española. Que nos gustará más o menos, pero es la que hay, y en su día representó un enorme avance respecto de lo que había.

Supongo que los muchachotes y muchachotas izquierdosos que hablan alegre y descerebradamente la calificarán de base del Régimen del 78. Creo que implícitamente mi opinión hacia ellos ya ha quedado expuesta, pero voy a ir más allá. La Constitución del 78 fue una revolución normativa que avanzó este país medio siglo en el futuro de un plumazo, y nos ha mantenido 42 años libres de guerras civiles. Casi nada el récord teniendo en cuenta que, según Machado, de cada diez cabezas españolas, nueve embisten y una piensa. Yo creo que se quedó corto, y que habría que decir:

En España, de cada diez cabezas, nueve embisten a la que piensa.

Si acaso, si sigue siendo la que es con tan solo dos modificaciones en tantos años, habría que preguntarse si no será porque el pensamiento político no ha evolucionado desde entonces, y por qué ha ocurrido eso. Y es que, entre otras razones, no existe un consenso en la sociedad española sobre qué y cómo modificar las cosas. Y si alguien cree que exagero que pida, por ejemplo, a los partidarios de la República qué describan el modelo que persiguen. Mi experiencia es que el silencio que se instala a continuación es altamente significativo.

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No es, por tanto, mejor constitucionalista quién se empeñe en mantenerla petrificada por los siglos de los siglos, que quienes deseen modificarla. Es inconstitucionalista quién decide ignorar sus propuestas normativas. Y ahí, cuanto más a la derecha, mayor es la hipocresía, o directamente, la falacia. Cito, por poner dos ejemplos, a quienes consideran ilegítimo al gobierno surgido de la moción de censura (artículos 113 y 114), y a los ignorantes que le pidieron al rey que disolviera las Cortes, cuando esa función es una prerrogativa exclusiva del Presidente del Gobierno (artículo 115).

De modo que quiero dejar claro que todos aquellos que obedezcan las leyes, por más que deseen cambiarlas mediante mecanismos legales, son constitucionalistas, y no lo son quienes la reescriben cuando les conviene para sus despropósitos.

Mafia progre.

En esto, al igual que con la bandera, están triunfando quienes se apoderan de las palabras. Incluso he escuchado la palabra progre en forma totalmente despectiva en tertulias progresistas. Que si lo progre es buenista, que si es ilusorio, que si dónde van con esas utopías, … Echad un vistazo a estos rostros, ¿de verdad tienen pinta de ser unos ilusos? Alguno habrá, pero yo diría que el factor que los une, más que la ingenuidad, es el conocimiento y sus habilidades para transmitirlo.

Empecemos por el principio: todos los habitantes de este planeta, desde el primero al último, somos progresistas. Porque al lunes le sucede el martes, y al 2019 el 2020, y así progresivamente. Si queréis os lo digo en forma algo más formal: el vector tiempo solo tiene un sentido, y es el progresivo. Nadie, que se sepa, ha conseguido viajar al pasado, pero, aunque lo consiguiera, al llegar allí volvería a ser progresista, porque incluso ese Siglo de Oro que tanto les gusta, progresaba hacia el siglo XVIII.

Por tanto, allá dónde exista una mafia, será progre, igual que hay una extrema derecha progre, una derecha progre, y hasta los pedos de Abascal son progres porque una vez han salido, no hay forma de volverlos a guardar de dónde salieron.

De modo que a menos que la gente que denomina despectivamente progres a los contrarios sea capaz de conseguir que en sus calendarios al domingo le siga el sábado y no el lunes, que sepan que también son progres. Y si así no fuera, que me digan que son, ¿retrocedistas? Venga, no jodamos con el tiempo, que es lo único cierto en este mundo.

Ideología de género.

En este punto los vendedores de contenidos simbólicos han tenido un éxito más que relevante, partiendo de una falacia notable. Veamos, en la sociedad los constructos identitarios – o sea, esas cosas intangibles que construimos entre todos para reconocernos – aparecen generalmente tras hechos traumáticos, que llevan a fuertes movimientos sociales. Así ocurrió con el feminismo tras la edición de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en el siglo XVIII, como contraposición a los muy patriarcales líderes de la Revolución Francesa.

Ahora bien, el género es otra cosa. Se define tradicionalmente como aquellos roles específicos y no intercambiables que la sociedad asigna a los únicos dos sexos posibles dentro de esta concepción. Es decir, el rol femenino de cuidado del hogar y sometimiento al varón, y el rol masculino de jefatura familiar y trabajo remunerado fuera del hogar. Si queréis podría entrar en ese debate, pero ya os lo digo: las ciencias sociales no tienen dudas: el género es una realidad construida socialmente, a diferencia del sexo, que es un hecho biológico.

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Por tanto, es totalmente falso que el feminismo, o la progresía en general, aporten una ideología de género, sino que muy al contrario, en España la estamos tratando de desmontar desde 1978. Los únicos que tienen una ideología de género que les impide evolucionar son, si acaso, los conservadores que ansían tanto darle la vuelta al vector tiempo para retroceder a mediados del siglo pasado.

Por eso mismo no cejarán en su lucha contra los reconocimientos de las realidades LGTBIQ+, o el feminismo. Porque cualquier cambio en la definición de los géneros hace tambalear sus instituciones fundamentales, las básicas y fundamentales en su existencia, y eso no pueden permitirlo sin que su mundo subjetivo se venga abajo. Por tanto, seguirán oponiéndose y habrá que entenderlo, lo que no quiere decir en absoluto cederles un valor moral que no poseen.

El lobby LGTBQI+.

La homosexualidad como concepto social aparece tras los disturbios de Stonewall en 1969, y es por tanto un concepto reciente en términos históricos. Hasta entonces, las personas podían tener comportamientos homosexuales, pero no eran homosexuales, porque eso, simplemente, no existía en la doctrina social de la época. Cualquiera que fuera la época hasta finales del siglo XX, no se era homosexual, solo se estaba temporalmente.

PUNTO DE VISTA, blog de Arcadio R. C.: Pederastia

Suena curioso, ¿verdad? Es incluso contraintuitivo, pero así es. Alejandro Magno no era homosexual, y pese a ello su relación con Hefestión no sonaba a platónica. Ni lo era el Batallón Sagrado de Tebas, tampoco los famosos 300 de Esparta. La razón es que las prácticas homopedófilas – ojo, mientras no fueran exclusivas y permanentes – eran uno de los ligámenes sociales entre adultos y jóvenes y formaban parte del proceso educativo.

Incluso se ha dicho con frecuencia del propio Julio César que según parece tenía su propio pelotón de favoritos para cuando escaseaban las mujeres durante la campaña. Aunque por razones obvias nunca ha quedado muy claro cuánto había de cierto en ello, y cuánto de leyenda negra.

Y, sin embargo, enfocarlo de esta forma explica muchas cosas. Si las personas que ejercen de forma reiterativa ese tipo de conductas amorales no escarmientan, no es porque sean homosexuales – cosa que, recordad, no ha existido hasta los años 70 – sino porque son degenerados, viciosos, adictos, pecadores contumaces en definitiva. De ahí que las leyes franquistas se empeñasen en enviar a los homosexuales a reformarse en las cárceles, el nazismo tratase de extinguirlos – al igual que a otros degenerados sociales, como los comunistas sin ir más lejos – y los buenos creyentes persistan en tratar de reformarlos mediante cursos y supuestos tratamientos pseudo-psicológicos.

Siendo esta creencia tan interiorizada en los sectores más tradicionalistas, especialmente en los religiosos, no es de extrañar que tengan que achacar la tendencia social actual a contemplar las corrientes sexuales que aceptan la diversidad identitarias y las preferencias sexuales como un lobby. ¿Cómo explicarlo, si no? Porque recordad que la gran diferencia entre una mente abierta y otra cerrada es que las primeras pueden adquirir nuevos valores y referentes, las segundas, no. Y eso de la homosexualidad, para instituciones que tienen miles de años y para sus seguidores que hunden sus raíces morales en ellas, es algo muy nuevo.


Aquí lo dejo. Creo que son todos los que están, aunque desde luego no estén todos los que son. Pero considero que es suficiente para demostrar que nos están robando las palabras y los símbolos, y lo que es peor: estamos colaborando plenamente en ello.

Saludos y buena reflexión.

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