Verdadera historia de los sucesos de Rijogrande: Introito (1)

A la villa del Rijo Grande, la que nunca desfallece, llegaría un domingo por la tarde un individuo bastante extraño, al que, por extraño que parezca, estaba esperando la policía local.

Así da principio este introito que iré publicando a lo largo de las próximas semanas.

Aquí os dejo con el personaje llamado Roger, que irá desarrollando los apelativos de Rogelio, Golem y Beberu.


Domingo, 1 de abril

Una tarde de un domingo de abril como otro cualquiera, bajé del tren en la estación del pueblo de Rijogrande. Gente anodina subiendo a los vagones. Nada especial que reseñar, lo de siempre.

No me malinterpreten, no tengo nada en contra de la gente. No tienen la culpa de ser como son. O quizás sí, pero sería irrelevante. Podría decir que no estoy en contra de los humanos, incluso que algunos de mis mejores amigos lo son. Pero no sé si pillarán el chiste porque todavía no saben que no tengo amigos.

No es que yo sea alienígena, ni nada por el estilo. O, por lo menos, mi madre nunca reconoció haber sido abducida. Claro, que tampoco me aclaró quién había tenido el dudoso honor de ser su proveedor de semen.

El caso es que los humanos, simplemente, me importan un bledo. Juntos o por separado, tanto me da.

Un psicólogo le dijo a mi madre que posiblemente sufría de un Trastorno del Espectro Autista (TEA según los licenciados). Mi madre se enfadó, gritó que nadie le iba a decir que su hijo estaba poseído por un espectro, ¡mamarracho! Antes de que el psicólogo pudiese decir nada, nos habíamos ido. Han pasado décadas, y todavía recuerdo la O de su bocaza envuelta en una barbita, haciendo juego con las OO de sus enormes gafas de pasta.

No volvimos. Ni a ese, ni a ningún otro. Sobre todo, cuando comprendí que el psicólogo se había confundido de siglas: lo mío es más como un TPA, un Trastorno de la Personalidad Antisocial. Lo que popularmente se conoce como un psicópata, para entendernos.

Como comprenderéis, no informé a mi madre.

Dejadme que lo explique un poco. No capto lo que trasmiten los demás. Algo así como tener que contar los likes en Facebook para deducir que una imagen de cachorritos me debería gustar. Tampoco tengo muy claro eso que llaman empatía. Ni por qué a los humanos les tienen que gustar los gatitos.

Hasta dónde yo sé, no me parezco mucho a Hannibal Lecter, ya quisiera yo ser un médico rico y famoso. Pero algo de lo que mi madre llamaba un desalmado sí podría tener. Entiéndase que no es que yo vaya matando gente para comérmela poco a poco – soy bastante inútil cocinando – pero tampoco me importaría demasiado tener por amigo a alguien que sí lo hace. Ni sufriría lo más mínimo por quien proporcionase la materia prima. Muy a su pesar, imagino, que a nadie le sobran sesos.

La cosa es que tengo un cerebro de Rolls-Royce en un cuerpo de camión. Quizás por eso los nativos me llamaban beberu cuando estuve una temporada trabajando contra ellos en África. Es una palabra polisémica, en realidad. Podría significar tipo grandote, o maromo que huele a choto, o simplemente cabrón. Se lo decían a todos los blancos armados que veían, así que también podría ser un poco de todo.

Mis ciento veinte kilos hacen que tienda a moverme despacio. Eso permite a mi cabeza de la hostia procesar conscientemente lo que los humanos vulgares detectan sin esforzarse. Si quien está enfrente está cabreado o contento, por ejemplo.

Para entendernos, los humanos sonríen sin esfuerzo si les presentan a alguien, pero yo tengo que leer la cara del otro – enseña los dientes, comisuras de la boca hacia arriba, ojos muy abiertos – y replicarla – subir la comisura de los labios, mirar a los ojos (sobre todo si te presentan a una mujer, ¡escote no, ojos sí!), adelantar la mano hasta coger la del otro (ojo: no hacer daño si el otro no empieza).

No es que yo sea físicamente torpe. Practiqué artes marciales bastantes años porque mi madre pensó que sería útil para defenderme de los abusones – sospecho que el que abusaba era yo, pero nunca estaba seguro hasta que el otro rompía a llorar – y cuando conviene puedo ser rápido. Pero para que me dé tiempo a leer situaciones, me es más útil moverme despacio. Parece ser que es algo que la gente espera de un tipo grandote. Como ya me viene bien, pues así lo hago, y todos felices.

A lo que iba, que algo de narcisista también debo tener porque me encanta hablar de mí mismo conmigo mismo.

El caso es que llegué a la ciudad (siendo muy benevolente) de Rijogrande la tarde del primer domingo de abril. Fui el único pasajero que bajó del tren.

Esperaba, al lado del jefe de estación, un tipo esmirriado con uniforme de combate – sin corbata, y con el pantalón por dentro de las botas – de la Policía Municipal. Llevaba unas cuantas estrellas de latón en la pechera. Los pulgares en el cinturón, torcido por el peso de un pistolón casi tan grande como su muslo. La funda, sujeta a la pierna en plan Duelo en el OK Corral.

Nada pude leer en el rostro del uniformado, salvo deducir un probable estreñimiento. Eso no suele ayudarme mucho. En cambio, el Jefe de Estación – mirada hacia abajo, ojillos achinados, comisuras arriba, sin dientes, respiración nasal agitada – tenía toda la pinta de estar disimulando la guasa, sin éxito. Lo ignoré.

El canijo se acercó. Mientras tanto el otro giraba la cara para que no se le viese la, ya, franca sonrisa de cachondeo. Supongo que ante el contraste de nuestras figuras.

  • Ramón-Odón Taberner y García-Bolillo, oficial de la policía de Rijogrande. Bienvenido a la ciudad. A su servicio. Acompáñeme, tengo un vehículo esperando.

Todo esto dicho de un tirón sin respirar. No es poco mérito para pecho tan escuálido.

Salió disparado el fantoche con paso marcial hacia el aparcamiento. No me pregunté qué podía querer de mi persona el individuo. Un transporte gratuito siempre se agradece. Lo seguí arrastrando mi equipaje con mi parsimonia ensayada. Le perdí de vista, y él a mí, en un recodo.

Cuando llegué al aparcamiento, ya estaba sentado en un coche de esos que llaman utilitarios – probablemente, porque a útiles no llegan – adornado con los habituales colores de la Policía municipal. Uno de esos modelos mitad eléctricos y mitad no. Dicen que son ecológicos. Aunque teniendo en cuenta que las baterías son más bien poco reciclables, y que la tecnología implica el uso de materiales raros, nunca he acabado de captar la idea. Ahora bien, si es un chiste es francamente bueno. Habría que contárselo a los congoleños que han sido masacrados por esos minerales – doy fe, porque fui uno de los que los machacaban – a mayor beneficio de los japos que los fabrican y venden. A saber si los congoleños supervivientes le pillan la gracia, pero lo dudo.

El tipo me estaba mirando fijamente. Me detuve al lado de la puerta del copiloto señalando mi maleta. Bajó nervioso del coche para abrir el maletero. Mientras, yo encontré la manilla que abre la puerta trasera, una de esas empotradas que casi no se ve.

Ya intentaba encajar mis piernas en el asiento del copiloto cuando escucho cómo se cierra el maletero. Apareció al lado de mi ventanilla – ojos reducidos a una rendija, mirada baja, cabeza lista para embestir, respiración nasal agitada, pómulos tirando al rojo -. O se estaba guaseando, o estaba cabreado. Asumí lo primero y sonreí alegremente señalando el volante.

Rodeó el capó sin dejar de mirarme con la misma expresión. Eso me sorprendió un poco: o era muy amigo de la broma, o igual sí que estaba cabreado. Puse mi mejor cara de póker, acompañada de una sonrisa bobalicona.


Continuará…


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