Verdadera historia de los sucesos de Rijogrande: Introito (2)

Continúa

…Rodeó el capó sin dejar de mirarme con la misma expresión. Eso me sorprendió un poco: o era muy amigo de la broma, o igual sí que estaba cabreado. Puse mi mejor cara de póquer, acompañada de una sonrisa bobalicona.


Cuando conoces los municipios pequeños, asumes que una cosa es quién creen los ciudadanos que han elegido para mandar, quién ha ungido realmente al electo, y quién fue el intermediario que muñó el acuerdo. De modo que no me sorprendió cuando, nada más arrancar, aulló el soldadito de bolsillo que primero íbamos a visitar a Don Luis y Doña Consuelo, para presentarme. Traté de recordar esos nombres de la lista de contactos que había confeccionado. Nada, sin éxito. Asumí por lo tanto que se trataría de algún caciquillo local, y, de entrada, no le di mayor importancia. No me importa conocer a gente que se cree importante.

Me concentré en el paisaje, ya que el conductor no parecía de humor para charlar. A mí nunca me ha apetecido lo más mínimo. Estábamos, pues, de acuerdo.

Me sorprendió que Ramón-Odón – le apearé del tratamiento paramilitar por ahora – avanzase el coche despreocupadamente contra una fachada, que se cruzaba en mitad de la calle. Sólo al acercarnos noté que, en realidad, la vía pública estaba interrumpida por un edificio y seguía un poco más arriba. Como si no hubiese pasado nada. El resultado era un trazado como una Z con el palito del medio algo más vertical. Ese fue mi primer contacto con la idiosincrasia del urbanismo de Rijogrande.

Me pregunté si habrían sido mis futuros anfitriones, Don Luis y Doña Consuelo, quienes se lucraron con ese edificio partecalles. Pregunta retórica por ahora.

De nuevo observé que enfilábamos otros edificios en una calle. Entonces mi conductor giró bruscamente a la izquierda, hacia unas vías de tren sin paso a nivel. Apareció entonces un túnel encharcado. Era apenas más ancho que la puerta de un garaje modesto. Quienquiera que cobrase por hacer el pasaje, sospecho que algo se ahorró también en el tunelillo.

Dejé de preguntarme quién pondría el cazo en Urbanismo, porque ya empezaba a temer que más de uno habría. Eso no parecía bueno para mi negocio, porque podría yo estar a punto de relacionarme con algún cabecilla que no me conviniese. ALM[1].

  • ¡¡Dé la vuelta, rápido!! ¡¡Lléveme al hotel!!
  • ¿Cómo? No puedo…
  • ¡¡Dé la vuelta que me estoy cagando!! ¡¡Es urgente!!¡¡Al hotel Perfecto, ya mismo!!
  • Espere y le llevo a casa de…
  • ¿No querrá que les emboce el retrete nada más conocerlos? ¿Cómo quedaría usted? ¡¡Dé la vueltaaaaaa!!

Para reforzar mi tesis, dejé escapar un cuesco, de esos llamados follacos, discretos en el ruido, pero mortales para el olfato. Peerse a voluntad, regulando el ruido como si del escape de una Harley-Davidson se tratara, es una habilidad que he cultivado por su utilidad táctica. En un coche cerrado es lo que los expertos llamarían una amenaza cierta. Ya quisiera Jaime Linde (James Bond para los sajones) disponer de armas de disuasión de tamaña eficacia. Y tan baratas.

El pistolero palideció, pasó rápidamente del colorado al amarillo, bajó las ventanillas y dio la vuelta allí mismo. Yo seguía gimiendo mientras me acariciaba las tripas. Lo justo para mantener el engaño.

Tres minutos después estacionaba delante del hotel Perfecto. Había reservado una habitación. Cogí la maleta y salí disparado, tan rápido como pude. Para cuando Ramón-Odón aparcó razonablemente y bajó del coche, yo había desaparecido escaleras arriba. Me llevé la primera llave que pillé sobre el vacío mostrador de recepción. Por si acaso, dejé mi coartada en la taza del baño de la habitación, que nunca se sabe. Media hora más tarde bajaba a registrarme y de paso dejaba disimuladamente la llave en su sitio.

Elegí una habitación con cama de matrimonio para acomodar mi cuerpo serrano. Sin ventana al exterior, porque ya vi en internet que el hotel estaba rodeado de antros ruidosos. Las alternativas eran un hotel en las afueras, que hubiese requerido coche, u otro al lado mismo de la Casa Consistorial. Como no me gusta alojarme demasiado cerca de los que mandan, elegí el hotel intermedio. Esperaba que mis ronquidos no molestasen en exceso a quienes acudían a los pubs a escuchar eso que ellos llaman música.

Digo que la consideración de musicalidad es cosa de ellos, porque para cualquier persona culta, después de Tchaikovsky lo que los humanos han desarrollado son ruidos sincrónicos (en el mejor de los casos). Los autores más molestos y anodinos se forran, los que atruenan menos pasan hambre y son “de culto”. Pero ruidos, todos ellos son.

Pero no estamos aquí para hablar de música. Mejor volvamos al relato, que me disperso.

El armario de la habitación tenía el tamaño de una maqueta para Barbis viajeras. Una vez organizadas mis pocas cosas, me di una ducha para relajar mi esfínter anal, forzado a trabajar fuera de horas. Algún problemilla tuve con un espacio para la ducha que no podía acomodar mi cuerpo. Gajes del tamaño corporal, tuve que salir de la mampara para poder levantar el brazo y aquietar el aullido aromático de mis sobacos. Lo puse todo perdido. QSJ[2] por tacaños.

Una vez me hube más o menos secado con una toalla – una servilleta grande y transparente, veterana sin duda de muchas espaldas – me vestí informalmente. Salí a buscar un lugar donde cenar cerca de la Plaza Mayor, o lo que fuese. Tocaba estudiar paisaje y paisanaje, y ya de paso, recargar mi sistema metabólico por lo que pudiera pasar.


Continuará…


[1] A La Mierda: creo importante utilizar frases cuasi perfectas – de tres palabras y cuatro sílabas – para valorar los eventos consuetudinarios adversos que acontecen esporádicamente. Las iré traduciendo cuando me convenga y apetezca.

[2] Que Se Jodan: otra frase cuasi perfecta de 3 x 4.

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