Verdadera historia de los sucesos de Rijogrande: Introito (3)

Continúa

…Una vez me hube más o menos secado con una toalla – una servilleta grande y transparente, veterana sin duda de muchas espaldas – me vestí informalmente. Salí a buscar un lugar donde cenar cerca de la Plaza Mayor, o lo que fuese. Tocaba estudiar paisaje y paisanaje, y ya de paso, recargar mi sistema metabólico por lo que pudiera pasar.


Salí directamente a un cuadro actualizado del Bosco. Por las terrazas de los tugurios – es un suponer, porque las mesas se amontonan en la misma calle sin orden ni concierto – deambulaban seres gritones con atuendos incoherentes. Allí se encontraban machos humanos jóvenes ejecutando el cortejo, luciendo sus atuendos viriles. Mocetones de casi cien kilos y manos como palas, alternando con pálidas muestras de frikis, punkis y algún que otro figurín. Ni un solo hípster. Daba la impresión de que alguien había tomado las malas costumbres de cada familia, las agitó con furia en una coctelera, y finalmente las escupió despreocupadamente en la calle.

La única característica común la mostraban las mozas, en su mayoría minifalderas. Los escotes, suicidas, habida cuenta del fresquete de la noche. Suspiré agradecido al divisar una joven de aspecto punk que, al menos, mostraba coherencia con su ropaje deforme, tachuelas, piercings y rastas. El efecto se rompió cuando pasé por su lado y me fijé en la discreta medalla que colgaba de su cuello mostrando una virgen. Tenía todo el aspecto de ser una medalla de comunión en un contexto gótico. Sorprendente mestizaje.

Tengo que hacer un rápido inciso: mis estudios primigenios me habían dirigido al mundo de la antropología. Cuando recordé que tengo que comer a diario, elegí optar a un empleo para el que estoy cualificado de forma natural. Pero algo de gusanillo me quedó. De vez en cuando no puedo dejar de hacer etnografía informal para mí mismo. Ustedes disculparán si me pongo pesado con alguna descripción. Alucino tanto con los humanos que, a veces, no puedo dejar de observarlos sin preguntarme qué motivo de diversión me habré perdido por no ser uno de ellos. Cierro el inciso.

El ruido asíncrono que atronaba la callejuela incluía desde el rock duro patrio hasta ritmos latinos, pasando por algún grupo desconocido con estilo indeciso y una gaita celta. Todo ello, simultáneamente, producía una sensación caótica. Sólo yo parecía estar al tanto de ello.

Los esforzados borrachuzos en pleno precalentamiento (incluidas borrachuzas, que yo no discrimino a nadie), me ignoraron. Alguna mirada de fingida amenaza tipo yo la vi primero por parte de los machos sin pareja. Unas pocas miradas evaluativas de soslayo de las féminas. Y nada más. En cierta forma me decepcionó lo poco que se fijaron en mi admirable masa corporal.

Me encaminé hacia la iglesia, porque como es sabido las mejores tabernas suelen situarse a su alrededor. Probablemente por la conocida tradición de los ciudadanos varones de dejar a las mujeres y niños en misa, mientras el patriarca tapea con la vista puesta en la puerta de la parroquia.

Efectivamente, la plaza estaba rodeada por terrazas repletas de familias vestidas con sus ropajes primaverales de ser vistos en público. Lo que no deja de ser sorprendente teniendo en cuenta que la temperatura había caído de los veintipocos grados de mi llegada, a no más de diez o doce.

Eso me inquietó. Yo aspiraba a sentarme en algún rincón apartado para ver sin ser observado. Iba a resultar difícil. A regañadientes, opté por deambular un poco por la zona para irme familiarizando con el trazado urbano. Y ya de paso, intentar localizar algún establecimiento discreto, de esos en los que el cocinero o cocinera tiene aspecto de no pasar hambre. Aunque teniendo en cuenta la gastronomía de la región – que había investigado cuidadosamente antes de coger el tren – me cabía la certeza de que no abundarían por aquí los restaurantes veganos.

Mientras la cruzaba despreocupadamente, fui observando el entorno. La Plaza, con mayúscula, como averiguaría pronto que era conocida. Para entendernos, como si no hubiese otra.

Ocupa uno de sus lados una enorme iglesia de estilo indeciso. Como construida a lo largo de siglos por gentes que renegaban del paradigma arquitectónico inmediatamente anterior. Según un letrero casi ilegible, parece que está consagrada a San Odón.

Llama la atención su aspecto de construcción inacabada. La segunda torre se acaba a los pocos metros, como si para entonces ya hubiesen agotado el escaso presupuesto. En una de las fachadas laterales tan sólo el portón viene cubierto de mármol, mientras el resto aparece mortalmente infectado de ladrillo. Otra fachada parece estar formada por piezas de un juego de construcción. No vi dos ventanas iguales.

Como un acné arquitectónico. Tan pronto pudiese, tenía que verla por dentro. Si la enemistad entre diseñadores había alcanzado el interior, el caos estético debía ser digno de una visita.

En cuanto a la Plaza en sí, consistía en una explanada ocupada por una fuente de estética anodina y tamaño desproporcionado, rodeada de arbolitos escuálidos y bancos de piedra. La limitaban edificios de estilo tradicional en dos de sus laterales, con sus soportales y un máximo de dos alturas. La tercera fachada correspondía al edificio del ayuntamiento, con apariencia de cosa antigua bien restaurada, y una serie de viviendas bajas. La masa eclesiástica ocultaba el lado que cerraba la plaza.

Pero lo realmente llamativo era una de las esquinas, donde se había construido un edificio de pisos de una altura ofensiva para el conjunto. De nuevo, el olor a pelotazo llegó hasta mi sensible nariz. Sospecha reforzada al ver que los bajos de la aberración urbanística no contenían locales de ocio, sino despachos de abogados y una notaría.

En esos pensamientos andaba, cuando divisé una manita que se agitaba espasmódicamente en una de las terrazas, al lado mismo del ayuntamiento. Pensé en hacer caso omiso. La manita tiró hacia arriba de un cuerpo escuchimizado, que finalizaba en una cara muy parecida a la de Ramón-Odón Taberner y García-Bolillo, mi anfitrión gaseado. No había donde esconderme, y la gente que se sentaba con él también me estaba mirando. No tenía escapatoria, de modo que – comisuras arriba, dientes a la vista – agité yo también mi mano y me dirigí hacia el fiero guerrero. Por cierto, vestido de paisano con el mismo aspecto de haberle tomado prestada la ropa a Stallone tras un mal día en la selva. Paradójicamente, vestir de civil no le otorgaba un aspecto más civilizado.

Repasé mentalmente las posibles actitudes a adoptar, y finalmente me decidí por la expresión neutra propia de las reuniones de trabajo: comisuras ligeramente arriba, ojos muy abiertos fingiendo interés, expresión general bobalicona, … Cuando estuve lo bastante cerca, el esqueje humano me fue presentando – comisuras arriba, dientes a la vista, mano extendida (sin apretar), besos al aire a las mujeres – al alcalde, algunos concejales, y unas parejas de las que sólo dijo el nombre.

Por si acaso, me senté tan alejado como pude del alcalde, por no empezar con mal pie, cosa que acostumbro a hacer cuando no piso terreno firme. De modo que acabé justo al lado de quien mucho más tarde sería uno de los pocos humanos por los que siento algún aprecio: Odón, alias Ot, por más señas Concejal de Personal.


Continuará…


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