Verdadera historia de los sucesos de Rijogrande: Introito (4 y final)

Continúa

…Por si acaso, me senté tan alejado como pude del alcalde, por no empezar con mal pie, cosa que acostumbro a hacer cuando no piso terreno firme. De modo que acabé justo al lado de quien mucho más tarde sería uno de los pocos humanos por los que siento algún aprecio: Odón, alias Ot, por más señas Concejal de Personal.


La cosa empezó más o menos como siempre. Las mujeres me disparaban preguntas, mientras los hombres esperaban mis respuestas para evaluarme:

  • ¿De dónde eres?
  • ¿Tuviste un buen viaje?
  • ¿Estás casado?…

Interrumpió las ráfagas el tipo que me habían presentado como Ot.

  • Si eso, mejor que responda a lo más importante: ¿tú, eres de vino o de cerveza?
  • Hombre, a estas horas un buen Rioja…

¡Para qué lo dije! Pasó por allí un viento helado en la voz de uno de los presentes, que me habían presentado como Luis-Odón.

  • Pedir en la Mancha un Rioja es una ofensa – Sin apenas levantar la voz, se dirigió a nadie en particular – ¡un tinto de la tierra para el señor!

Apenas unos segundos después, el camarero, al que ni siquiera tuvo que mirar, ya traía la copa de un tinto bastante luminoso con un trozo de pan y un chorizo atravesado por un palillo.

  • ¡Un Estola de Villarrobledo para el señor!

Mientras olía el vino y lo cataba – por cierto, francamente bueno para la categoría de la tasca, con un cuerpo muy saludable – una de las mujeres, cuyo nombre ya no recordaba, volvió a preguntar:

  • ¿De dónde dijiste que venías? ¿De muy lejos?
  • No lo dije – eso me lo podía haber ahorrado, pero mi afán de exactitud me traicionó – pero vengo de Barcelona – y para empeorarlo, lo pronuncio Barsèl-lona, con la fonética catalana.

Hubo un instante de silencio incómodo, hasta que habló Ot, con su tonillo burlón.

  • Tranquila la concurrencia, y recordad que a los catalufos domésticos nos tenéis que aceptar – se burló Ot – siempre y cuando, si eso, no hablemos en polaco, ni hagamos cosas de polacos en público.

Caí en que Ot es la versión catalana de Odón. Puesto que la parroquia del pueblo estaba dedicada a San Odón, deduje – erróneamente – que debía tener familia de por aquí. Decidí tranquilizarlos demostrando que, efectivamente, yo era un catalán de perfil bajo, un charnego. Me inventé unas raíces cercanas mencionando el pueblo del que era originario el vino, y cuyo nombre me sonaba haber visto desde el tren.

  • En realidad, mi familia es de Villarrobledo.
  • Ah, o sea que eres de por aquí…

Sonrió ampliamente y miró al resto de la concurrencia. Transmitía un mensaje de posible amenaza desactivada. Punto para mí, desaparecía la sospecha de ser un terrible catalufo-abertzale-terrorista-separatista a sueldo de la Escolanía de Montserrat. O algo parecido.

El interrogatorio siguió por los mismos derroteros. No, no estaba casado. Sí, el viaje había sido tranquilo. No, no tenía afiliación política independentista. Ni vasca. No, aún no había visto el pueblo… Cogiendo al vuelo esta última oportunidad, apuré el vino y me levanté. Enfaticé que tenía muchas ganas de callejear un poco para verlo. El tal Ot me citó al día siguiente en su despacho, a primera hora. No me dijo para qué. Ni yo, deseoso de marcharme, se lo pregunté.

Miré al camarero mientras hacía ademán de sacar mi cartera. El hombre miró a quien me habían presentado como Luis-Odón. El tipo movió lentamente la cabeza de izquierda a derecha, y sólo entonces el camarero confirmó el convite. Agradecí la invitación, reiteré mi felicidad al haberlos conocido, y me alejé. Fingí una tranquilidad que no sentía precisamente en ese momento. Dos nubarrones me rondaban por la cabeza.

La primera es que un tal Luis-Odón había mantenido todo el tiempo unos ojos fríos. No había sonreído ni una sola vez, ni siquiera por cortesía. Y siempre me resulta interesante encontrarme con otro desalmado como yo, porque igual el otro sí come órganos humanos. Y mi cuerpo daba para toda una orgía gastronómica. Hasta ahora no había ocurrido, pero alguna vez tenía que ser la primera. No era cosa de confiarse.

El segundo motivo es que, a medida que se desarrollaba la reunión, noté que Ot pasaba de un estado de aparente aburrimiento a otro de observación descarada. A medida que transcurría el tiempo, su expresión burlona – ojos achinados, sonrisa para adentro, inclinación de la cabeza – se había ido acentuando. Aún más preocupante que encontrarme con mi querido doctor Lecter, es sospechar que quien me había citado para el día siguiente era un bacinaco porculero[1]. Además, tenía pocas dudas de a quién debía su lealtad: al probable psicópata. No, a mí no. Quiero decir que debía lealtad al otro desalmado, y probable cacique.

Salí de la plaza por uno de los callejones peatonales que rodean el edificio del Ayuntamiento. Me dirigí al azar, hacia la izquierda. Al poco, pasé por delante de la puerta enrejada de una taberna llamada Corredero del Agua. ¿De qué agua, si aquí las ranas no saben nadar? Eso no lo ponía.

Lo importante es que el menú parecía apetitoso, y había sitio. Entré.

Se acercó el camarero. Me dejó una carta sobre la mesa. Preguntó qué quería beber – escarmentado, pedí un tinto de la tierra – y se alejó a atender la barra. Eché un vistazo a la lista de especialidades y fui anotando para el futuro los nombres que se me antojaron sugerentes. En concreto: atascaburras, migas ruleras, lomo de orza con alioli, queso frito, asadillo, gachas camperas, gazpachos (así en plural). Otros nombres ya sonaban más conocidos, como el popular pisto, o los champiñones con jamón. La carta incluía los clásicos platillos de pescado: calamares, puntillas, gambas, etc. Habida cuenta de la distancia a cualquier masa de agua mayor que un charco, los deseché.

Decidí ir a lo seguro. Cuando se acercó el maître / camarero / barman / propietario / sumiller – eso lo deduje porque estaba solo – ordené un filete a la plancha, con acompañamiento de pisto y patatas a lo pobre. Lo justo para cenar sin irme a la cama con el estómago demasiado lleno.

  • La ternera que me queda es de cortada gruesa y no quedará bien a la plancha, pero le puedo poner secreto.
  • ¿Qué me va a poner? ¿Cómo? ¿Secreto?
  • Ya se lo digo, es secreto.
  • Pues yo quiero saber lo que me como, y me parece inaceptable que sea secreto.
  • Pues lo siento por usted, porque es un secreto estupendo.

Habíamos entrado en bucle.

  • ¿¿Estupendo?? ¿¿Un secreto estupendo??

Puse cara de alucinado – ojos muy abiertos, boca en O, ojos en OO – . Por fin el camarero/maître/barman/chef/sumiller/propietario comprendió.

  • Usted no es de por aquí, ¿verdad?
  • No señor, acabo de llegar.
  • Ah, vale. El secreto es una cortada de carne magra de cerdo. Muy sabrosa.
  • ¡¡Aaaaahhhh!! Sea.

El hombre movió la cabeza de arriba abajo un par de veces y se alejó de nuevo. Como algunos parroquianos miraban hacia mí, abrí mi móvil. Fingí leer algo muy interesante para prevenir posibles ocurrencias de acercamiento a mi persona. De vez en cuando escuchaba en la barra conversaciones en susurros acompañadas de miradas escasamente disimuladas. Escuché varias veces una palabra, cuyo significado entonces se me escapaba: …bigardo… Lo ignoré, no fuera cosa que tuviese que hacer algo al respecto, estando todavía en ayunas.

A su tiempo llegó el plato. Digo a su tiempo, porque muy pronto es que está recalentado, muy tarde, ya estoy de mal humor y no disfruto de la comida.

Efectivamente la carne era seca, pero hecha en su punto resultaba muy gustosa. Claro que aquello no era un plato, sino una fuente. Tampoco el pisto era tan pacífico como yo lo recordaba de mi época de estudiante en Madrid. Se había traído algunos amigos belicosos: torreznos (o sea, tocino frito hasta que la corteza cruje al bocado), chorizo, magro de cerdo, y huevo frito. Delicioso, pero desde luego nada ligero.

Cuando iba a pedir el postre, decidí confiar en mi nuevo amigo. Le dije que me trajese lo que quisiera. Resultó ser leche frita aún tibia, que acompañó espontáneamente con un chupito de orujo de hierbas. Nada que aducir, señorías. El reo acepta la pena impuesta y se declara dispuesto a morir comiendo.

¿Por qué les cuento todo esto? Pues porque, dígase lo que se diga, el primer paso para hacer de un lugar tu patria es la gastronomía. Yo soy de platos potentes, regados con vinos del mismo calibre. En la Mancha no esperen paisajes montañosos, ni ríos que lleven agua, mucho menos playas. Pero déjenme que les diga que el cerdo difunto es el mejor amigo del manchego. Y así fue como empecé a integrarme en Rijogrande. Por la boca entraron cebo y anzuelo, y yo me los tragué.

Poco más que añadir por esa noche. Regresé paseando tranquilamente, y me deslicé entre los beodos a la puerta del hotel como un carguero entre barquitas de pescadores.

Me salté mi regla habitual y subí en ascensor a la habitación. Refunfuñó, pero resistió.

Confieso que me dormí en cuanto mi oreja rozó la almohada.


[1] NOTA DEL AUTOR. Esta expresión la aprendería Roger del habla aborigen. Se podría traducir como un cotilla metomentodo, pero con mala leche. Sin tanta mala leche, hubiese sido un bacinaco jodón, o bacinaco a secas.


Aquí finaliza el primer capítulo del primer volumen de esta nueva serie, que pronto dispondrá de una nueva historia del transcurso del confinamiento por epidemia en este lugar tan peculiar.

Si os ha gustado y queréis conocer mejor a estos estrafalarios habitantes de la muy leal Villa del Rijo Grande, la novela está disponible en e-book y tapa blanda en Amazon.

Gracias por leerme y hacer llegar vuestros comentarios.


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