VERDADERA HISTORIA DE LA EPIDEMIA DE RIJOGRANDE: el salto de Wenceslao.

En la segunda parte de la novela sobre los ficticios hechos verdaderos que acaecen en el pueblo de Rijogrande, todo empieza el 13 de marzo de 2020, día de San Pientio, en la jornada -2 DA. Es decir, dos días antes del Decreto de Alarma.


-2 D.A.: viernes 13 de marzo de 2020, San Pientio

El viernes 13 de marzo, 2 días antes de que entre en vigor el Decreto de Alarma, o eso se rumorea, anda el bueno – por decir algo – de Wenceslao recorriendo el patio de su casa, que es particular, a medianas zancadas. Decimos medianas porque Wenceslao, alias Doblón, es un tanto piernicorto y barrigudo. Por no mencionar de poco pelo y barba cerrada, ojeroso y con el morro torcido.

Tiene por apodo Doblón, que en Rijogrande casi todos los vecinos y vecinas se conocen por al mal nombre, apodo, alias, o como quieran ustedes llamarlo.  En su caso le dijeron que era por su habilidad para hacer dinero, aunque en realidad es porque el difunto cacique Luis-Odón, alias Saco, dijo de él una vez que “más que una doblez, lo que tiene ese hijoputa es un doblón”. Pero claro, una vez que se enriqueció con la burbuja de la construcción, nadie se atrevió a contárselo.

En la puerta que da a la cocina de la casa solariega está Adela, alias Picaflor por lo muy coqueta que fue de joven, con casi tantos novios (conocidos) que cuentas trae el rosario. Mira con preocupación a su marido. Desde que encontraron esta mañana la puerta tapiada y el teléfono cortado no para de dar vueltas por la casa, gritándole a todo lo que se menea, y a lo que no. Lleva, por tanto, todo el día nervioso e irritado, con el humor empeorando por momentos.

  • Wences, por el amor de Dios, tranquilízate…
  • ¿Que me tranquilice? ¿Que yo me tranquilice? ¡¡Pero qué cojones voy a tranquilizarme si esos cabrones nos han encerrado en casa!! ¡¡En cuanto salga los mato!!

Adela no cree que su marido vaya a cumplir la amenaza. O, al menos, no cree que la vaya a cumplir por su propia mano, que él es más de encargar esas cosas a asalariados, pero por si acaso ya ha escondido las dos escopetas de caza.

  • ¡¡Pero con qué derecho se creen esos maricones que me pueden encerrar!! Acaso no es esta mi casa,¿ eh? Dime, Adela, ¿no es esta mi casa?
  • Wences, que es por nuestro bien, por el bichejo ese de Madrid…
  • ¿Qué bichejo ni qué bichejo? ¿Tú conoces a alguien que esté enfermo? ¿A que no? Porque ¡eso es un puto invento de ese puto gobierno de rojos y putos maricones para implantar el puto marxismo y quitarme lo mío!
  • Será quitarnos lo nuestro, Wences, que yo también…
  • ¡No te pongas feminazi, Adela, que te arreo!

Adela cree sabe que es una forma de hablar, pero por si acaso calla. Su marido nunca le ha puesto la mano encima – bueno, se la ha puesto encima, debajo, y adentro, … aunque en otro contexto muy diferente – pero piensa que nunca lo había visto así por tanto tiempo. Tiene miedo, por él y por ella. Menos mal que no están sus hijos, porque entre los tres igual se les ocurría algo, y se lía. Los dos muchachos se han quedado en Madrid, que dicen que ellos pasan del pueblo, que aquí no hay fibra para la wifi.

Mira que se lo advirtió antes de salir. “Wences, que nos han dicho que nos quedemos en Madrid… Wences, que si nos pillan nos multan…”. Pero nada, erre que erre, que la casita del pueblo era suya y que él iba dónde le daba la gana, igual que su añorado Josemari Aznar. Así se lo dijo: “¿Quién es ese ministerillo de mierda para decirme a mí dónde tengo que pasar el fin de semana? Si con Josemari no han tenido huevos, pues conmigo, tampoco”. Así que llegaron a Rijogrande conduciendo el Mercedes, de madrugada y por carreteras comarcales.

Quieras que no, al subir el portón para meter el coche en el patio, hicieron algo de ruido. No mucho, pero lo suficiente para que el bacinaco[1] porculero – en definición de Doblón – de la casa de su izquierda, Meneleo-Odón Villalta, se enterase. A la mañana siguiente, o sea esta misma en la que estamos, cuando intentaron salir a comprar descubrieron que les habían tapiado con ladrillos la puerta delantera y puesto silicona en el portón metálico del patio, que da a la calle de atrás. El teléfono fijo tampoco funciona, y el móvil nunca lo ha hecho por falta de cobertura. En resumen, que están confinados, y bien confinados.

Que no otra cosa es lo que pretendía ese gobierno que Wenceslao calificaba de rojos y mariconas, porque un ministro era homosexual – gay decían sus hijos, que en eso también le han salido raritos – y tres o cuatro más habían militado en el PCE antes de descafeinarse en otros partidos. No queremos decir con esto que Wenceslao fuese fascista, falangista, o cualquier otra …ista. No, en absoluto, es solo que nació siglo y medio tarde para la mentalidad que la sociedad le otorgó, y todavía no se ha adaptado. En el fondo, tanto él como ella, son apolíticos de toda la vida.

En fin, que Wenceslao está desesperado por salir, y eso por varias razones. La primera es que esa tarde, en unas pocas horas, se celebrará un pleno del ayuntamiento en el que piensa decir lo que opina del gobierno, del confinamiento, del municipio, y de cada uno de sus ediles. Y la segunda, que está allí porque le da la real gana, y nadie tenía que decirle a él… Vamos, lo que ya sabemos: que si la familia Aznar-Botella había viajado a su pedazo chalet en Marbella, por qué no iba él a poder viajar a la casa de sus padres, que en paz descansen. Y ya de paso, que ni se le ocurriese al Concejo ponerse de parte del gobierno, que se van a enterar el maricón del alcalde y sus concejales soplapollas.

De modo que ahí lo tenemos, amontonando muebles para alcanzar el borde superior de la tapia que, por cierto, está cubierto de vidrios rotos.

  • Wences, yo creo que poner la mecedora de la abuela abajo no es buena idea.
  • ¿Y ahora me vas a decir tú cómo se construye un andamiaje? Desde cuando eres tú constructora, ¿eh?
  • Pero Wences…
  • ¡Que te calles! Vete a la cocina, o a donde te dé la gana, menos aquí.

Adela recibe la reprimenda como casi siempre, en silencio y con lágrimas en los ojos, cosa que fastidia mucho a su marido.

  • ¡Y que no te oiga llorar!

La mujer entra de nuevo en la casa y observa a su marido y padre de sus dos hijos – o eso prefiere creer, al menos del mayor está bastante segura – mientras calza una silla de rejilla encima de la mecedora de las siestas, una canasta de mimbre boca abajo encima de la silla, y en la cumbre una manta vieja.

Con esfuerzo, Wenceslao consigue poner un pie entre las patas de la silla, sobre el asiento de la mecedora, lo que fuerza su espalda a una postura bizarra que permite ver con claridad su hendidura internalgar, popularmente conocida como hucha peluda. Adela lo contempla con tristeza. “Quién nos ha visto, y quién nos ve”, piensa. Claro, que ella todavía está de buen mirar, y según la piropeó su último amante, de mejor palpar. Se lo soltó aquel joven espontáneamente, incluso antes de que le diese los doscientos euros para el taxi, de dónde deduce que no se lo dijo por el dinero.

Sacude la cabeza y sigue observando. Wenceslao ha superado el primer obstáculo, que era subir a la mecedora sin que se venciese hacia atrás. Ahora está porfiando por subir sobre la cesta de mimbre, primero una rodilla, luego la otra. Hasta aquí ha ido más o menos bien. El conjunto se cimbrea un poco, pero aguanta.

El siguiente paso es ponerse de pie sobre la canasta, y pasa lo que tenía que pasar. La canasta se hunde, Wenceslao trastabilla, y para no caer se sujeta a la parte alta del muro, clavándose los vidrios en las palmas. Se suelta por el dolor, y mientras la estructura de trepar se vence hacia la derecha, él cae por la izquierda, con un golpe que resuena en todo el patio.

Pasan unos segundos de silencio durante los cuales Adela contiene hasta el aliento, hasta que un aullido infrahumano se eleva desde el bulto que forma su marido. Ella se acerca corriendo, pero no sabe por dónde cogerlo: un brazo forma un ángulo muy extraño, un tobillo apunta en la dirección equivocada, las manos chorrean sangre…

  • Wences, Adela, ¿qué ha pasado?

Es la voz de Meneleo desde la terraza de su casa. La cabeza despeinada del vecino se asoma por la tapia de la izquierda. Cuando ve a Wenceslao, que sigue aullando como un poseso exclama:

  • ¡Ay va! ¡Vaya hostión regio que se ha dao!
  • Por Dios, Meneleo, llama a unos albañiles que nos quiten la muralla de la puerta y avisa a una ambulancia.
  • ¿Unos albañiles? ¿pa qué? Ahora mismo llamo a don Ricino, el médico. Adela, tú ve quitando los ladrillos.

Desaparece la cabeza de Meneleo de la terraza. Ella va hacia la puerta, la abre y contempla la pared con la que la tapiaron. Eso no se derriba así como así… ¿O sí?

Adela empuja la pared, y nota que se tambalea. Vuelve a empujar y esta vez se dobla algo más, caen unos ladrillos de arriba. Le da un golpe con todas sus fuerzas, la pared se derrumba y ella tiene que sujetarse al marco de la puerta para no irse de bruces. ¡Vaya con la bromita de los vecinos! ¿Y el brillante constructor Wenceslao Fernández no se dio cuenta?

Empieza a enfadarse con su marido cuando se repiten los aullidos. Se asoma y ve venir a Meneleo corriendo tanto como se lo permite la cojera que arrastra desde que tenía 10 años y se cayó – o lo tiró precisamente el que ahora es su marido, que nunca estuvo claro – de un árbol.

  • Ya he avisado a don Ricino, que la ambulancia aún tardará. Solo hay una y está haciendo un servicio.
  • ¿Quién es don Ricino?
  • Un médico del pueblo. No es una eminencia, pero es muy dispuesto.
  • ¿Y sabrá recomponer a mi Wences?

Meneleo se encoge de hombros. A él, por lo que ha visto, no le parece que el hombre tenga fácil arreglo, pero doctores tiene la medicina…


[1] De la aclaratoria y de mucho mérito Tomepedia.com: Bacinaco: Curioso en castellano. Que le gusta guiscar a los paratos, animales o pelsonas. Guiscar: Hurgar. Molestar, calentar, tocar las pelotas. Que le gusta tocar tos los botones a los paratos.


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