VERDADERA HISTORIA DE LA EPIDEMIA DE RIJOGRANDE: el sargento.

En ese mismo día, 13 de marzo de 2020, día de San Pientio, se presenta a las autoridades de Rijogrande un joven sargento de la Guardia Civil. Acaba de salir de la academia y h elegido esta población porque quería adquirir experiencia en un pueblo tranquilo. Y claro, si le dices a algún forastero que el pueblo tiene unas 3.000 almas (habitantes, salen más) y está en medio de la nada manchega, pues parece un buen destino.

Luego llega el forastero, conoce a las autoridades, y sospecha que ha cometido un grave error. Pero ya es tarde, que a Rijogrande es fácil llegar, pero salir, no tanto.


Más o menos a la misma hora, se encuentran reunidos en el despacho de la alcaldía una pareja bastante improbable. En la silla del edil se sienta un tipo grande, muy grande, que lleva un bebé en un arnés, recostado sobre su barriga. Da una impresión extraña, como de incoherencia. Algo así como si un tanque erizado de armas transportase a un cachorrito adorable. Esa es la sensación que transmite el bruto, de peligrosidad, con su rostro inexpresivo, y los ojos inquietos, pero terriblemente fríos. Y el niño… Bueno, es un digno cachorro del animal que lo sostiene: regordete, rubicundo, con unos preciosos ojos azules. Un verdadero querubín XXXL.

No es el alcalde el pedazo de mole – ni obviamente el chiquillo – sino el que está sentado enfrente como si fuera un visitante, pesando aproximadamente la mitad que el otro. Son amigos, dentro de lo que el bigardo es capaz de tener amigos.

Suena el teléfono del alcalde.

  • ¿Hola?
  • Hola cabo, ¿qué se te ofrece?
  • Perfecto, aquí estaremos.

Cuelga el teléfono y se lo guarda en el bolsillo.

  • ¿Era Batman?

El más grande es Roger, más conocido por los castellano parlantes como Rogelio, y apodado Golem por el destrozo que es capaz de hacer en cualquier contexto cuando se lo propone, y a veces, incluso sin querer. Llegó a Rijogrande hace unos pocos años en una misión encubierta de la Guardia Civil. Al poco, se lio un bonito cipostio. Conoció el amor con Antonia, más conocida por Toni, una guardia civil a su medida, que es la madre del muchacho. Consiguió, no se sabe muy bien cómo, quedarse con la mayoría de las propiedades del antiguo cacique del pueblo cuando este falleció en un desgraciado accidente, junto con su mujer. Y ahora, como no podía ser de otra forma, es él quien ejerce de tal tras abandonar un poquito, que no del todo, la Benemérita.

  • Pues sí, es Batman, que dice que ha llegado el nuevo sargento comandante de puesto, y, si eso, que si lo podía traer para presentarlo. – A lo que el otro responde con un encogimiento de hombros que hace fruncir el ceño al bebé.

Este es Ot, primer alcalde abiertamente homosexual que ha tenido Rijogrande. Ganó las elecciones gracias a presentarse en tándem con Eufrasio, que es todo lo opuesto: un don Juan, en el sentido más promiscuamente viril del término. El apodo de Ot es Sieso, por una muletilla que repite continuamente, “si eso…”. Eufrasio, que todavía no ha llegado, ni tiene, ni necesita apodo.

Ot, o Sieso, es una de esas personas que no tiene el menor inconveniente en hacer moderadamente el mal cuando es más divertido que hacer el bien. Quizás por eso se lleva bien con Golem, al que le da igual hacer lo uno o lo otro, excepto en lo que se refiere al único amor de su vida: su pareja Toni. Por poner un ejemplo clarificador, no cuida de su hijo porque sienta amor paterno, que eso está fuera de su alcance por ahora, sino porque Toni, la madre, le ha dicho que cuide del bebé, y él lo hace lo mejor que puede.

La paternidad supone que le llegará cuando sea capaz de leer las expresiones del bebé, porque para Roger eso de saber lo que piensa otro mirando su cara es un arte adquirido, y no una habilidad innata. Para entendernos, si un amigo te dice “¡qué pedazo de cabrón!”, dependiendo de si está sonriendo – comisuras arriba, enseñando dientes ma non troppo, ojos achinados – o de si pone cara de enfado – cejas en V, ojos semicerrados, labios apretados y rectos – nos reiremos o nos prepararemos para el enfrentamiento. Con Golem, eso no es buena idea porque de inicio te llevas la hostieja, y luego ya te explicarás, si todavía puedes. Porque a veces se molesta en leer las expresiones, y en otras, no. Según a quién tenga delante.

Fueron estas características, limítrofes – por la parte de dentro – con un Trastorno de Personalidad Antisocial (TPA), las que lo acabaron alejando en su juventud de su vocación por la Antropología, y acabaron llevándolo primero a trabajar como mercenario en África – lo que le valió el apodo de beberu, que en swahili significa algo así como enorme cabrón imperialista apestoso – y luego a un cuerpo de operaciones especiales en la Guardia Civil.

Otra pregunta que quizás se estén haciendo ustedes es qué pintan esos dos catalanes, Roger y Ot, en Rijogrande, un pueblo de unas 3.000 almas – asumiendo que todos sus habitantes la tengan – en medio de la fértil nada manchega. Ya hemos explicado que Golem llegó aquí en misión de incógnito, pero Sieso aterrizó por estos lares siguiendo el lindo trasero de un labriego, que se volvió a meter en el armario en cuanto puso el pie en su tierra, cerrando la puerta por dentro y dejándolo fuera. Por lo que sea, Saco, el anterior cacique, decidió que podía serle útil, y acabó de concejal de personal.

Entre tener una vida tranquila en el pueblo, o regresar a su Barcelona natal para ejercer de mancha en el historial familiar, decidió quedarse en la Mancha, con mayúscula. Y una vez comprobado que todo el pueblo sabía que era homosexual, necesitó solo un empujoncito – aunque viniendo de tal mole, igual el diminutivo sobra – de Golem.

No han transcurrido quince minutos cuando entran dos guardias civiles en el despacho. El que entra delante lleva los galones de sargento en la bocamanga y en la gorra. Es joven, no llegará a los treinta años. Aparentemente, recién llegado de la escuela de suboficiales.

  • Buenos días, soy el nuevo comandante de puesto Joaquim Gascón. A su servicio señor alcalde.

Como el recién llegado, confundido por los lugares en los que están sentados Ot y Roger, tiende la mano a un Golem que no se da por aludido, Ot se levanta alarga la suya.

  • Ot Puig i Fortuny, pero aquí todos me llaman Sieso.

El joven mira a ambos asistentes. Uno que acaba de sacar un termo de leche para su retoño sin hacer caso a nadie, y el otro que le sonríe de forma extraña, casi lascivamente. Se escucha la voz con indubitable acento gallego del otro guardia, que lleva los galones de cabo.

  • Mi sargento, Ot es el alcalde. El monstruo que está sentado en su silla es Rogelio, alias Golem.
  • Ah, ¿el exsargento del que me habló?

Ante la voz del cabo, Golem se digna levantar los ojos de su descendiente y mirar, primero al cabo con expresión de “hablas demasiado” – cejas en V, ojos entreabiertos, boca cerrada en línea recta – y luego al sargento. No muy alto, pero en buena forma, muy joven. No era mucho mayor que el otro cuando le dieron los galones a él. Le tiende la mano.

  • Un placer conocerlo, sargento. – Enuncia Golem, con marcada desgana que desmiente el supuesto placer del encuentro.

Del joven sargento nadie sabe mucho, que para eso es un recién llegado, pero el cabo es un viejo conocido de los demás. Lleva muchos años en Rijogrande, de comandante eternamente interino de puesto, porque suboficial que llega para hacerse cargo, suboficial que pide el traslado y se lo conceden. Y es que nadie quiere quedarse en ese pueblo de locos. La misma razón por la que el cabo Vilanova no para de pedirlo, pero le deniegan todos los traslados porque necesitan a alguien que cumpla el expediente. Y claro, si ya tienes un pringado, ¿para qué esforzarse en buscar otro?

Si a eso le sumamos que su mujer Transi lo abandonó al poco de llegar y regresó con los rapaciños de ambos a su Galicia natal, y que a su amante ocasional Maruxa le dio una mala ventolera y ahora está en la cárcel con muchos años de condena, se explicará que el cabo Ramiro Vilanova haya continuado con el alcoholismo que adquirió cuando aterrizó en Rijogrande. De ahí su apodo de Batman, porque solo sale de noche y suele ir más ciego que un murciélago.

Viendo que el ambiente se está volviendo incómodo con Golem alimentando a su prole, el cabo peleando con su síndrome de abstinencia, y el sargento desconcertado, Ot decide que es el momento de decir algo.

  • ¿Joaquim, acabado en m? ¿De dónde eres? ¿No serás catalán?
  • No, no, soy valenciano.
  • Ah, entonces eres Ximo. – leído Chimo, a la valenciana – Claro que, si eso, tampoco es tan malo ser catalán. Tanto Roger como yo lo somos, y se nos perdona.
  • No quería decir eso, es que…
  • ¿Cómo has llegado a sargento? – El que pregunta, con su habitual tono monótono y desagradable, es Golem.
  • Ah, desde la academia de suboficiales.
  • ¿Suspendiste el acceso a oficiales? – De nuevo Golem, que ha dejado de mirar al biberón y fija sus ojos de pescado muerto en el recién llegado.

El sargento está empezando a sentirse francamente incómodo ante el interrogatorio. En cambio, el cabo parece feliz de ver cómo su superior pasa a estar en aprietos.

  • No, es que tenía veintiún años ya cumplidos, y no podía opositar.
  • Sargento, ¿le gustaría asistir al pleno esta tarde? Así podría conocer un poco mejor al concejo, y a los parroquianos. – Cambia de tema Ot antes de que Rogelio consiga transformar al suboficial en otro de sus enemigos.

El suboficial se muestra aliviado por la oportunidad de salir de la trampa.

  • Sí claro, vendremos encantados el cabo y yo.

El cabo parece cualquier cosa menos encantado, que él ya se veía en libre disposición de ajusticiar unos orujos mientras el sargento se instruía.

  • Bueno, pues nada, un placer conocerlos y hasta pronto.
  • Hasta luego, sargento. – Responde Ot con una sonrisa. Golem tiene ahora a su hijo en el hombro y le da palmaditas en el trasero para que eructe.

Se marchan los dos guardias civiles, el sargento aliviado por salir de allí y empezando a pensar que igual no ha sido buena idea pedir ese destino. El cabo, antes de salir, le hace el gesto de me he quedado con tu cara a Ot, por dejarlo en dique seco.

  • ¿No habías invitado a Ricino para hablar de la mierda esa de la pandemia?
  • Si eso, se habrá retrasado por alguna emergencia.
  • Llámalo.

El alcalde sabe que cuando Golem utiliza el imperativo, la obediencia no es opcional. Ni siquiera para él. Así que llama.

  • Hombre Ricino, si todavía no te he dicho nada…
  • Vale, vale, solo dime cuanto tardarás.
  • Gracias, y si eso, que no sea nada.

Ot se queda mirando el teléfono. Ricino, el doctor Morcillo para sus pacientes, suele ser un hombre templado y de buen carácter. Mal debía estar la cosa cuando le ha soltado un desabrido “¿Qué coño quieres?” nada más descolgar.

  • No sabe lo que tardará, que se ve que estaba muy ocupado.
  • Pues esperaremos a Eufrasio.
  • También convendría hablar con Rufo, a ver cómo andamos de efectivos en la Policía Municipal.
  • Sí.

De nuevo descuelga el teléfono el alcalde.

  • Hola Rufo. ¿Te puedes pasar ahora por mi despacho?
  • Para hablar de eso del virus, y de los rumores del estado de alarma.

Todavía está al teléfono cuando se escucha un eructo descomunal.

  • No, no ha pasado nada. Es el bigardito, que ha eructado.

Bigardo, en manchego de a pie, se define así[1]: “Dícese de la persona alta y corpulenta. Vago, holgazán. Persona de vida licenciosa.” Aunque el niño se llame en realidad Odón Antonio, ya se ha quedado con el apodo de Bigardito, con la aquiescencia implícita de sus progenitores.

  • Hasta ahora. – Ot cuelga y se gira hacia su compañero, que sonríe satisfecho del volumen sonoro del cuesco – Ahora mismo viene.
  • Bien.
  • ¿Dónde tienes a Toni, Golem?
  • En la capital.

Ya hemos dicho que Toni es la pareja de Golem, y madre de Bigardito. También es guardia civil, empleada esporádicamente como enlace de la comandancia provincial con la prensa, y en ocasiones se queda en la capital varios días seguidos, como parece ser el caso.

  • Oye Roger, ¿sabes de dónde viene la expresión “lacónico”? – Hace el gesto Ot de marcar las comillas en el aire
  • No.
  • Dicen que, estando Laconia sitiada, les enviaron un mensaje para que se rindiesen, que decía algo así como “¿sois conscientes de que si no os rendís destruiremos la ciudad y mataremos a todos sus habitantes en cuanto entremos?”. Si eso, ¿sabes lo que respondió el comandante de la guarnición?
  • No.
  • “Sí”.  ¿Te imaginas la cara de los otros? “Sí”, así, sin más. Ese tío era como tú…

Aún se está tronchando de risa el alcalde ante la mirada indiferente de su compañero cuando entra Rufo, alias Ruffenführer, responsable de la policía municipal, seguido de un hombre bien parecido, de sonrisa torcida.

  • Hola Catalufos. ¿De qué cojones se ríe el alcalde? ¿Le has contado un chiste de mariquitas, Golem? – Suelta nada más entrar.
  • Eufrasio, algún día me pillarás a malas y te caparé. – Susurra con calma Rogelio, para no despertar a su hijo.
  • Buenos días. – Saluda mucho más educado Rufo. – ¿Ya estamos todos los que tenemos que estar?
  • Si eso, falta Ricino, que lo ha retrasado no sé qué.
  • El Wenceslao, que se ha roto la crisma intentando saltar la pared de su casa. – Explica Rufo. – Se ve que se vinieron Adela y él de Madrid en cuanto se han olido que puede haber confinamiento.
  • Hostia, ¿Picaflor está aquí? – Pregunta Eufrasio, que siempre que huele posibilidad de romance carnal se aviva.
  • Odo, Eufrasio, ¿no tienes bastante con las mujeres de los dos puticlubs que regentas? – Se sorprende Rufo, mientras asiente con la cabeza.
  • Rufo, que esos son medios de producción, no es lo mismo… – Ríe descarado Eufrasio.
  • Ya basta, al grano. – Corta el jolgorio Rogelio antes de que Eufrasio se descentre. – Rufo, ¿le faltaba mucho a Ricino?
  • No, me dijo que enseguida venía para acá.
  • Bueno, pues si eso vamos pasando a la sala de reuniones. – Sugiere Ot.

Rogelio se pone en pie y deja claro el porqué de su apodo: quedan a la vista sus dos metros y unas 11 arrobas, más de 120 kilos, lo que sumado al conocimiento de sus escasos escrúpulos – por asumir que alguno habrá, hecho del que no existe comprobación empírica – tiende a secar la garganta de los presentes y a acelerar sus piernas.

Aún están en el pasillo cuando ven venir al médico. Un hombre de unos cuarenta y tantos con aspecto de derrotado por las circunstancias. Al pasar, Eufrasio lo toma del brazo y entran todos en el salón. Charlarán sobre en qué les afectaría que se decretase un estado de alarma, como están divulgando los medios. También, por supuesto, dar formato a los dos mensajes: uno para el exterior afirmando que el municipio seguirá las directrices del gobierno de España con lealtad y empeño, etc., etc., … y el mensaje para el interior, que suele adquirir formas más coloquiales.

Y luego, por supuesto, está lo que piensan hacer de verdad, aunque eso nunca saldrá de este reducido círculo.


[1] Definición tomada del repertorio de vocablos de la Manchuela “El Bienhablao


Verdadera historia de la epidemia de Rijogrande: La rebelión del Bichejo de [Bigardo Baladre]

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