El viaje de Andrés (1): Introducción

En su día, la novela de los viajes de Ifigenia nació de una propuesta bloguera. La idea original fue iniciar un cuento en el blog, y dejar que quien tuviese a bien leerlo participara en su desarrollo. Funcionó, así que ¿por qué no repetirlo?

Esta es la historia de alguien que despertó en un lugar muy diferente a su dormitorio, habiendo perdido – aparentemente – cuarenta años de desgaste corporal por el camino. ¿Por qué se siente ahora más joven? ¿Dónde está, o cuándo? ¿Quién o qué ha decidido que esto ocurriese? La respuesta a estas preguntas tendremos que componerla entre el humilde escribidor que esto suscribe, y quienes deseen participar.

Las reglas del juego son sencillas. Cada semana publicaré un breve capítulo equivalente a unas 1.000 palabras, y plantearé una pregunta. Aceptaré propuestas en comentarios durante tres días, y pergeñaré la escritura del siguiente capítulo a continuación.

Si nadie propone nada, pues obviamente la aventura de Andrés tomará el rumbo que, a mí, como padre putativo de la criatura, me plazca.

He aquí el primer capítulo. Espero vuestras propuestas.


Vaya nochecita. Pesadillas de todo tipo, dolores por el cuerpo entero, una incomodidad en aumento…

Andrés abre los ojos. Debe ser todavía noche cerrada, aunque es difícil decir la hora exacta. Ni siquiera se filtra por los intersticios de la persiana la tranquilizadora luz de la farola que han instalado justo enfrente de su ventana.

También hace un frío inusual para la época del año. Aunque no es realmente la temperatura la que lo induce a rebujarse en las mantas entre estremecimientos, es más bien una humedad que lo traspasa todo. Ya es incluso sorprendente que no hayan aparecido los dolores articulares con los que se levanta cada mañana desde que cumpliera los 60 años, ni más ni menos que una década antes.

Con las pestañas aún unidas por ese reconfortante pegamento que proporciona el sueño, intenta darse la vuelta.

Es extraño, cualquier movimiento se traduce en crujidos del somier de muelles que compró el año pasado. No debiera. Completa la maniobra girando el cuerpo mientras echa el culo hacia atrás para no salir de la zona que su cuerpo lleva calentando toda la noche. De pronto, tiene la sensación de ir cuesta arriba, cómo si estuviese en el centro de una depresión llena de grumos.

Alarga el brazo con cuidado para que el frescor húmedo no penetre bajo las mantas. Tantea la mesilla de noche buscando su teléfono móvil para saber la hora. No lo encuentra, pero a cambio palpa algo que no debería estar ahí. Parece una vela.

Eso ya son palabras mayores. No está lo que debiera, pero hay algo que no recuerda haber puesto ahí. Abre los ojos e intenta escudriñar la oscuridad, sin más fortuna que antes.

Ahora su mano busca el interruptor de la luz por la pared, encima de la mesita. Nada, excepto una fina capa de agüilla que le moja los dedos.

Ya está alerta. Algo falla, y de manera extraordinaria. Echa los pies al suelo. Tanteando la pared se dirige hacia la puerta. Justo al lado hay otro juego de interruptores.

Busca las zapatillas con los pies. Ahí no hay nada. Estarán al otro lado de la cama. Gira el cuerpo por encima de las mantas y se da un buen golpe con una pared, tan húmeda como la otra. Se coge los dedos de los pies con las manos. Duele, y no poco. Pero, sobre todo, sorprende porque colocó la cama en medio de la habitación, de dónde se deduce que allí no puede haber una pared. Y, sin embargo, la hay. Que se lo pregunten a sus pobres pies.

Lo ocurrido hasta ahora podría tener una explicación. Hace una noche anormalmente fría. Se habrá ido la electricidad en el barrio, lo que justifica la ausencia de calefacción y la ausencia de la luz procedente de la farola…

Pero hay demasiadas cosas que no cuadran en absoluto. Su cama no es su cama. Su habitación no es su habitación. Ha desaparecido su móvil, y dispone en cambio de una vela. Tiene que averiguar dónde está.

Bien, lo primero es recuperar la calma y pensar. Vuelve a poner los pies en el suelo en la zona que, en teoría al menos, no es una pared. Lo hace y palpa con los pies. El suelo es irregular, tan frío y húmedo como la pared. La alfombra ha desaparecido.

Ya se ha puesto en pie. Da unos pasos cuidadosos sin apartar la mano izquierda de lo que debiera ser el tabique que separa dormitorio y comedor-salón-cocina de su minúsculo apartamento de alquiler en las afueras.

Llega a la esquina en dos pasos cortos. Bien, eso es normal. Lo que no lo es tanto es que el suelo parece ser de ladrillos. Tampoco que su pie derecho con algunos callos puñeteros no le duela. Puede pisar con todo el pie sin que le moleste más allá del tacto rasposo del suelo. Eso no le había ocurrido desde que tenía veintimuchos años.

Sigue buscando hasta que toca lo que parecen los herrajes de una puerta. Al tacto, las bisagras son de un tamaño muy superior al que recuerda, pero lo achaca a la dificultad de ver con sus dedos. Eso es nuevo para él. Y la puerta… La madera es basta, sin pulir y desigual. De los interruptores, ni rastro.

Busca la manilla de la puerta para salir al pasillo. En su lugar encuentra un pasador que la bloquea. Lo levanta y estira. Entra un aire aún más frío desde la oscuridad absoluta.

La corriente helada que se cuela por la rendija abierta envuelve sus piernas desnudas. ¿Desnudas? ¿Y su pijama? Se palpa el cuerpo. Lo que lleva, de entrada, no es una chaqueta porque no lleva botones. Lo chocante es que de cintura hacia abajo continúa. ¿Un camisón? Eso parece.

No se atreve a cruzar el umbral y salir a ciegas a la oscuridad, de modo que vuelve a cerrar y sigue su recorrido.

Mediada la pared de enfrente, el dedo gordo de su pie izquierdo vuelve a chocar con algo. Ve las estrellas.

Alarga la mano. Parece una mesa, y una silla. ¿Un escritorio a los pies de la cama? ¿Desde cuándo?

Bien, ya ha dado la vuelta a la habitación porque tropieza de nuevo con la cama. La rodea y se acuesta otra vez. A saber dónde estarán sus ropas. Esperará a que entre algo de luz para explorar de nuevo la estancia. De momento se arrebuja otra vez tratando de entrar en calor entre tiritonas y escalofríos.

A lo lejos, suena el canto de un gallo.

¿Un gallo? ¿En la ciudad?


Hasta aquí la primera propuesta. Parece obvio que Andrés no ha despertado en una nave espacial, ni en un hotel de cinco estrellas. Tampoco parece una cárcel teniendo en cuenta que puede abrir la puerta. ¿Dónde estará? ¿Un monasterio? ¿Una posada bastante cutre? ¿Un puticlub de carretera abandonado? ¿Una residencia de estudiantes con beca de tres al cuarto? ¿Un castillo medieval?

Y aquí entráis quienes leéis este blog. ¿Qué verá Andrés al día siguiente cuando se haga de día y abra la ventana?


El viaje de Andrés (2): Barkai y la puerta.


8 comentarios sobre “El viaje de Andrés (1): Introducción

  1. Aparece en un monasterio, abadia o convento y como novicio de último año para su consagración y promesa de votos de castidad, pobreza y obediencia. Evidentemente esto no es lo que él quiere. No es que tenga nada en contra de quien elija esta opción para su vida, pero él está muy alejado de esa posibilidad.
    Cuando anoche se durmió era una persona de 60 años, casado y con un hijo y una hija. Sus padres ya murieron.
    Ahora descubre por cartas en su escritorio que sus padres viven, le animan a seguir el camino de la oración y no hay rastro ni indicios de su mujer y sus hijos.

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  2. Si fuera Labordeta vería una tierra que ponga libertad, pero no creo que sea el caso. Tampoco creo que vea un gran insecto al mirarse en el espejo. Más bien creo que verá la casa de su abuela como cuando era un niño y sus padres lo dejaban para irse a la vendimia.

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  3. Un Gato negro salta del alfeizar y huye cuando él Abre las contraventanas. Ve Niebla y Nieve sucia, lo que parece ser una cancela y un Camino que parte de ella.

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  4. No sé qué verá al hacerse de día y mirar por la ventana, pero quiero que descubra que ahora es daltónico y que esto, obviamente, afecte a su discurrir por tu narración.

    (Me ha gustado, esperando la próxima)

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    1. Leyendo su comentario, tengo una duda.
      ¿Daltónico, como descendiente de los famosos hermanos Dalton? O sea, ¿forajido?
      ¿Daltónico, como discromatópsico? Y si este fuera el caso, ¿acromatópsico perdido? ¿Solo tricrómata? ¿Excusocromatópsico (1)?
      Gracias por la aclaración.
      (1) – Dícese de quienes alegan daltonismo para evitar responder a la típica pregunta de “Cariño, ¿Cómo me sienta este vestido?

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      1. <Cromodisléxico>, como leí una vez referido a mi forma de relación con el mundo.

        En concreto, tendrá serios problemas para diferenciar los rojos de los marrones y los lilas de los azules. Veamos por dónde sale.

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