El viaje de Andrés (2): Barkai y la puerta.

Como expliqué en el primer capítulo introductorio, este es un ejercicio de trabajo cooperativo entre un servidor, que escribe la historia, y los lectores, que le hacen solicitudes.

Aunque la semana pasada fueron tantas que este capítulo, que debía limitarse a las 1.000 palabras, las ha tenido que doblar ampliamente para dar satisfacción a todas. Obviamente, eso no supone obstáculo alguno para la escritura, pero lo será para la lectura. En cualquier caso, el escritor se debe a sus lectores, de modo que aquí está el segundo capítulo en el que se desvela dónde está Andrés, aunque a costa de añadir algunas incertidumbres.

Espero vuestras breves propuestas cuando finalicéis la lectura.


Un ruido… Viene de la ventana, ahora enmarcada por unos débiles rayos de luz. Puede adivinar el contorno de las cosas en la habitación, pero sin apreciar los detalles. El frío sigue siendo penetrante.

Andrés abre los ojos del todo. Le extraña que su vejiga no lo presione. Desde que cumplió los cincuenta y muchos no ha sido capaz de dormir una noche seguida, y ahora…

El ruido continúa. Parece un roce, como si algo estuviese arañando la madera. Se levanta. Busca inconscientemente las zapatillas con los pies, hasta que recuerda que han desaparecido. Toma la manta y se la echa por los hombros. No es mucho, pero al menos deja de temblar. Camina hacia la ventana. Alarga la mano y tantea en busca del pasador de cierre. Lo encuentra, pero algo lo detiene. El ruido ha cesado. ¿Y si lo que sea que espera al otro lado fuese peligroso? Retira la mano.

No, no puede subsistir entre tanta incertidumbre. Necesita resolver, al menos, alguna de las muchas dudas que lo envuelven desde anoche. ¿Anoche? Unas pocas horas. O incluso menos. No lleva reloj, hace tiempo que se las apaña con el móvil, ahora desaparecido. Aunque sospecha que ese reloj listo que le regaló su hijo mayor para que controlase las constantes vitales, tampoco le habría servido de mucho.

Vuelve a mirar los resquicios de luz que entran por el marco de la ventana. Sin pensar alarga la mano y la abre. Dos ojos fieros lo contemplan desde una oscuridad mucho más negra que la débil claridad que lo envuelve. Se abre una boca mostrando unos colmillos afilados, como agujas. El lomo se arquea.

Retrocede un paso, pero la amenaza no va a más. El gato negro se da la vuelta y salta por la mella abierta en la contraventana de láminas de madera.

La abre también. Ve un patio cubierto de nieve sucia con pisadas aquí y allá. La niebla es tan espesa que apenas consigue ver el otro lado de lo que parece un claustro monacal.

El frío es intenso, y no hay vidrio en la ventana. Se arrebuja en la manta y echa otro vistazo a la habitación.

Más bien una celda, en realidad. Decididamente tiene la impresión de que está en un monasterio.

Es curioso, alguna vez pensó en tomar hábitos, pero se lo impidieron dos hechos importantes: su profunda falta de fe en cualquier religión, y luego el amor. O, mejor dicho, el enamoramiento, porque no duró mucho. Por resumirlo, fueron cuatro años, dos hijos y un divorcio ruinoso.

A la tenue luz de la ventana entrevé el asa de un orinal, que asoma su fealdad a los pies de la cama. Y algo que lo sorprende: encima de la cama, allá donde sus pies fueron a golpear, ve las puertas de un armario. Arrodillándose en el lecho lo abre: no hay nada, aparte de lo que parece una biblia. En la tapa, de cuero repujado, aparecen unos caracteres extraños, más semejantes a runas que a cualquier alfabeto de origen mediterráneo. Los textos del interior son del mismo tipo.

Cuando va a cerrar el armario suenan unos golpes en la puerta. Golpes tímidos, respetuosos. Quiere responder, pero tiene la garganta agarrotada, tan solo consigue emitir una especie de gruñido.

Al poco, la puerta se abre con lentitud y asoma una cabeza. Le sigue un cuerpo joven, casi adolescente, vestido con un hábito marrón. El rostro agraciado, los ojos separados, de color oscuro. El cabello claro peinado en complicados símbolos. Los rasgos son femeninos, pero el ropaje es masculino, y no permite ver las formas del cuerpo.

La monja, suponiendo que lo sea, saluda con una inclinación mientras pronuncia unas palabras en un lenguaje gutural, totalmente incomprensible. Entra en la habitación mirándolo con precaución. Deja un paquete de ropas sobre el lecho.

Le tiende lo que parece una avellana. Y la palabra no ha sido elegida por simple similitud. Es una avellana al tacto y a la vista, aunque Andrés no se atreve a darle un bocado por si acaso fuera otra cosa.

Por señas, la joven le indica que se lo introduzca en el oído. Andrés desconfía, mira a la cosa y a la muchacha, que gesticula para animarlo a seguir sus recomendaciones.

Finalmente, llega a la conclusión de que tiene poco que perder por meterse un fruto seco en la oreja, siempre y cuando pueda sacarlo después. Lo hace.

— Buena jornada dennos el Divino Protector, maese Andrés.

Por un oído sigue escuchando la misma jerigonza. Por el otro, el lo-que-sea-que-parece-una-avellana le da una versión traducida a una versión de castellano que suena un tanto anticuado.

— Vuesa merced puede hablar, maese Andrés, yo también llevo un Misterio de Comprensión.

— ¿Dónde estoy? ¿Quién eres?

El rostro se endurece, frunce el ceño y repite.

— Buena jornada dennos el Divino Protector, maese Andrés.

Intuye que ha cometido una falta de cortesía. Sin duda debe respetar las costumbres del sitio en el que está, sea donde fuere.

— Buena jornada tengas tú también. ¿Puedo saber cuál es tu nombre?

El rostro se relaja.

— Mi gracia es Barkai, maese Andrés. Por favor, vestíos y venid conmigo.

— Mil disculpas si la pregunta es inconveniente, pero… ¿Eres hombre o mujer?

Ríe.

— ¿Para qué queréis saberlo, maese Andrés? ¿Tan pronto deseáis practicar fornicio? Pues no podrá ser, que os esperan.

Andrés se siente avergonzado.

— No, no, en absoluto pretendía… Era solo por saber si eras… En fin, chico o chica.

— Aún puedo ser lo que deseéis que sea.

— Está bien, gracias… Gracias y perdón…

— No os disculpéis, que no me corristeis. Si queréis me desnudo y vos mismo lo comprobáis, pero os recuerdo que urgencia, hay.

— No, no… No hace falta…

Andrés decide abandonar el tema antes de que pueda sentirse aún más avergonzado, si es que ello es posible. Mira la ropa que le han traído. Hace un rápido inventario: lo que parecen unos gruesos calcetines de lana, el hábito de un color que parece el mismo que el del monje o monja, pero paradójicamente sin serlo, un cordel y unos calzones. En el suelo ha dejado unas sandalias.

— Quisiera ducharme, Barkai. ¿Dónde puedo hacerlo ?

— ¿Ducharse, maese Andrés? Desconozco tal cosa.

— Lavarme, asearme…

A cada palabra que él pronuncia, la cabeza se mueve, negando.

— …bañarme…

La figura ríe, divertida.

— Pero maese Andrés, chanza debe ser esa, cuando pide bañarse en invierno.

— Al menos, habrá un aseo.

Vuelve a suceder la misma danza del ser sacudiendo la cabeza mientras él desgrana sinónimos.

…sitio de mear…

— Haberlo dicho antes, mi Señor. Ahí tenéis el necesario.

Está señalando al orinal. Ya la resignación invade el espíritu de Andrés. Solo le sobra la mirada entre curiosa y divertida de la jovenzuela, o jovenzuelo.

— Sal, y espérame fuera.

Las cejas de Barkai suben hasta el lugar que debería ocupar el flequillo, o casi, pero tras una rápida reverencia hace lo que le han pedido.

Andrés orina sujetando con la mano derecha el orinal y con la otra el apéndice de mear. Casi vuelca la vasija al darse cuenta de que su mano carece de las pecas de la vejez, y su pene tiene una textura turgente, impropia de lo que él recuerda de ayer mismo. Y juraría que de mayor tamaño.

Cuando termina con las sacudidas de rigor, deposita el orinal en el suelo y levanta el camisón. No solo el pene, también las piernas han ganado volumen y vello, el vientre es liso, los abdominales marcados, y los pectorales ya no ofrecen aquel aspecto levemente femenino que tenían, muy al contrario.

Las incertidumbres generadas se van sumando. Esos colores que son el mismo sin serlo, ese envejecimiento que ha retrocedido… Aunque no es así, él jamás tuvo un cuerpo tan atlético, ni siquiera en su adolescencia. Pero sobre todo, ha tomado inconscientemente el orinal con la mano derecha, cuando él siempre ha sido zurdo. ¿Ahora resulta ser diestro? ¿Después de setenta años peleando con los objetos diseñados para diestros?

Se viste rápidamente, dejando el camisón puesto, que toda ropa le parece poca. Todavía anda sacudiendo la cabeza cuando sale al pasillo.

— Seguidme, mi señor.

— Espera, Barkai. El orinal…

— ¿El necesario? Lo vaciará un [incomprensible] más tarde.

Su guía ya está caminando con la velocidad que le imprimen sus jóvenes piernas. Velocidad que no supone ningún desafío para Andrés. Muy al contrario, sigue el ritmo sin dificultad alguna. Sobre todo si tenemos en cuenta que debe sacarle a la chica, o chico, medio metro de estatura.

Tras unos metros, bajan unas escaleras resbaladizas por la humedad y salen al pasillo porticado que rodea al claustro. A Andrés, aficionado a la Historia, le encantaría detenerse a contemplar las esculturas que adornan el capitel de las columnas, pero la velocidad de Barkai se lo impide.

Tras rodear la mitad aproximada del perímetro, su guía se detiene y le señala un pasillo.

— No está permitido que los humanos pasemos de aquí sin autorización, maese Andrés. Seguid recto. Al fondo veréis dos puertas y una ventana entre ellas. No abráis la puerta roja, que grandes peligros traería. Abrid la otra, la marrón. Tras ella os espera el Guardián.

¿Los humanos? Entonces, ¿qué otras especies conviven aquí? Andrés mira a su joven guía. Es evidente que está nervioso, o nerviosa, y deseando alejarse.

— Gracias, agradezco tus servicios.

El ser asiente con la cabeza, inicia una leve reverencia que Andrés trata de imitar torpemente para gran regocijo de Barkai, que se aleja riendo.

Andrés avanza por el ancho pasillo. Dos veces se cruza con monjes, y juraría que también con una monja, que se cubren con la capucha y pasan por su lado con la cabeza gacha, apartándose cuanto pueden de él, como si lo temieran. Sus hábitos son del mismo color marrón que el de Barkai, aunque no del mismo marrón que el suyo, lo que vuelve a dejarlo perplejo. ¿Colores que son el mismo, y no lo son?

Cuando llega al final del pasillo, efectivamente encuentra una puerta a su derecha y otra a su izquierda, ambas de color marrón en distintos tonos, aparentemente. No hay puerta roja, o él no la ve. Andrés mira alrededor, pero ya no hay nadie.

Decide abrir la salida de la derecha, cuyo tono le parece más parecido al de su hábito. La puerta es gruesa, con apariencia de gran solidez, aunque gira con facilidad sobre sus goznes.

El vano da al exterior del monasterio, con unas breves escaleras tras las cuales se repiten la nieve y la niebla, ya algo menos densa. A unos treinta pasos se advierte una bifurcación. El camino principal dobla a la derecha y desaparece en la niebla. En el ramal de la izquierda, tras una cancela cerrada con una gruesa cadena, se adivina otro camino que parece llevar a una casa. Le resulta familiar, aunque no puede distinguirla con claridad. Entre ambos, un bosquecillo cuyos árboles se agitan con furia, pese a que apenas sople viento.

Alguien lo empuja y cierra la puerta con violencia, justo antes de que algo se estrelle con furia contra la madera. Todo vibra unos segundos, hasta que regresa la quietud.

El monje que lo apartó roza la cuarentena, con larga barba. Es mucho más alto y corpulento que los otros con quienes se ha cruzado, aunque apenas le llega a la barbilla. Lo está mirando ceñudo, en evidente actitud de censura, pero no pronuncia ni una sola palabra. Con la mano izquierda señala la puerta del otro lado. Andrés se disculpa con una inclinación. El monje vuelve a señalar con fuerza la puerta de enfrente mientras apoya la espalda sobre la que él abrió. Por el pasillo vienen más figuras monjiles corriendo, pero el hombre da un grito y todos los demás regresan con rapidez a sus quehaceres.

El monje lo toma del brazo, lo lleva al umbral de la puerta que señalaba, y da unos golpes. Suena una voz grave, autoritaria.

— ¡Entrad!

La voz ha sonado en el mismo castellano que le transmite la avellana traductora que lleva en el oído. El monje ya se aleja por el pasillo con andares decididos.

Abre la puerta y se asoma. Un escalofrío recorre su espinazo mientras nota que todos los pelos de su cuerpo se yerguen como escarpias. Mientras su mente queda paralizada por el terror, su cuerpo se apresta para la lucha.

La voz vuelve a sonar, igual de grave, pero con tono entre amable y burlón.

— Entrad, maese Andrés. Os aseguro que hoy no supongo peligro alguno para vos. Pasad y sentaos.

Con dificultad, Andrés recupera el control sobre su espíritu. Procura obviar el fuerte olor entre almizcleño y sulfuroso que asalta su nariz. Da un paso hacia el interior. La puerta se cierra silenciosamente.


Os recuerdo las reglas: cada semana publicaré un breve capítulo equivalente a unas 1.000 palabras (a menos que os entusiasméis con vuestras sugerencias), y plantearé unas preguntas. Aceptaré las propuestas que dejéis en comentarios durante los tres días siguientes, y pergeñaré a continuación la escritura del siguiente capítulo.

Si nadie propone nada, pues obviamente la aventura de Andrés tomará el rumbo que, a mí, como padre putativo de la criatura, me plazca.


Bien. En el largo capítulo de hoy han quedado respondidas algunas preguntas. De momento, sabemos que Andrés ha despertado en un monasterio habitado por monjes, y aparentemente también monjas. Hemos averiguado que hay un gato negro rondando por ahí. Parece que el sexo no es un tema tabú en el monasterio, lo que resulta sorprendente para expectativas contemporáneas. También podemos intuir por su olor corporal quién, o mejor dicho qué es el Guardián. Y se desprende del relato que Andrés es él mismo, pero su cuerpo no es el original.

Sin embargo, quedan muchas incógnitas, de modo que aquí llegamos al punto en que se plantean algunas preguntas para el capítulo siguiente.

¿De verdad que le ha crecido el pene, o es solo que ha mejorado su vista? ¿Qué clase de ciencia consigue que una avellana traduzca? ¿Habrá estación de tren, o están en Tomelloso? ¿Es Barkai un o una joven? ¿Ambos sexos, o ninguno?

Y, sobre todo, ¿qué demonios puede decirle el Guardián? ¿Qué preguntas esenciales debe hacerle Andrés?


NOTA BENE: Les recuerdo a quienes deseen participar que las propuestas deben limitar su ámbito al siguiente capítulo, evitando la metafísica a ser posible. Una propuesta breve, de una línea máximo. Gracias.


El viaje de Andrés (1): Introducción

El viaje de Andrés (3): El Homo Ferox


2 comentarios sobre “El viaje de Andrés (2): Barkai y la puerta.

Agrega el tuyo

  1. Le ha crecido el pene y ha mejorado su vista.
    La avellana y todas las que hubiere formaron parte del banquete de cierto aquelarre.
    Ni hay tren ni están en Tomelloso
    Barkai es un joven bisexual.
    El Guardián le dice : Cuanto tiempo esperándote!!
    Maese Andrés pregunta : Dónde estoy.? Qué me ha pasado en el cuerpo.?

    Me gusta

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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