El viaje de Andrés (3): El Homo Ferox.

Para los lectores que se incorporen en este momento al relato del viaje de Andrés, os recuerdo que se trata de un cuento cooperativo, en el que quien lo desee puede solicitar detalles de la continuación.

Así lo hizo la semana pasada Juan en un comentario, y otras sugerencias me llegaron por privado. Entre otras cosas, me han pedido que incluya más gatos, o incluso que introduzca saurios en la historia. Se hará lo que se pueda.

Este tercer capítulo empieza con Andrés en la puerta del despacho del Guardián, luchando entre la parálisis del miedo y la involuntaria preparación para la lucha de su cuerpo. Un cuerpo que, por cierto, parece nuevo, a estrenar.


Una ventana con unos cristales gruesos y translúcidos iluminan lo que sin duda es un despacho. Sus ojos están atentos a dos animales de gran tamaño. Demasiados dientes para ser perros, y demasiados grandes para ser lobos. Y el olor…

— ¡Fobos, Deimos, quietos!

Desde luego, la voz no ha dicho eso, pero la avellana ha traducido. Buenos nombres, bien elegidos de la mitología griega: Terror y Miedo.

Los lobos, o lo que sean, se han tumbado sin quitar ojo de Andrés. Siguen gruñendo…

No, en realidad no son los lobos, el que gruñe en un tono bajo y amenazante es Andrés. Cuando se da cuenta, calla, y se restaura el silencio.

Detrás de la mesa está esperando en pie un hombre. Un hombre, pero no está claro si un humano. O, al menos, no un humano como los que Andrés está acostumbrado a ver. Es relativamente bajo, de la estatura de Barkai, pero es casi tan ancho como alto, con un torso que más parece un barril. Los brazos y piernas son fuertes, aunque si alguien pensara en los músculos marcados de algún culturista se equivocaría. Recuerdan la impresión de fuerza que transmiten los miembros de un gran simio, un orangután o un gorila. Es fuerza bruta, sin refinar. La cabeza es desproporcionadamente grande, el rostro basto, extraño, con un doble arco óseo sobre las cejas y la barbilla huidiza, sin mentón.

El hombre, porque sin duda lo es, está sonriendo.

— ¿Acabasteis, maese Andrés? ¿Os ha sorprendido mi aspecto?

No sabe qué contestar. Cuando ignoras dónde estás y qué puede hacerte el tipo de enfrente, no le dices que es feo, pero feo con ganas. Preferiría no comprometerse, pero le puede la curiosidad.

— Sí, es sorprendente. Si no fuera imposible diría que tiene los rasgos de un Homo Neanderthalensis.

— Y lo soy, aunque evolucionado.

Andrés queda totalmente descolocado. ¿Un neandertal? Se extinguieron hace decenas de miles de años, ¿cómo va a evolucionar? De nuevo decide no correr el riesgo y cambiar de tema.

— ¿Y estos bichos?

— ¿Fobos y Deimos? Son lobos.

— Dan miedo.

— Y vos también.

Eso descoloca por completo a Andrés. ¿Miedo él? ¿Un humilde profesor de historia que no ha hecho más ejercicio en su vida que levantar libros?

— Cierto es que no tuvisteis ocasión de contemplar el reflejo de vuestro rostro. Tomad.

El neandertal – o eso dijo – alarga descuidadamente un espejo de mano hacia Andrés, que lo toma con desconfianza. Lo asusta mirar. ¿Qué más ha cambiado?

— Maese, cuanto antes lo hagáis, antes acabaremos.

Andrés asiente con la cabeza y alza el espejo. La mandíbula parece tremendamente fuerte. Abre la boca y asoman unos finos colmillos que sobresalen un par de centímetros sobre los incisivos. La nariz es ancha y retraída. Las orejas grandes, acabadas en punta, orientadas hacia los cánidos.

Pero los ojos… Las pupilas son verticales. Son ojos de felino. Eso sí, de un azul precioso. O verde. O lo que sea, pero preciosos.

Mira asombrado al neandertal.

— Creo que deberíais sentaros, maese. He esperado luengo tiempo la ocasión de poder hablar con vos, y por supuesto no tratábase de nuestro respectivo atractivo facial. Pero dejad que me presente, soy Fertaz, Guardián de este homosterio.

– ¿Homosterio? ¿Guardián de qué? ¿¿Qué le ha pasado a mi cara?? ¿¿Qué cojones es esto??

Sin darse cuenta, Andrés ha elevado la voz. Los dos lobos se han puesto en pie y gruñen mostrando unos colmillos infinitos. Él también está gruñendo, y sospecha que enseñando los dientes.

— ¡¡Fobos, Deimos, quietos!!

Los bichos vuelven a tumbarse. Con una sonrisa irónica Fertaz señala las manos de Andrés. Él las mira también. Se asombra del tamaño y aspecto de las garras que han surgido de la punta de sus dedos. Mira más abajo. Ahora cada calcetín luce cinco hermosos agujeros por donde asoman los dedos de los pies. Levanta la mirada hacia Fertaz.

— Maese Andrés, os ruego que dejéis el espejo sobre la mesa. Témome que son tan terriblemente caros como frágiles.

Obedece. Se deja caer en una silla que cruje con el peso de su cuerpo. Un cuerpo medio humano, medio felino. Un cuerpo que ya, definitivamente y sin que quepa la menor duda, no es el que dejó anoche en su cama de la ciudad.

— ¿Y mi cuerpo, Guardián?

— Me temo que muerto, maese Andrés. Fallecisteis anoche, hacia las dos de la mañana, de un mal de corazón. Gracias a eso podéis estar aquí, ocupando el cuerpo de un Homo Ferox. Un humano fiero, un guerrero.

Andrés se cubre la cabeza con las manos.

— No entiendo nada, nada, …

El Guardián se acerca y deja caer sus manos sobre los hombros del recién descubierto guerrero.

— Tiempo habrá, maese Andrés. Ahora, creo que va siendo hora de ir a desayunar. Acompañadme. ¿Qué solíais comer para empezar el día?

— Un bol de cereales con leche, pero ahora igual me apetecen más unos ratones vivos, o una cabra. Ni idea. ¿Qué comen los Ferox?

Fertaz ríe, emitiendo un sonido extraño, entre una lijadora y el chirrido de una uña sobre la pizarra.

— Sinceramente, maese Andrés, lo desconozco por completo. Sois el primer Ferox con el que puedo hablar, sin que intente matarme.

— ¿Nuestras razas son enemigas?

— No exactamente. Ya os lo explicaré. Ahora, seguidme.

Salen al pasillo seguidos por los lobos.

— Fobos, Deimos, ¡a cazar!

Los dos animales salen corriendo, empujándose el uno al otro.

— ¿Dónde van, Fartaz?

— A cazar raptores. Hay una puerta adecuada por el que pueden entrar y salir, sin que se nos cuelen en el homosterio.

— ¿Raptores? ¿No serán velociraptores?

— Ah, ¿los conocéis?

— Solo en la ficción, esos bichos se extinguieron allá por el Cretácico, hace unos 70 millones de años. ¿Me está diciendo…? Venga hombre, ¿me toma el pelo?

— No entiendo a qué se refiere con el pelo, pero si estamos hablando de unos animales voraces cubiertos de plumas que cazan en grupo, pues sí.

— ¡Dios!

— Divino protector, si mal no os parece.

Andrés calla. A cada respuesta que le proporciona el Guardián, añade media docena de preguntas más. Mejor seguir en silencio.

Observa la reacción de las gentes con las que se van cruzando, pocas en realidad.

Ahora que se fija algo más, incluso cubiertos con los hábitos, identifica a varias razas humanas. Le parece reconocer otro neandertal por el tamaño de los hombros y del cráneo, un par de individuos más parecidos a Berkai, y algún otro especímen de menor tamaño. Todos reaccionan igual, inclinando la cabeza ante Fertaz mientras ponen el cuello tan lejos como pueden de Andrés. Indudablemente, temen al uno, y respetan al otro. Y el temido no es Fertaz.

Al fin llegan al refectorio. Se acercan a una mesa con bancos corridos, que en seguida se despeja ante la presencia de Andrés.

Enfrente, se ven diversos alimentos expuestos sobre una larga superficie de lo que parecen armarios bajos. Algunos son reconocibles a simple vista, otros platos son totalmente desconocidos.

— Bien, maese Andrés. Venid conmigo y elegid vuestro desayuno.


El pobre Andrés está hecho un lío, y no es para menos. Ha estado charlando con una subespecie humana que se extinguió unos 40.000 años atrás. Ese tipo tiene por mascotas a unos bichos que serían la pesadilla de un hombre lobo, y que se divierten cazando a unos seres que desaparecieron allá por el Cretácico. Para acabarlo de arreglar, resulta que él ya no es tampoco un pacífico Homo Sapiens Sapiens – pacífico, porque él lo era, la subespecie no tanto – sino una especie de hombre feroz con un rostro entre mastín y gato.

Ahora, lo más urgente para su supervivencia es aprender qué come su cuerpo. Para entendernos, que no es lo mismo tener un organismo diésel o gasolina. Suponiendo que no se sirva de desayuno a alguno de los Homo que pululan por allí – Fartaz tiene pinta de resultar correoso – ¿qué come? Y sea lo que fuera que come, ¿tendrán allí kétchup y mostaza? Más importante todavía, si se equivoca, ¿bicarbonato o Alka-Seltzer?

¿Qué opináis?


Os recuerdo las reglas: cada semana publicaré un breve capítulo equivalente a unas 1.000 palabras (a menos que os entusiasméis con vuestras sugerencias) y plantearé unas preguntas. Hasta donde sea posible – que a veces sugerís solo para hacer daño, puñeteros y puñeteras – aceptaré las propuestas que dejéis en comentarios durante los tres días siguientes, y pergeñaré a continuación la escritura del siguiente capítulo.

Si nadie propone nada, pues obviamente la aventura de Andrés tomará el rumbo que a mí, como padre putativo de la criatura, me plazca.


El viaje de Andrés (2): Barkai y la puerta.

El viaje de Andrés (4): Un desayuno agitado.


3 comentarios sobre “El viaje de Andrés (3): El Homo Ferox.

  1. Debe saber qué ocurrió con su “alma” cuando murió (ese gran misterio no puede quedar relegado).
    Puede que no le gusten las viandas de su nueva vida y solicite un pan con aceite normal y corriente (y es posible con una lonchita de jamón).
    Y por supuesto le preocupa saber (aunque esté muerto tal y como le ha dicho Fartaz) cómo ha quedado su vida anterior . . . familia, trabajo, amigos . . . . . ¿o tal vez eso ya debe ser olvidado por su parte?

    Le gusta a 1 persona

    1. Juan, buenas sugerencias, pero te me estás adelantando. Piensa que el próximo capítulo tiene que relatar el desayuno, y da para poco más. Así:
      – El Alma es efectivamente importante. ¿Cómo se comportará el alma de un buen tío, pacífico él, en el cuerpo de un guerrero? ¿Pueden los instintos cambiar el alma? Ahí lo dejo para no hacer spoiler.
      – Me ha entrado hambre con tu sugerencia, puñetero.
      – Yo diría que a estas alturas Andrés debe estar un tanto agonadado, y preocupado por otras cosas mucho más inmediatas. Pero efectivamente, habrá que hacer algo al respecto de los afectos perdidos.

      ¡Gracias de nuevo!

      Le gusta a 1 persona

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