El viaje de Andrés (4): un desayuno agitado.

Para los lectores que se incorporen en este momento al relato del viaje de Andrés, os recuerdo que se trataba de un cuento cooperativo, en el que quien lo desease podía enviar sus sugerencias para el siguiente capítulo. Sin embargo, desde el principio la intención de estos capítulos fue escribir un cuento, que finalizará con el siguiente capítulo.

El anterior terminaba con Andrés y el Guardián Fertaz en el refectorio, decidiendo qué podría desayunar Andrés. O, mejor dicho, qué le podría apetecer al feroz cuerpo de Andrés.


Un monje se acerca a Fertaz. Andrés lo reconoce, es el que lo apartó de la puerta que se suponía tenía que estar pintada de rojo, pero lo estaba de marrón. Chapuzas. Sin quitarle ojo, el hombre se inclina sobre el Guardián y le murmura al oído.

Mientras tanto, Andrés está descubriendo sus sentidos reforzados. Los olores entran en tropel en su nariz, generando un torbellino de imágenes en su cabeza.

Algunas proceden de los alimentos, y de ellas sobresalen dos: el olor de carne curada, y otro que no acaba de situar.

También las de las diferentes subespecies humanas que conviven en las mesas más alejadas. No sabría nombrar ninguna, pero constata horrorizado que las imágenes le llegan a la mente acompañadas de sabores. Digamos que, si tuviese que elegir a alguno de los comensales como alimento, sabría instintivamente cuál es más sabroso, cuál más tierno, y cuál más correoso.

— ¿Vamos, maese Andrés?

Sacude la cabeza para ahuyentar las perturbadoras ideas y se dirige hacia la exposición de alimentos.

— Fertaz, no me hagas mucho caso porque no domino mis sentidos, pero me parece reconocer un olor. Me recuerda al aroma que entraba por las ventanas del instituto durante la hora del recreo.

— ¿A qué os referís?

— A marihuana.

— No sé qué deciros, maese Andrés. ¿Qué clase de hierba es esa?

— Cogollos de cáñamo, Cannabis Sativa.

— Ah, ya veo a qué os referís. Aquí la utilizamos como condimento, con moderación.

— ¿Condimento? ¡Es una droga!

Se repite el sonido de lijadora, señal de que Fertaz ríe.

— No os preocupéis tanto, y usadla solo como aderezo, si ello os complaciera. Bien, ¿qué deseáis comer?

Con el brazo, el Guardián señala a las viandas. Andrés las observa, aunque más con la nariz que con los ojos. De nuevo, el olor a carne curada lo atrae por encima de ningún otro. Se dirige hacia allí.

— Vaya, maese Andrés, veo que conserváis los gustos de vuestra hispánica tierra, una cortada de pan con jamón, tomate quizás…

Es en ese momento cuando se produce el primer incidente. Un humanoide de poco más de un metro y palmo se interpone hábilmente entre Andrés y el jamón, extendiendo el brazo hacia el plato en el que yacen unas pocas cortadas. El rugido de Andrés a unos pocos centímetros del oído del cruce entre hobbit y enano lo proyecta a dos metros. El homínido se aleja gateando a tanta velocidad como puede, pero ya es tarde: los sentidos de Andrés se han despertado. Sus orejas se orientan hacia el grupo que se amontona en las mesas del fondo, tan alejados como pueden, pero no lo suficiente.

— …sin duda el Guardián se ha vuelto loco…

— …habría que acabar con el monstruo antes de nos mate…

— …dicen que come niños…

— …pues yo he oído que solo se comen la piel muy tostada…

— ¡Eso es el pato laqueado al estilo pequinés, idiota! Ellos prefieren beber su sangre…

Siente furia por la ofensa, una furia que, paradójicamente, tan solo pueden calmar la carne desgarrada y el olor de la sangre fresca.

De un salto Andrés se ha plantado rugiendo al lado de la mesa. Sus zarpas han aparecido, la boca saliva, los colmillos brillan, ansiosos. Está ya eligiendo la presa de aspecto más apetitoso cuando sus ojos se cruzan con la mirada aterrorizada de Barkai. Es suficiente para que Andrés recupere el control con esfuerzo, aunque su cuerpo sigue en tensión, olfateando víctimas.

— ¡¡Todos fuera!! ¡¡Inmediatamente!! Tú no, Barkai, únete a nosotros.

Es Fertaz quién ha gritado. Todos salen en desbandada excepto el joven andrógino, que se acerca al Guardián con renuencia.

Habiendo recuperado en parte la tranquilidad, tan solo el hambre recién despertada inquieta a Andrés, o al Ferox en el que habita. De un golpe libera el jamón de su soporte y lo agarra como si se tratase de una porra. Ya se aleja hacia la mesa cuando recuerda lo que proponía Fertaz. Se detiene, coge una cortada de pan en la que apoya el jamón, y se sienta a la mesa.

— ¿Puedo preguntaros qué ha ocurrido, maese Andrés?

— El retaco ese me quería quitar el jamón…

— Vilo con mis ojos, maese. Me refería a la razón por la que atacasteis a mis huéspedes.

— Hablaban de matarme, de que comía niños lacados al estilo de Pekín, me llamaron monstruo…

— Extraordinario. Escuchasteis todo eso en el murmullo.

— Sí, pero solo quería darles un susto…

— Mi Señor miente. – Murmura Barkai, con una sonrisa que lima las aristas de la ofensa.

— ¿Mentís, maese Andrés?

El atribulado Ferox reflexiona sobre lo ocurrido. Tiene razón Barkai, deseaba matar. De no haber estado él, o ella, entre los sentados en aquella mesa, algunos habrían muerto hoy. A qué engañarse a sí mismo, las ansias de matar lo dominaron.

— Me temo que sí. Deseaba matar, e iba a hacerlo cuando la visión del horror y el miedo en el rostro de Barkai me han frenado lo suficiente para que volviese a ser yo mismo.

— Muy interesante… – Es esta vez Fertaz quién murmura. – Disculpad si os vuelvo a preguntar, pero ¿creéis que habría sucedido de similar forma si no hubieseis conocido previamente a Barkai?

De nuevo piensa. ¿Qué lo ha contenido en realidad, la vergüenza por su comportamiento ante Barkai, o su sola presencia? No, ha sido la vergüenza.

— De hecho, creo que, de no haberlo conocido, él habría sido mi desayuno. Parece más tierno que el resto.

— Realmente interesante… – Asiente de nuevo Fertaz. – No ha sido el paxi, sino el conocido…

— Mi Señor Andrés, ¿deseáis acompañar la comida con algo de vino o cerveza? Porque cubiertos ya veo que no necesitáis.

Andrés se desconcierta ante el comentario. Mira sus manos. Ha clavado las diez garras en el jamón y lo está devorando a bocado limpio, desgarrando la carne con sus colmillos.

— Esto… Vino, por favor. Un Rioja si no te importa.

— Me temo que Rioja no tenemos, maese Andrés. – El Guardián sonríe, divertido ante el desconcierto de ambos. – Pero os podemos servir un agradable tinto de nuestra propia cosecha.

— Eh… Sí, vale, gracias. – Atina a farfullar Andrés.

La vergüenza ante sus malos modales invade al normalmente circunspecto Andrés. Hasta el día anterior, en puridad. Quiere dejar sobre la mesa los restos del jamón, ya devorado en más que un buen tercio, pero algo dentro de él se resiste pidiendo un bocado más. O dos.

Salva al jamón restante el vaso de vino que le trae Barkai en una copa de barro cocido. Un caldo bastante aceptable, de buena graduación. Pero la paz de espíritu dura poco, aún se lleva el jamón a la boca un par de veces antes de ser capaz de apartarlo.

— Me sorprende que siendo hispánico, maese Andrés, no hayáis acompañado el jamón de pan, tomate, ajo y aceite.

— Bueno… Ya se sabe que el pan engorda.

Lo dice con tal seriedad que esta vez tanto Barkai como Fertaz ríen. Para disimular, Andrés alarga la mano hacia la cortada de pan, y la lleva con cuidado a la boca. Eso parece divertir mucho a los otros dos compañeros de mesa, que redoblan las carcajadas palmeando la mesa. Tras unos segundos, y siendo consciente de la tontería que ha dicho, él también se suma. “Y esto sin probar el condimento aromático”, piensa Andrés.

— ¿Puedo ofreceros algo más, mi Señor? – Se ofrece Barkai.

— Sí, me sentaría estupendamente un carajillo de orujo.

— ¿Mi Señor?

— Os pido disculpas, maese Andrés, pero el café desapareció tiempo ha de estas tierras. Os podemos servir un vaso de aguardiente, si lo deseáis, pero teniendo en cuenta las circunstancias no parece recomendable. – Explica con tranquilidad Fertaz.

— Tienes razón. Entonces, ya hemos acabado.

Pero no es cierto. Sigue teniendo hambre, aunque ya no sea tan acuciante. Al pasar hacia la puerta Andrés ve una cesta con manzanas. Ni siquiera recuerda cómo lo ha hecho, pero cuando llegan al pasillo lleva una pieza de fruta en cada una de sus garras de la mano derecha y las va comiendo tranquilamente.

— Me alegra que también comáis fruta, maese Andrés. Los jamones son escasos.

— No creáis, será mejor que me guardéis el jamón que sobró, porque en la próxima comida no respondo si tengo que buscar un sustituto.

Fertaz asiente con la cabeza.

— De momento, ¿os parece si regresamos a mi despacho?

— Pues si no te importa, creo que preferiría echar una siesta. Debe ser la parte de felino que llevo en los genes, pero me apetece dormir. Y pensar sobre todo lo ocurrido. Barkai me puede acompañar, si ambos estáis de acuerdo.

— A vuestro servicio, mi Señor.

— Como deseéis. Cuando os venga bien, acercaos al despacho para que podamos seguir hablando de vuestra situación. Y maese Andrés…

— ¿Sí?

— Esta vez no abráis la puerta roja.

— ¡Y dale! ¡Si no queréis que los forasteros nos confundamos, pintad la puerta de rojo y no de marrón!

Fertaz se ha detenido y lo mira, pensativo, pero él ya no lo ve porque camina en la dirección contraria, hacia su celda. Llegan al poco. Barkai queda en la puerta, él entra.

— ¿Deseáis que entre con vos y os procure placer, mi Señor?


Si Andrés estaba hecho un lío, ahora es un lío asustado de sí mismo. Ha abandonado todos los modales en la mesa, y parece tener una especial predilección por la antropofagia.

Para ello necesita meditar. Por ejemplo, si un homo Ferox se come a un Homo Paxi, o a un Homo Hobbit, o incluso a un neandertal (por muy correosos que parezcan), ¿es canibalismo?

Y el sexo entre subespecies, ¿bestialismo? Aún peor: si copula, ¿se comerá luego a su pareja? Francamente, le da demasiado miedo responder a esa pregunta, mejor será posponer la comprobación empírica.

Pero en el fondo, todo esto depende en buena parte de la respuesta a la pregunta: ¿es Andrés un hombre de moral religiosa? Aunque también se puede plantear en modo filosófico: ¿hedonista, epicúreo, estoico, cínico? Porque los instintos de su nuevo cuerpo no ofrecen dudas: son feroces, sin más.


El próximo sábado se publicará la última entrega del cuento, con la resolución de los muchos dilemas de Andrés. ¿Habrá sido un sueño? ¿Se quedará permanentemente en ese lugar, sea ello lo que fuera o fuese? ¿Por qué demonios no hay tren en Tomelloso?

Ya queda menos para saberlo.


El viaje de Andrés (3): El Homo Ferox.

El viaje de Andrés (5): Las puertas del Cielo


Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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