El viaje de Andrés (5 y final): las puertas del cielo.

Para los lectores que se incorporen en este momento al relato del viaje de Andrés, os recuerdo que se trataba de un cuento cooperativo, en el que quien lo desease podía enviar sus sugerencias para el siguiente capítulo. Sin embargo, desde el principio la intención fue escribir un cuento, un relato breve que finalizará con este capítulo.

El episodio anterior terminaba con Andrés retirándose a sus aposentos para reflexionar.


…Barkai queda en la puerta, él entra.

— ¿Deseáis que entre con vos y os procure placer, mi Señor?

Andrés se detiene. Por un lado, a su parte viril parece agradarle la idea, pero por otro el circunspecto septuagenario que lleva dentro no se siente cómodo con esa idea. En absoluto.

— No, Barkai, mejor no.

El muchacho – o muchacha – pone cara de decepcionado, como si el rechazo le hubiese dolido.

— Lo siento, Barkai, pero estoy muy confuso. Necesito reflexionar. Y hacer la digestión ya de paso, que creo que el pan me ha sentado mal.

— Lo entiendo mi Señor, que descanséis.

Andrés sacude la cabeza. Tendrá que tomar una decisión respecto de estos ofrecimientos. Quizás debería pedirle a Fertaz que le asigne un ayudante algo menos… No, mejor algo más. Más barbado y feo. Cuanto más feo, peludo y correoso, mejor.

Aprovecha la ocasión para desaguar. El orinal está limpio. Cuando termina, y tras las sacudidas de ordenanza, se arregla las ropas y se tumba en el camastro. Vestido y todo, aún se tapa con la manta.

Intenta analizar los muchos sentimientos que han pasado hoy por su alma, su cuerpo, o su lo que sea que tiene ahora. Casi todos ellos de vergüenza. Es incapaz de comportarse civilizadamente, ha perdido los modales a la hora de comer, y estando a solas tiene que reconocer que las ofertas de Barkai lo han turbado más de lo que desea reconocer, aunque menos que el olor a comida que desprendían los hombrecillos.

Así, entre estos pensamientos, queda dormido.


Al igual que cuando amaneció, lo despiertan unos golpes en la puerta, más enérgicos esta vez.

— Pasa, Barkai.

Pero no es Barkai el que entra, sino un hombre tan ambiguo sexualmente como el joven servidor, pero de gran estatura y fuerza. Todo él viste una túnica negra como la noche, que lo cubre de arriba abajo. El rostro es solemne, hierático. No queda a la vista ni un solo cabello.

— Seguidme, maese Andrés. El Guardián de las Puertas os espera.

Se gira para salir de la cama, pero el excesivo ímpetu le produce un vivo dolor a la altura de los riñones. Espera un poco hasta recuperar el aliento y lo intenta de nuevo, más despacio.

El hábito ha subido, descubriendo unos flacos muslos blanquecinos, desprovistos de vello en su mayor parte. Lo mismo puede decir de sus antebrazos.

Tantea con los pies en busca de las sandalias, hasta encontrarlas. Intenta levantarse. El dolor conocido en las rodillas lo atraviesa. Lo supera para ponerse en pie. Entonces es cuando llegan los habituales pinchazos desde el juanete de su pie derecho.

Es él, su viejo cuerpo ha vuelto. ¡Cagüen todo lo que se menea! Prefería ser una fiera sin dolores a un santo varón hecho un asco.

Cojeando se encamina a la puerta, que queda más lejos de lo que recordaba. Y es que la sala no es la misma. Esta recuerda más a una habitación de hotel de su siglo. Un establecimiento de pocas estrellas, todo hay que decirlo, pero de su tiempo.

El hombre – el rostro es ambiguo, pero no tiene tetas ni caderas, ergo debe ser macho – lo espera imperturbable en la puerta.

Tan pronto Andrés ha traspasado el umbral, su guía encamina sus pasos en la misma dirección que tomó Barkai por la mañana. Pero el entorno es ahora muy diferente. Brilla un sol tibio, ni frío ni caliente. Se escucha el revolotear de los pájaros y el zumbido de los insectos que medran en el jardín del claustro.

Se entretiene mirando la fuente que ocupa el centro geométrico del patio, los adornos de las columnas, el suelo… Sin duda es un monasterio de los que hay tantos por la geografía española, pero curiosamente parece nuevo, recién estrenado.

— Maese Andrés, no os entretengáis.

El guardia, guía, criado, o lo que sea, lo mira con seriedad. Como a un niño que se despista. Andrés se siente algo agredido por el tono.

— Ni se te ocurra cogerme la mano.

La mirada debe ser de asombro en tan poco expresivo ser, porque las cejas – si las hubiese tenido – parecen haberse elevado un milímetro o dos.

— ¿Por qué iba a hacerlo?

— Cosas mías. Venga y no te pares.

Si la túnica del hombre se hubiese movido, Andrés habría pensado que se encogía de hombros, pero nada aparte de una levísima luz de guasa en la mirada. Muy leve. Probablemente imaginada.

En este transcurrir por los pasillos del claustro no se cruzan con nadie. Finalmente llegan a las dos puertas del final, la derecha claramente pintada del mismo tono de rojo que su hábito. Así que Fertaz, Barkai y los demás decían la verdad… La puerta es roja. Otra vergüenza que sumar a su anotador.

Con una cierta irritación Andrés se adelanta al niñero y abre la puerta marrón.

— Oye Fertaz, esto ya…

Pero allí no están ni Fertaz, ni los lobos. Detrás del escritorio se encuentra sentado un anciano tecleando en un ordenador. O en lo que debe de serlo, porque la pantalla ha sido sustituida por una especie de proyección translúcida en la que se adivinan lo que parecen listas de nombres en dos columnas, una sobre fondo azul celeste, otra sobre fondo rojo ardiente. En sendos rincones, descansan sobre la mesa dos gatos, uno blanco como… Bueno, blanco como las sábanas de un anuncio de blanqueante. El otro gato es tan negro que se diría un agujero en la iluminación. Ambos lo miran con felina indiferencia.

— Siéntate Andrés. Enseguida estoy contigo.

La voz es grave, emitida a través de la barba blanca blanquísima, que le tapa la boca casi por completo. La cabellera, a juego. Las manos con manchas de vejez, y ambas luciendo una profunda cicatriz en el dorso. La túnica es gris, pero de un gris que no se define hacia un lado, ni al otro. No sabría decir si es oscuro o claro.

Se sienta. El anciano mueve las manos cerca de la pantalla, o mejor dicho de la proyección de la pantalla, sin que se vea ningún teclado. Al cabo de un par de minutos, el gesto es claramente el de pulsar la tecla Return, Intro, o lo que sea que finalice lo que estaba haciendo.

— Bien, Andrés, me alegra decir que has pasado la prueba. No muy sobrado, la verdad, pero la has pasado.

— ¿Dónde está Fertaz? ¿Y mi nuevo cuerpo?

— ¿Quién es Fertaz?

— El neandertal que…

— Guardián, Fertaz es uno de los personajes de la prueba.

El que ha respondido es otro guía-soldado-niñero-criado, que ha entrado detrás de Andrés.

— Ah, claro. Disculpa Andrés, no estoy al tanto de cada una de las simulaciones de la prueba.

— ¿Qué prueba?

— La prueba, el juicio. – Andrés mira al anciano como un recién ingresado en el manicomio miraría al director – Mira, mejor empezamos por el principio. Yo soy Simón Bar-Jona. Aunque quizás me conozcas como San Pedro. El Guardián de las Puertas.

— ¿El de “…Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia…”? ¿Ese Simón Pedro?

— Eh… Sí, ese mismo.

— ¿Y me habéis hecho pasar por todo ese rollo? ¿Para qué…?

Andrés está a punto de decir “…para qué cojones…” pero se reprime en el último segundo porque, en su desconcierto, prefiere no cagarla.

Perdón, no meter la pata.

— Claro, es que esto no os lo han contado en la Tierra. Verás, es que lo del juicio a cada alma costaba un montón de tiempo, y se nos colaba cada uno que… Con decirte que todavía no sabemos que hacer con Torquemada, Savonarola… Y lo que nos costará decidir sobre Maquiavelo, ¡buf! Así que para los más modernos decidimos utilizar simulaciones.

— ¿Simulaciones?

— Si, claro, por las tentaciones. Ya sabes, algo de violencia, gula, lujuria… Pero según el informe del arcángel Mika-El – hace un gesto vago en dirección al tipo de la puerta – te sobrepusiste a las tentaciones con esfuerzo, que es justo lo que más valoramos. Porque claro, que alguien inapetente renuncie a la comida no tiene mérito, ni un impotente al sexo.

— ¿Entonces…?

— Nada, nada, tú firma aquí y el ángel te acompañará a tus aposentos celestiales.

El anciano, Simón Pedro según él mismo, señala un pequeño recuadro iluminado del escritorio. Andrés busca con la mirada un lápiz o bolígrafo.

— ¡Pon el dedo pulgar, alma!

Andrés ve por el rabillo del ojo a otro tipo tan estirado y caga-mármoles como el tal Mika-El que le señala con la barbilla el cuadrado con tono innegablemente irritado.

Andrés pone el dedo gordo, la lucecita se apaga y sale lo que parece un trozo de luz por una rendija. El anciano lo toma, y se lo pega sobre el dorso de la mano. Andrés lo mira, y al hacerlo se ilumina, mostrando lo que sin duda es la fecha de ayer y una serie de números y letras.

— Bienvenido a la eternidad, Andrés. Nos vemos.

— Este… Lo mismo digo, Santidad.

En la faz del anciano se dibuja una sonrisa divertida. Lo despide con la mano.

Andrés se levanta y sale al pasillo donde ya lo espera el que han dicho que es un ángel. O sea, el caga-mármol de antes.

— Mi nombre es Manu-El, y seré tu guía hasta que ingreses en el paraíso.

— ¿Manuel? Vaya, por fin un nombre normal. Oye, Manuel, ¿esa puerta roja…?

— El infierno.

— Vaya por Dios.

— No, Dios está por el otro lado. Sígueme.

— ¿Vamos a mi aposento?

— Primero pasaremos por el departamento de mantenimiento para que dejen una interfaz corporal sin dolores. Después te mostraré tus aposentos en la Residencia de las Almas.

— Vaya, eso suena bien. ¿Y allí hay diversiones?

— Claro. Festivales de canto gregoriano, misas 24×7, atención a ruegos de los fieles vivos, esas cosas.

— ¿No hay festivales de rock, ni deportes? ¿bailes? ¿Hay porno, por lo menos?

Manu-El se gira con un levísimo escorzo de sonrisa.

— Si querías eso, haberte comido y follado a Barkai.

El ángel sigue caminando.

— Aunque en otro orden.

Si no fuese porque de todos es sabido que los ángeles son seres muy serios y sin sentido del humor, Andrés juraría que iba riendo.


Si os ha gustado el cuento, por favor indicadlo en los comentarios.

Hasta pronto.


2 comentarios sobre “El viaje de Andrés (5 y final): las puertas del cielo.

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  1. Me ha gustado el cuento por la originalidad del autor para ir construyéndolo en base a comentarios de los lectores. También por su habilidad para fabricar una historia tierra-cielo, cuerpo-alma, finito-infinito que me ha parecido muy divertida.

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