Unas palabras en favor de 2020

La conclusión más generalizada de este fin de año es que 2020 ha sido como una mierda pinchada de un palo (expresión que nunca he comprendido, por otra parte). Consecuentemente, 2021 lo tendría fácil, y allí nos las prometemos todos muy felices tan pronto la población haya sido vacunada a troche y moche. O sea, ya casi en 2022.

Quizás sea por la mirada larga que aporta la edad, o por mi afición a la Historia, o más probablemente por esa mala leche de la que nací, pero yo más bien diría que se ha cumplido la maldición china (que, como casi siempre, no lo es) y hemos vivido un año interesante. Un año que será estudiado por generaciones futuras de epidemiólogos, ecólogos, sociólogos, y otros muchos cotillas titulados.

Dicho de otra forma, y con vuestro permiso, me gustaría decir unas palabras en favor de 2020, que también ha tenido sus cosas positivas.


Insisto. Ya que nos ha tocado vivir un año interesante, interesémonos.

Sin duda al citar 2020 lo primero que viene a la mente hasta llenarla por completo es la pandemia de SARS-COV2. Y eso lo vemos como algo intrínsecamente malo. No seré yo quien diga lo contrario, pero también me gustaría recalcar que una pandemia en el mundo occidental era algo, también, inevitable. ¿Porque lo dijera Bill Gates? No, o no solo, sino porque lo decían los estudiosos del tema, incluida la Organización Mundial de la Salud, lo anunciaban los ecologistas, lo predecía la estadística, y lo garantizaba la Historia. También podemos asegurar que si nada cambia en la evolución de nuestra sociedad, vendrán epidemias peores. Pero de todo esto ya se ha hablado ya con profusión, no voy a insistir en el tema, estoy más interesado en la perspectiva evolutiva.

En el aspecto social y cívico, ya puedo insistir, y lo dije en un audio anterior, que hemos mejorado poco, por no decir casi nada. Si en 1918 los científicos se desgañitaban reclamando distanciamiento social, reducción de la movilidad, permanecer en casa con buena ventilación, etc, les hicimos tan poco caso como ahora, un siglo después. Y no solo en el solar patrio de las Españas, también en el lugar de origen de la epidemia del 18, los EEUU de américa, dónde se organizaron desfiles para recaudar fondos de guerra, e incluso se fundó una sociedad anti-máscara para combatir a las autoridades. Y eso que Trump no existía todavía. Mientras tanto, aquí seguíamos con las fiestas patronales – los botellones de la época – y las misas multitudinarias. Un siglo después, hemos cambiado celebraciones patronales por botellones y misas por fiestas salvajes, pero el nivel de racionalidad comunitaria ha sido, pizcas pajas, el mismo: penoso.

Sin embargo, hay áreas dónde podemos constatar que sí se ha producido una mejora, por difícil de creer que resulte en tiempos de confrontamiento (por ahora solo dialéctico, y que dure): en la gestión política y sanitaria.

Hablemos de datos de difícil discusión, como son los fallecimientos. Entre 1918 y 1919 se calcula que los fallecimientos superaron los 250.000 muertos para una población en España de aproximadamente la mitad de la actual. Dicho de otra forma, si la gestión sanitaria se hubiese limitado a perseguir la inmunidad de grupo como algunos crédulos liberales proponían – y aún proponen irredentos, aunque ahora le llamen salvar la economía – para esta pasada primavera, sin existir todavía el freno de vacunas o tratamientos, deberíamos alcanzar en España como mínimo unos 350.000 muertos [1] en primavera de 2021. No estoy diciendo que los aproximadamente 71.000 fallecidos por razones directas o indirectas que estima el Instituto Carlos III en su informe de Mortalidad sean pocos, ni muchos menos. 71.000 tragedias son una enormidad, solo vividas antes en tiempos de guerra… o de las muchas epidemias que nos asolaron en el pasado.

Lo que pretendo resaltar es que, incluso estando el sistema de salud desarmado frente a la enfermedad, la lucha de los sanitarios a manos casi vacías ha reducido los fallecimientos a una quinta parte de lo esperado. Interesémonos en ello, porque es un logro como para aplaudir con las orejas. A ellos y ellas, profesionales de la sanidad, pero también a los políticos y gestores que hicieron algo bien, que también los hubo, y los hay.

Un enfermero describe con sus fotografías la batalla contra el coronavirus  en un hospital de Italia - Infobae

Y ya que hablamos de muertes, parece que no habremos de contar esta vez con los fallecimientos sociales, y eso es otro éxito. Me explico. Durante una epidemia se producen muertas directas en las que la persona fallece claramente por la infección; las causas de fallecimiento ambiguas cuando no está claro si el contagio es una causa directa, o simplemente ha acelerado un desenlace que ya cabía esperar por dolencias previas; las defunciones indirectas al bloquear el acceso a la sanidad a enfermos de otras patologías que podrían haberse salvado en tiempos normales. Pero a principios del siglo XX había que sumar otra causa, la social. Me explico: si un niño queda huérfano por la epidemia y fallece posteriormente de hambre o de enfermedades asociadas a la desnutrición, ¿es la epidemia quien lo ha matado, o es la sociedad la que lo ha dejado morir?

¿Verdad que este concepto de muerte social repugna a nuestra mente cívica del siglo XXI? Exacto, pero no hemos estado tan lejos de llegar a ello. La sociedad ha dado un giro, veremos si duradero, desde la tendencia ultraliberal que dominó en crisis anteriores, y ahora hemos visto a los gobiernos de casi todos los estilos optar por fórmulas que parecían cosa del pasado. Incluso la Unión Europea, la fría y despiadada madrastra del norte, parece haber resucitado a Keynes. En España, ¿cuándo se había visto a un gobierno proporcionar soporte, por limitado que fuera, a trabajadores autónomos? O, ya puestos, a trabajadores a secas [2].

Puestos a darnos cuenta del punto de inflexión histórico que estamos viviendo, la vacuna del VIH aún no está disponible décadas después de la aparición de la enfermedad, la de la gripe no apareció hasta los años 40, veinte tras la tragedia de 1918-1920, otros medicamentos se niegan a los enfermos por su alto precio (pongamos que estoy pensando en la Hepatitis C, por ejemplo), … En cambio, esta vez el mundo occidental ha sido capaz de generar varias vacunas eficientes, seguras y asequibles – al menos, para los países occidentales – en menos de un año. Un logro que explica lo que somos capaces de conseguir cuando a) dejamos trabajar a los científicos, b) se define globalmente la salud como un objetivo común, y c) se riega abundantemente todo ello con financiación suficiente.

Y mientras los ciudadanos de países occidentales (o sea, nosotros y nuestros conciudadanos) mirábamos a los ojos con incredulidad al único virus que había osado asaltar nuestras sociedades en casi un siglo, en África tenían sus razones para congratularse en 2020: aparecía medicación para la plaga endémica del VIH destinada a mujeres y bebés, se conseguía acabar con el segundo mayor brote de ébola hasta la fecha en la República Democrática del Congo tras dos años de lucha, el continente se declaraba libre del virus de la polio existente de forma natural…

Cambiando la perspectiva, no han sido menos interesantes las tragicómicas elecciones norteamericanas, con el presidente saliente negándose a salir, o tratando de impedir que el entrante entrase, que tanto da. Hemos aprendido gracias a este proceso que incluso los bulos más absurdos pueden llegar a cuajar en la población si se dan las condiciones de credulidad suficientes. Claro, que hace ya casi cinco siglos que un tal Maquiavelo afirmaba que “…los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.” Súmale tecnologías de comunicación que llevan directamente el mensaje a aquellas neuronas deseosas de aceptarlo y redifundirlo, y ya tenemos un contexto de divulgación de majaderías intencionadas que hubiese provocado el orgasmo filosófico del bueno de don Nicolás.

Tal vez, estamos a las puertas de un orden mundial pospandemia (II)

Pero elevemos la mirada: ¿os habéis dado cuenta del cambio en los pesos geoestratégicos de la comunidad internacional? EEUU está recluido en su rincón jugando a ser un dragón dormido, mientras que China ha conseguido salir de la pandemia que se originó en su territorio con una imagen mejorada de cooperación, capacidad productiva, e incluso de generosidad. Y sigue trabajando en ello[3], diciendo el gobierno de Pekín, por decir algo, que se adhiere – con matices y sin prisas, eh, que a qué viene tanto correr – a los esfuerzos para luchar contra el cambio climático. Mientras, el oso ruso se despereza mientras decide dónde afilar próximamente sus zarpas, aunque ahora Putin ya tiene menos prisa tras la gran reforma de la constitución rusa que lo perpetúa en el poder hasta 2036, cuando tendrá 84 años.

Miguel Ángel Rodríguez (MAR), el hombre que susurra a la presidenta Ayuso y  la envalentona

A nivel algo más doméstico, he asistido con gran interés al duelo intencionado que la Comunidad de Madrid ha sostenido con el Gobierno de España tomando a la ciudadanía como rehén. Ha sido enormemente instructivo comprobar cómo la demagogia revestida con los oropeles del cargo electo logra su recompensa en forma de ganancia electoral en esa Comunidad tan poco Común. Será cierto aquello de que cuando un (o una) idiota llega al poder, quienes lo (la) eligieron pueden darse por bien representados [4]. Quizás, sospecho, complementando todo ello con una cierta disonancia cognitiva, como diría el dicharachero de Festinger: si yo – entiéndase este “yo” como metafórico, no soy sospechoso de votar en Madrid – he votado a una candidatura, esa persona tiene que ser competente porque yo la he votado, porque yo no votaría a una estúpida ambiciosa e ignorante, por tanto si las evidencias dicen lo contrario, será que las evidencias son falsas. ¿Retorcido? Pues haceos a la idea porque así funcionan los mecanismos que protegen el amor propio del votante tradicional (o sea, ni volátil, ni coyuntural, esa gente formal que siempre vota a los mismos).

Por último, si entre los lectores de este articulillo se encuentra algún ecologista optimista (valga la redundancia), mencionaré que gracias al parón económico propiciado por la pandemia se ha reducido sobremanera la contaminación, y el déficit ecológico seguirá estando ahí, pero se retrasará unas tres semanas. No es la panacea, pero si se mantuviese unos años podría significar un gran paso hacia una sociedad más sostenible.

Political tensions in Russian-German trade | Europe| News and current  affairs from around the continent | DW | 20.06.2013

¿En serio? En cuanto se levanten las restricciones vamos a consumir combustible fósil como si no hubiese un mañana (cosa que probablemente sea cierta en un par de décadas) y dejaremos la Tierra como unos zorros. Así que sobre este punto, voy a pasar de puntillas.


Dicho todo esto, y viendo llegar la tercera ola de COVID-19 no me atrevo a desear un feliz 2021. Y más después de haber comprobado la fragilidad de la vida en mis carnes. En cambio, os recomiendo disfrutar con el estribillo de esta tontá. Cantarlo a voz en grito alivia un montón. ¿Por qué? Pues porque 2020 habrá sido interesante, pero vivirlo ha sido como una mierda.

¡Vaffanculo 2020!



[1] Aproximadamente, calculando un 1% de letalidad sobre el 70% de la población que requiere infectarse para producir la inmunidad de rebaño.

[2] Sí, vale, la ayuda social ha sido ampliamente insuficiente, pero el simple hecho de llevar algunas medidas de protección social al BOE es digno de aplauso. ¿O acaso esperabais una revolución en España? ¿En serio?

[3] En la imagen, porque ningún sistema mejor que una dictadura amoral para influir sobre esta imagen transmitida, que no otra cosa es el sistema político chino. Que se lo pregunten a Zhang y a muchos blogueros, sin ir más lejos.

[4] Brinkerhoff Torelly (1895-1971), escritor y periodista brasileño. Por favor, dejen de atribuirle la frasecita al pobre Ghandi.

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