El caso de estudio: 1. El alta

Hoy inicio una nueva historia, que tan bien podría acabar siendo uno de esos cuentos que finiquitan en tres o cuatro semanas, como una futura novela. Quién sabe, porque eso también depende de quienes leen el relato, de sus destinatarios.

Espero que os divierta.


W entorna los ojos al atravesar la puerta del hospital. El aire frío le golpea el rostro y las manos, se cuela bajo la escasa ropa.

Se detiene, trata de orientarse. Busca con la mirada a alguien conocido, pero no ve ningún rostro que le suene. O le suenan todos, que es otra forma de verlo, pero que lleva al mismo sitio: está solo.

Le llaman la atención las mascarillas multicolores que aún llevan unas jóvenes, pero parecen más un detalle coqueto que una protección. Claro, que si son mujeres jóvenes es poco probable que él las conozca, y aún menos que vayan a interesarse por ayudarlo, de modo que no les dedica más tiempo.

Llega a su nariz el humo de varias personas que hablan por el móvil mientras fuman. Una punzada de deseo lo recorre, pero la descarta. Solo faltaría que tras casi dos años ingresado, buena parte de ese tiempo en coma, recuperase ahora su vieja adicción.

Saca del bolsillo del pantalón su documento de identidad por enésima vez: Víctor-Venancio Vargas de la Vega. Por orden alfabético, una vida al final de cualquier cola.

El domicilio, en calle del Recorte, 99. No consta que él tuviese teléfono móvil, y eso descarta cualquier posibilidad de guía GPS, pero le han dejado consultar en el ordenador de la sala de guardia de la planta. No está lejos, media hora a lo sumo, incluso con la marcha lenta impuesta por sus debilitados músculos y su amortiguado ritmo cardíaco.

Echa otro vistazo alrededor, tratando de encontrar una excusa para quedarse dónde está, o incluso dar media vuelta y refugiarse en el hospital, pero no la encuentra. Se encoge de hombros en un gesto que repetirá a menudo en los próximos días, e inicia dubitativo su caminar hacia la calle circundante.

Calza unos zuecos hospitalarios que le han prestado. Los calcetines, pantalón de chándal y camiseta son los que vestía cuando lo dejaron en urgencias, allá por la primavera de 2020. Algo ayuda la sudadera que le ha regalado un auxiliar, pero no basta para protegerlo del viento mesetario, frío y cortante, de febrero.

Camina despacio, sintiendo los músculos de las piernas flojos, como faltos de tensión. Las manos metidas en el bolsillo ventral de la sudadera sujetan con fuerza su más preciada posesión: el documento de identidad. El único objeto que demuestra que existe y tiene personalidad física y jurídica. O como se diga.

En una bolsa de plástico, cuidadosamente protegidos, guarda también algunos papeles que le han entregado. Como cabía esperar, incluye el informe de alta hospitalaria, y otro formulario, algo que no ha comprendido muy bien qué era, pero que le han advertido insistentemente que le conviene conservar.

En el bolsillo del pantalón de chándal, cerrado con cremallera, las casi cinco mil pesetas que ha recogido el personal sanitario para él.

Aún no ha caminado ni cinco minutos – aproximadamente, porque tampoco tiene reloj – cuando nota algo extraño en la gente con la que se cruza. La actitud de los paseantes está lejos del habitual curioseo amable de los desconocidos que se cruzan en las pequeñas capitales de provincia. Esa mirada que contacta con la propia durante un instante, como sin querer, con un pequeño gesto entre amistoso y descarado.

No. Las miradas se hurtan, y quienes no tienen más remedio que cruzarse en su trayectoria bajan la vista y se separan de su camino para evitar la posibilidad de cualquier contacto casual.

Pasa por delante de un escaparate vacío. Una librería por lo que indica el rótulo del negocio, aunque no se exponga a la vista ni un solo volumen. El caso es que ya le vale para contemplar su reflejo. Una imagen que es la esperada, nada sorprendente. Un hombre en la treintena, ni joven ni viejo, con el pelo oscuro despeinado, barba rala, delgado, de hombros caídos, ni alto ni bajo. Por más que observa no consigue ver qué puede haber de repelente en esa imagen. Tampoco de atractivo, todo hay que decirlo.

Un par de muchachas que pasan por detrás de él no puede reprimir su curiosidad y, aprovechando que parece distraído, se detiene para buscar su rostro en el cristal. Cuando sus miradas se cruzan con la suya, salen corriendo a toda la velocidad de sus jóvenes piernas mientras ríen por lo bajo.

Se encoge de hombros, en lo que ya es un gesto repetido, casi un tic, y reemprende el camino.

Empieza a sentir calor pese a la baja temperatura. Se lo han advertido, está muy débil y tendrá que descansar con frecuencia. Busca con la mirada un banco público. Vamos, tiene que haber alguno, en su ciudad hay lugares para sentarse en todas las aceras que lo permiten por su anchura. Es una ciudad pensada para los viandantes. Tiene que estar. Pero no está. Fija la mirada allá donde debería encontrarse, y detecta cuatro muñones de mobiliario urbano que han sido cortados a unos pocos centímetros del suelo. Los han quitado, al menos en esta calle. Ya no hay bancos en los que reposar el cuerpo, pero los dioses saben que lo necesita…


Como siempre en este blog, ya sabéis que serán bien recibidas vuestras sugerencias sobre la dirección que pueda tomar la trama en futuros capítulos, aunque no garantice que sean tenidas en cuenta.

2 comentarios sobre “El caso de estudio: 1. El alta

  1. Extraña que nadie le acompañe en la salida del hospital y que tampoco se halla podido contrastar que el alta ha podido ser precipitada. En la salida de W no se ha percatado que alguien le esta observando y le sigue.

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    1. Paco, parte de lo que planteas se irá resolviendo con el tiempo. En cuanto al apunte sobre sobre el alta prematura, piensa que ha pasado mucho tiempo en coma y eso deja el cuerpo muy hecho polvo, pero el hospital no se va a hacer cargo.
      A menos que seas muy rico o tengas mucho poder, naturalmente.

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