El caso de estudio: 2. Los pomos

Seguimos con la historia de W, que se inició la semana pasada. Hoy descubrirá el protagonista que algo extraño ha ocurrido durante su ingreso en el hospital, y que la sociedad en la que se está sumergiendo no es la que recuerda.

¿Qué habrá ocurrido? Aún no lo sabemos, incluido el autor, – o sea, yo – de modo que cualquier cosa es todavía posible.


…Ya no hay bancos en los que reposar el cuerpo, pero los dioses saben que lo necesita…

Tiene que descansar. Se deja caer sobre un bolardo. La cosa no resulta, es difícil relajarse mientras el ano se tensa entre el peso del cuerpo por arriba, y la presión de la bola de hierro por debajo. Se mueve unos centímetros para quedar apoyado sobre una nalga. Sigue siendo terriblemente incómodo. Cambia de lugar y apoya la espalda contra una pared. No es lo ideal, pero al menos nota como sus pulsaciones van bajando poco a poco y el sudor naciente se enfría.

Aprovecha para mirar a su alrededor. No hay cambios en el comportamiento de la gente que deambula: todos esconden la mirada y se desvían unos de otros.

Levanta la vista hacia los balcones y ventanas. Su ciudad siempre tuvo un cierto tufillo nacionalista y conservador, pero nunca había vito tal profusión de banderas patrias, pequeñas en las ventanas, grandes en los balcones, desproporcionadas en las azoteas.

Baja la mirada al nivel de calle. En frente de él, justo al otro lado de la calzada, una mujer fuma en la puerta de un establecimiento de electrodomésticos. Mientras la observa, ve que ella mira hacia un lado, se sobresalta, tira el cigarrillo apenas encendido y entra con decisión en su local cerrando la puerta a su paso. Él gira la cabeza en la misma dirección.

La gente va abriendo paso a un hombre y una mujer, vestidos con las versiones masculina y femenina de un extraño uniforme de color gris. No son ropas militares, pero destacan precisamente por su aspecto insustancial, anodino. Un abrigo gris sobre un traje gris – con falda larga sobre gruesas medias grises el de ella – cubriendo camisas y corbatas grises. Todo en distintos tonos del mismo color, incluidos los zapatos y el sombrero. Porque llevan un sombrero con la única nota de color de la vestimenta: una cinta con los colores de la bandera.

Todavía no lo han visto, y siente el irresistible impulso de no ser detectado. A su lado se abre una puerta por la que sale una mujer forcejeando con un carrito de la compra. Él finge ayudarla, para aprovechar la ocasión e infiltrarse por la rendija que deja el portón al cerrarse. Espera en el interior del portal, pegado a la pared, en la sombra.

Escucha unos pasos por la escalera. Es un joven que lo mira, desconfiado en un primer momento. Se acerca a la puerta. Echa una mirada a través de la verja acristalada, sin abrir.

— Pomos.

No dice nada más. Se pega a la pared al lado de W, y espera. Cuando la pareja gris se ha alejado, el joven abre la puerta y sale en dirección contraria a la trayectoria de los uniformados. W sale detrás de él, aunque su camino coincide con el de la pareja gris. Procura mantener la distancia, lo que resulta sencillo porque él no tiene fuerzas para ir más rápido, y ellos parecen pasear despreocupadamente . Pero a W no le engañan. Él sabe diferenciar un paseo de una patrulla. Esa gente está patrullando. Una pregunta es qué vigilan, y para qué.

De momento los sigue respetuosamente. Observa el comportamiento de los viandantes. La mayoría se aparta ostensiblemente, bajando la mirada con respeto, o incluso temor. Pero otros vecinos saludan a la pareja gris con orgullo, e incluso se acercan a dar la mano. Muchos de estos últimos son mayores, pero también hay bastantes jóvenes.

¿Pomos?

Al menos su función se explicita en parte cuando un grupo de muchachas adolescentes doblan alegremente una esquina como bandada de polluelos y tropieza con ellos.  Los Pomos, signifique lo que signifique, sacan y despliegan en un movimiento ágil y practicado unas porras extensibles. La última de las chicas consigue huir, pero el resto acaba de rodillas en el suelo, con la cara pegada a la pared y las manos atadas a la espalda con bridas. La Poma – o sea, la Pomo mujer, si es que esto tiene sentido – está llamando por un teléfono móvil. W siente que le convendría alejarse de allí cuanto antes, pero le puede la curiosidad. Medio camuflado en un portal, observa lo que ocurre en el reflejo de un escaparate vacío, al otro lado de la calle.

Un matrimonio mayor se ha detenido. Él fuma, incómodo, dos pasos hacia atrás, como queriendo poner distancia con la escena. Ella habla con la Poma y gesticula en la dirección de la chica que ha escapado. Le llegan retazos de conversación, apenas lo suficiente para deducir que la vecina está denunciando a la fugitiva, no se sabe de qué.

Se detiene allí mismo una furgoneta, también gris y sin distintivos. Se abren las puertas traseras, las muchachas son obligadas a subir y el vehículo parte. La gente gris reanuda su patrullar.

W decide que ya ha visto suficiente. Ralentiza la marcha y deja que los Pomos tomen ventaja.


Como siempre en este blog, ya sabéis que serán bien recibidas vuestras sugerencias sobre la dirección que pueda tomar la trama en futuros capítulos, aunque no garantice que sean tenidas en cuenta.

Un comentario sobre “El caso de estudio: 2. Los pomos

  1. W tiene la dicha ante su desamparo de encontrar una buena amiga de la universidad, la situación es mas fácil piensa el.
    Barbara se licencio en grado de periodismo, animalista y amante de las artes plásticas.
    O se encuentra con un viejo conocido de su periodo del a cárcel, que ademas le reclamaun dinero.

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