El caso de estudio: 3. Ex-casa

Seguimos con la historia de W, que inicié a finales de enero. Hoy descubrirá el protagonista que cuando vas al hospital, puedes perder tu casa. O eso, o esa casa nunca ha sido tuya, que también pudiera ser.


…W decide que ya ha visto suficiente. Ralentiza la marcha y deja que los Pomos tomen ventaja. Poco después, al llegar a la plaza Alberto Mateos, la patrulla se desvía hacia el centro comercial. Él sigue por la calle Santa Quiteria.

Nada cambia, la gente pasa veloz a su lado, sin mirarlo. Tampoco encuentra ningún banco. No hay dónde descansar, y él está cansado, muy cansado.

Se lo han explicado. Su corazón es débil, así que le han administrado un medicamento que ralentiza artificialmente su frecuencia cardíaca. El problema que lleva aparejado es que el órgano no responde a la necesidad y siempre va más lento de lo que toca, proporcionando menos energía de la que le permitiría moverse con comodidad. El resultado es que vivirá más tiempo, pero sobre todo que se le hará mucho más largo, porque llegará al final de su vida caminando muy despacio.

Sea como fuere, el caso es que él necesita descansar, y no hay bancos donde sentarse. Tampoco bares abiertos, lo que no importa porque no se atrevería a gastar el poco dinero que lleva.

Le han dicho que 5.000 pesetas equivalen a unos treinta euros, la moneda que estaba en curso cuando ingresó en el hospital. Pero lo que realmente le ha llamado la atención es que nadie ha querido explicarle por qué han vuelto a la vieja peseta. Cada vez que ha preguntado en el hospital, la gente salía por peteneras, o de repente se acordaba de algo urgente que debía resolver en otro lugar. Preguntas sin respuesta, esa ha sido la tónica de la última semana.

Al diablo, se está mareando, no puede más. Apoya la espalda en la pared y se deja resbalar hasta quedar sentado en el suelo. Su último pensamiento cuando el culo toca la acera es rogar para no tener que pedir ayuda cuando le toque levantarse. Se concentra en el siguiente esfuerzo, llevar aire a sus pulmones debilitados por dos décadas como fumador (de tabaco), afectados por la operación, y seriamente dañados por la posterior infección. Cierra los ojos y deja que el tímido sol invernal le caliente el rostro mientras el aire entra y sale rápidamente de su pecho, abriendo surcos ardientes al pasar, pese a la baja temperatura.

— ¡Levántese, por Dios! ¿Está loco?

El golpe en el pie le hace abrir los ojos, sobresaltado. Delante de él hay un hombre de unos sesenta años, que mira a un lado y otro con aprensión.

— Venga, levántese de una vez antes de que lleguen los Pomos.

W tiende la mano hacia el hombre, que le ayuda a incorporarse y luego se aleja, nervioso.

— ¡Oiga! ¡Espere!

El hombre no frena, ni se gira.

W prueba a seguir andando. Puede. Esos pocos minutos le han servido para recuperar algunas fuerzas. Ahora ya se ve capaz de llegar a la plaza Carretas.

Tarda algo así como el triple de lo que hubiese requerido en el pasado, y nota de nuevo que el sudor se desliza por su torso pese al frío. Pero al llegar a la plaza obtiene su recompensa: una fuente de la que, milagro mediante, mana agua, y unos bancos donde sentarse enfrente del parque infantil.

Pese a que ya casi ha llegado a la dirección que figura en su carnet de identidad, no puede resistirse a apoyar su cuerpo sobre las tiras de madera del banco. Estira las piernas, tensa y destensa los músculos doloridos, se esfuerza por regular la respiración, y sobre todo intenta ignorar los latidos que atruenan en sus oídos.

Tiene los ojos entornados, concentrado como está en su propia respiración. Por el rabillo del ojo izquierdo le parece ver un movimiento, como de alguien observándole. Abre los ojos, gira la cabeza, pero no hay nadie. En cualquier caso, la magia del momento ha pasado.

Con un suspiro, apoya las manos en las rodillas y se levanta trabajosamente. Se acerca de nuevo a la fuente y vuelve a beber unos sorbos de agua, asombrado todavía de comprobar que funciona. Se endereza y arranca a caminar rodeando el mercado para luego girar a la derecha, y ahí mismo está la casa. Calle del Recorte, 4.

Es una casa vieja, metida en un recodo de la calle principal, con la fachada pintada de un rosa descascarillado. Llega ante la puerta y trata de meter una de las dos llaves en la cerradura, sin éxito. Va a probar con la otra cuando la puerta se abre, una mano se alarga hasta cogerlo del cuello y meterlo adentro de un tirón.

— ¿Tú quién eres, hijoputa?

El individuo que lo tiene sujeto por el cuello y apoyado contra la pared es algo más bajo que él, pero es de esos tipos difíciles de rodear, más anchos que altos. La mano que no está en su cuello cuelga del brazo derecho, más amenazadora que si estuviese cerrada en un puño porque parece estar ahí solo de reserva, como si ni siquiera fuera a ser necesaria.

— Yo vivo aquí…

Susurra W, tratando de recobrar el resuello.

— No, tío. Cometes un error gramatical. No sé si tú vivías aquí, o has vivido aquí, o incluso hubieres vivido aquí, pero desde luego no vives aquí porque en esta casa vive mi familia, y tú no eres de mi familia. ¿Está claro, hijoputa?

Por encima del hombro del propietario de la mano que aprieta su pescuezo ve a una mujer, de calibre parecido al hombre – aunque algo menos barbada – que lo mira desde el ventanuco que da a la cocina con la misma compasión con la que una araña miraría la mosca que otro arácnido se va a merendar.

— Échalo Paco y no te enrolles, que desde que vas a la escuela nocturna hablas demasiado.

— Tienes razón María, pero es que si le tengo que meter cuatro hostias al pringado este, que sea con educación. ¿Te has enterado, hijoputa?

— Sí, sí, si me suelta ya me voy…

— No hombre, no, si no me cuesta nada acompañarte, no fueras, o fueses, a perderte por el camino… Tan pronto se cierra la puerta a sus espaldas, W se deja caer sobre la pared tratando de recuperar el aliento. Lo justo para ser capaz de caminar hasta el último sitio en el que dispuso de suficiente aire, agua y reposo: el parquecillo infantil de la Plaza Carretas.


Como siempre en este blog, ya sabéis que serán bien recibidas vuestras sugerencias sobre la dirección que pueda tomar la trama en futuros capítulos, aunque no garantice que sean tenidas en cuenta.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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