El caso de estudio: 4. Policías de la Moral.

Seguimos con la historia de Víctor-Venancio, que inicié a finales de enero. Hoy sabremos qué son los Pomos, y algo de lo que le ha ocurrido a W.


…W se deja caer sobre la pared tratando de recuperar el aliento. Lo justo para ser capaz de caminar hasta el último sitio en el que dispuso de suficiente aire, agua y reposo: el parquecillo infantil de la Plaza Carretas.

W – o sea, Víctor-Venancio – se sienta de nuevo en el banco, en el mismo sitio en el que estuvo antes de ser agredido por el tipo que vive en la que suponía su casa. Al menos, él lo dedujo porque eso decía su documento de identidad, no porque lo recuerde.

De hecho, recuerda más bien pocas cosas con seguridad, y casi ninguna relacionada con su vida anterior al ingreso en el hospital. El doctor Vilanova se lo había explicado: no saben cuantos minutos estuvo sin riego sanguíneo al cerebro antes de que lo recogiese la ambulancia cuando sufrió la disección aórtica de tipo A, y eso de seguro lo afectó, aunque en una medida desconocida. Lo que es otra forma de decir que no tienen ni idea de cuánto tiempo estuvo muerto antes de que consiguiesen operarle, ni de cuan frito quedó su cerebro.

Tiene guasa eso de la disección aórtica. Suena a casi nada, pero es habitualmente mortal para toda la eternidad, y no solo temporalmente como fue su caso. Por lo que le contaron, llegó al hospital, si no vivo al menos resucitable, por una concatenación de circunstancias sumamente improbables si tomamos cada una de ellas por separado: que cuando se desmayó en la calle pasara justo por ahí una médica internista que había acabado su turno y volvía a casa, que una UCI móvil estuviese estacionada a dos manzanas de allí, que un mini-trombo taponase momentáneamente el agujero en la aorta conteniendo la hemorragia, …

Claro, que ahí se le acabó la fortuna porque la UCI estaba saturada con infectados por SARS-COV2. Acabó contagiándose, como no, lo que lo llevó a punto de cambiar una muerte rápida por otra más lenta. En total, casi un año entrando y saliendo de la UCI, porque cuando empezaba a recuperarse de la primera infección su cuerpo decidió generar una mutación propia del virus bautizada como variante vitorina por los médicos que lo atendieron – y simplemente cepa española por el resto del universo – mucho más agresiva, lo que terminó por producirle otros problemas cardíacos…

En fin, que a estas alturas recuerda vagamente un rostro femenino anónimo, que presume debe ser de su pareja porque en su memoria le está dando un beso en los labios, pero absolutamente nada de su profesión o domicilio. Sin embargo, tiene que ponerlo en duda porque no ha tenido visitas, ni dejaron un teléfono de contacto para él. O quizás sí ha tenido visitas, pero no las dejaron pasar.

En resumen, una gran confusión.

El calorcillo que le llega al rostro lo está adormeciendo. Le parece detectar una presencia a su derecha. Entreabre ese ojo y mira, pero solo ve una sombra que se desplaza rápidamente. Abre bien ambos ojos y se incorpora para mirar a su espalda, pero no hay nadie. Ni humano, ni animal. Ya es la segunda vez que le ocurre. Empieza a sospechar que su cerebro le podría estar gastando una broma de mal gusto. Pero ya se preocupará por eso, ahora está demasiado a gusto allí sentado para dedicarle esfuerzos al tema. Cierra de nuevo los ojos y se deja llevar por el sopor…

— Ciudadano, ¡su documentación!

W abre los ojos de sopetón. Desde luego, por el tono autoritario de la exigencia, pero también por el doloroso golpe que ha recibido en el muslo. En frente de él ve a un hombre vestido de gris, aunque no es el mismo individuo que el Pomo que se encontró al salir del hospital. Un poco más atrás espera atenta una mujer con el mismo uniforme – ya no cabe duda de que lo es – sosteniendo otra porra extensible.

W extrae su documento nacional de identidad y lo tiende al hombre.

— ¿Calle del Recorte? Eso está aquí al lado. ¿Por qué no está en su casa o trabajando?

— Hoy mismo me han dado el alta médica…

W tiende el informe del hospital al Pomo, que valora su longitud, la entiende excesiva para su caletre, y se lo pasa a la Poma, que es más de letras. Ella le echa un rápido vistazo, y asiente, devolviéndolo a su compañero que insiste.

— Debería estar ya en su casa. ¿Qué hace aquí, tumbado como si fuera un vago? Da usted mala imagen, camarada.

— Es que alguien vive en mi casa y me ha echado.

— Eso no puede ser, ciudadano. En nuestra zona ya no se producen delitos.

— Acompáñenme, y lo verán ustedes mismos.

Interviene la Poma.

— Vamos, camarada, y si no es cierto lo detenemos por la Ley de Vagos, Maleantes y Otros Desviados.

— Como quieras, camarada. Vamos, vaya delante.

Otro golpecito de la porra en el muslo le transmite un mensaje evidente a W, que se levanta y se dirige hacia la que fue su casa. Cinco minutos más tarde está llamando a la puerta roja de la fachada rosa.

Abre Paco, enmarcando el rostro fiero en el umbral. Emite un mensaje de furia al reconocer a W, seguido de una imagen de desconcierto al ver a los Pomos, que finaliza con una amplia sonrisa más falsa que las monedas de 5,50.

— ¡Primo Víctor! Pasa hombre, pasa. Estás en tu casa.

El hombretón tira del brazo de W, tratando de meterlo en la vivienda, mientras su propietario se resiste y los Pomos observan la escena con desconfianza.

— Este ciudadano nos ha dicho que usted ha ocupado ilegalmente su casa y no le deja entrar.

— Lo tienen ustedes que disculpar, camaradas Policías de la Moral. Mi primo tiene problemillas, saben… Mucho tiempo sin riego en el cerebro.

Paco hace el gesto universal de atornillarse algo en la sien.

— ¿Tomaba drogas?

— No, no, es por su enfermedad, saben…

Interviene la Poma, que ahora sabemos que es una agente de Policía de la Moral.

— Eso ponía en el informe que le podía pasar, camarada.

— ¡Hum! Bien, pues lo dejamos, pero sepan que estaremos vigilantes.

— Como siempre están ustedes por el bien de la ciudadanía, agentes camaradas. – Endulza el pastel Paco.

— Bien, bien, que tengan buenos días. ¡Arriba España!

— ¡Muy arriba! – Responde Paco con entusiasmo.

Marchan los Pomos, Paco cierra la puerta, y Víctor corre a parapetarse detrás del sofá, protegiéndose la cabeza con los cojines que ha cogido al pasar.

Paco sacude la cabeza como lo haría un buey justo antes de embestir y va hacia él con los puños cerrados.


Como siempre en este blog, ya sabéis que serán bien recibidas vuestras sugerencias sobre la dirección que pueda tomar la trama en futuros capítulos, aunque no garantice que sean tenidas en cuenta.

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