El caso de estudio: 5. Protagonista.

Seguimos con la historia de Víctor-Venancio, que inicié a finales de enero. Hoy sabremos algo más , aunque no todo, lo que le ha ocurrido a W.


… Víctor corre a parapetarse detrás del sofá, protegiéndose la cabeza con los cojines que ha cogido al pasar. Paco sacude la cabeza como lo haría un buey justo antes de embestir y va hacia él con los puños cerrados.

Cuando W ya se ha convencido de que pronto regresará al hospital por una paliza – tampoco le vendría mal, allí estaba mucho mejor que en la calle – Paco se detiene, suspira con fuerza y se sienta en el sofá con las piernas muy abiertas para permitir el acomodo de su barriga. María los observa desde el ventanuco de la cocina con los brazos cruzados, sosteniendo las grandes tetas.

— No… ¿No me vas a pegar? – Pregunta W, sorprendido.

— Paco, ¿no le vas a sacudir? – Pregunta María, decepcionada.

— No. Después de echarte he caído en quién eres, y ya tienes bastante con lo tuyo para que encima te sacuda.

— ¿Que quién es ese tío, Paco? – Pregunta la mujer. – ¿Por qué no lo has echado todavía?

— María, te presento a Víctor-Venancio Vargas.

— No me jodas… ¿El tío canijo este? ¡Pero si no tiene ni media bofetá!

— En eso se ha quedao, María, en eso. Me ha dao hasta penica, fíjate tú.

— No es que quiera interrumpiros, pero parecéis conocerme, y yo no tengo ni idea de quienes sois. – Dice W, sin quitarse los cojines de la cabeza, por si acaso.

— Hombre, pues claro. Si has salido en todas las televisiones.

— Pues yo creo que este cabrón se está haciendo el tonto para quedarse aquí, y echarnos a nosotros en cuanto pueda. – Esta es María, que sigue desconfiando.

— No, no, si no me hago el tonto, es que he perdido la memoria y no recuerdo nada.

— Pues de dónde vivías bien que te acordabas, ¡hijoputa!

— María…

— Que no, señora, que yo he venido a la dirección que pone en el documento de identidad, pero en realidad ni siquiera estaba seguro de vivir aquí. Pero entonces… ¿esta era mi casa, o no?

— Sí hombre, sí. – Confirma Paco.

— Ni hablar, y te largas ya mismo, ¡cabrón! – Niega María.

W está cada vez más confundido por las contradicciones que recibe de la pareja, aunque le tranquiliza no haber recibido ningún golpe todavía, y que la actitud de Paco no augure un peligro a corto plazo. Decide arriesgarse a bajar los brazos, aunque se queda con los cojines en las manos. Un por si acaso, que eso nunca sobra.

Mira a Paco pidiendo auxilio. Paco a su vez mira a María, que se encoge de hombros y se interna en la casa siguiendo el sonido del llanto de un bebé.

— Mira Víctor-Venancio…

— Me llaman W, es más corto.

— Pues mira W… Oye, ¿de verdad que no te acuerdas de nada?

— Recuerdos sueltos, alguna imagen, pero ni idea de lo que pasó hasta que desperté en el hospital. Al menos, de que desperté la última vez.

— Claro, porque estuviste venga que venga para la UCI de los cojones. Lo sé. Lo sabemos yo y toda España.

— Cuéntamelo, por favor. Y dile a la señora, tu mujer, supongo, que no pretendo haceros daño. Solo quiero entender.

— Vale, yo te cuento lo que contaron las teles, ¿vale? Ni idea de si es cierto o no.

— Te lo agradezco, Paco, de verdad.

— Verás, dijeron que tú eras un profesor en un colegio, o un instituto, pero que te dio un apechusque al corazón que casi la espichas si no te llegan a llevar al hospital cagando leches. Allí la cagaron contigo y te salvaron del apechusque coronado pero te contagiaron la COVID, y lo llevaste mal, así que hiciste un COVID nuevo y se lo pegaste a todo quisque. Por lo que sea, las teles la tomaron contigo y te sacaban en todos los telediarios explicando que te estabas muriendo porque el ministro de sanidad, el catalán ese que acabó en la cheneralitat, era un inútil, …

— Sí, la verdad es que acabé más enganchá al telediario que a la telenovela. – María se suma a la conversación llevando un bebé en brazos, al que amamanta apoyada en el quicio de la puerta de comunicación. – Además, es que estabas tan bonico cuando sacaban las fotos tuyas de jovencico… Y cachas también estabas, no como ahora que pareces la radiografía de un silbido.

— Y que también te tomaron como excusa los partidos políticos para meter bulla, hasta que la gente salió a la calle reclamando que te liberasen, y tanto dieron por culo que terminó cayendo el gobierno. – Explica Paco. – Luego no entendí muy bien qué pasó, pero el rey nombró a un presidente que ni me sonaba de haberlo visto antes, los suyos empezaron repartir hostias a los partidos de izquierdas y los sindicatos, y en las elecciones ganaron porque los demás candidatos estaban acojonados.

— Y todo eso, ¿fue por mí?

— Pues sí.

— ¿Y por qué tenemos otra vez la peseta?

— Porque por tu culpa nos echaron del Euro, cabrón. – Lo acusa María.

— Bueno, por tu culpa, no, pero contigo de excusa, sí. – Puntualiza Paco. – Dijeron que no éramos lo bastante democráticos para tener el Euro, y que nos apañásemos con la peseta, y que no nos pusiéramos chulos que nos echaban también del Mercado Común.

— De la Unión Europea, quieres decir.

— De lo que sea, que Paco y yo no somos tan finolis. Nos dieron a elegir entre estar jodidos, muy jodidos, o jodidísimos por culo. – Remacha María.

— María, contente que no sabemos si el chiquillo se queda con esas palabrotas o no. – La reprende Paco.

— ¡Ca! ¿Verdad, usted, señor canijo con estudios?

— No sé, yo enseñaba historia, no tengo ni idea de niños.

Paco se levanta con esfuerzo.

— Bueno, mira, esta noche podrás dormir en el sofá, pero tienes que buscarte otra casa, que me pone muy nervioso ver por aquí a los Pomos.

— Pero todavía hay muchas cosas que no sé y que me podéis contar.

— Sí, vale, pero ahora te largas. Vuelve a la hora de la cena que nosotros vamos a comer, y luego echar la siesta.

— Es que no tengo donde comer…

— ¡Pues ayunas! – María no está por la labor de invitarlo.

— Vale, vale, ya me voy. Vuelvo a eso de las ocho.

— ¡Bien! Y si no te apetece volver, pues mejor.

— ¿Puedo pasar al baño antes?

María le señala el pasillo. Él se dirige hacia el baño, que encuentra a la primera. Eso le confirma que debe haber vivido allí… O no, y ha sido casualidad. Entra, aprovecha para vaciar sus depósitos de tierra, mar y aire. O sea, un servicio completo que deja la taza del retrete, anteriormente blanca, de un negro repugnante por culpa de las pastillas de hierro que ha estado tomando, y un ambiente maloliente.

Cuando sale, Paco se asoma. Olfatea, pero no huele demasiado mal para el ruido que se ha escuchado. Quiere mirar con sospecha al autor de la mascletá, pero este ya se ha apresurado en llegar a la puerta.

W sale de la casa. No sabe donde ir, pero el día acompaña así que se dirige hacia el parque Abelardo Sánchez. Allí puede hacer tiempo. Y si todo va mal, siempre puede intentar robarle la merienda a algún chiquillo.


Como siempre en este blog, ya sabéis que serán bien recibidas vuestras sugerencias sobre la dirección que pueda tomar la trama en futuros capítulos, aunque no garantice que sean tenidas en cuenta.

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