El caso de estudio: 6. Bárbara.

Seguimos con la historia de Víctor-Venancio, que inicié a finales de enero. Hoy se encontrará con alguien de su pasado, a quien, por supuesto, no recuerda.


… W sale de la casa. No sabe donde ir, pero el día acompaña así que se dirige hacia el parque Abelardo Sánchez. Allí puede hacer tiempo. Y si todo va mal, siempre puede intentar robarle la merienda a algún chiquillo.

La distancia desde la calle del Recorte hasta el parque no alcanza el kilómetro, pero a W le cuesta llegar unos veinte minutos. Por lo demás, sigue la tónica ya familiar de gente que le hurta la mirada, cuando no lo mira con sospecha, o incluso rencor. Tampoco encuentra bancos para sentarse, aunque es capaz de detectar sus muñones en las aceras.

Por fin alcanza la familiar arboleda del parque. Penetra en él y ¡aleluya! comprueba que a nadie – todavía – se le ha ocurrido quitar los bancos. Aunque sería difícil, porque todos parecen ocupados por personas que miran con inquietud en todas las direcciones, como si temiesen ser expulsados de allí de un momento a otro.

Cuando ya está cerca de la salida que da a la calle Ancha observa a un hombre y a su acompañante que se levantan de uno de los bancos que están al sol. Apenas ha tomado esa dirección, ve a un hombre mayor que camina con andador y que se esfuerza en llegar antes que él, y a una mujer muy embarazada que adelanta al viejo del andador con andares anadeantes, barriga en ristre. Él también acelera y consigue poner sus posaderas sobre el banco cuando el ombligo de la preñada está todavía a unos dos metros, aunque el trasero – que es lo que importa para sentarse – queda casi un metro más atrás. Ella mide con la vista el hueco que queda y decide que sus posaderas no caben en ese espacio.

— ¡Hijo de puta!

Aún no se ha retirado la insultante, cuando descubre que el vecino de banco lo está mirando con atención.

— Oiga, ¿usted no es…? Hostias, pues vaya si es Víctor-Venancio, el culpable de todo lo que nos está pasando.

W calla, él ha conseguido su espacio bancal al sol, y tiene que durarle hasta la hora de cenar, así que no piensa decir ni media palabra.

Otro de sus vecinos lo reconoce.

— Odo, pues yo creo que tiene usted razón, y el tipo ese es el genocida del Víctor-Venancio. ¡Que se largue!

— Y si no se larga, echadlo. – Tercia el vecino más alejado de W.

— Y una mierda, echadlo. Yo a ese tío no lo toco ni con un palo, que igual es contagioso todavía. – Niega el más cercano.

— Pues si él no se va, ¡me voy yo! – Afirma con fiereza el del medio mientras se levanta.

— ¡Y yo! – Se levanta también el más cercano.

El último que queda, lo está mirando. En los ojos se le notan las ganas de decir y hacer lo mismo, pero el cuerpo no lo acompaña. Mientras está decidiendo, la embarazada ya ha ocupado el espacio que han dejado los dos caballeros de henchida honorabilidad, y el viejo del andador – que por fin ha llegado resollando – ha conseguido acomodar el escuálido culo a su lado.

— Ya te vale, cabrito, competir con una preñada y un viejo. – Le dice ella.

— Lo siento, pero es que no tengo dónde ir hasta la noche. – Responde W.

— Ni yo. Así estamos muchos, pero si nos pillan los Pomos dentro de la ciudad nos detienen. Aquí, en el parque, al menos parece que solo tomamos el sol.

— Pero eso, ¿por qué?

— Por culpa de ese tal Víctor-Venancio con el que te han confundido esos. Lo cual ha sido una suerte, por cierto, porque gracias a eso me he podido sentar.

— Pero qué hice… ¿qué hizo ese Víctor-Venancio para que lo odien tanto?

— Joder tío, ¿no te has enterado? ¿Dónde estabas, muerto?

— Sí, un par de veces. El resto del tiempo en la UCI o en rehabilitación. – Explica con toda sinceridad W.

— Vaya, lo siento. Pues que la quinta ola de la epidemia, la que vino con la cepa del virus que salió de él, hizo una mortandad porque las vacunas apenas protegían contra ella. Y que a consecuencia de eso dieron el golpe de estado y ahora tenemos la Ley de Vagos y no sé qué más, y que luego nos echaron del Euro, … Vamos, que estamos todos bien jodidos por su culpa.

–Pero si hubo una quinta ola, ¿por qué no lleva todo el mundo mascarilla?

— Porque por suerte fue efímera. Mató a tanta gente que el virus se acabó extinguiendo. Todavía colea algo, y sale un brote de vez en cuando, pero como ahora el gobierno ha prohibido las máscaras…

— Perdona, pero sigo sin entenderlo. El primero que enfermó de la variante esa fue él, y cuando pasó lo demás, él estaría en coma.

— Bueno, vale, que seguramente tienes razón, pero ya sabes cómo va eso. A alguien le tiene que echar las culpas de su desgracia la gente, y es menos peligroso echársela a Víctor-Venancio que al Rey, o al Presidente del gobierno.

— Ya veo, el chivo expiatorio.

— Más bien el cabrón expiatorio. Por cierto, como veo que no me sitúas, soy Bárbara.

— A mí me llaman W.

— ¿Cómo al Víctor-Venancio?

— Esto… no, como Wenceslao, o Wilfredo.

La mujer se ríe, y W comprueba sorprendido que con la sonrisa puesta apenas aparenta haber cumplido la treintena.

— Tranquilo hombre, si ya te había reconocido, te estaba vacilando. Además, te conocía de la universidad, ibas unos cursos más adelantado que yo.

— ¿Y me recuerdas de entonces?

— Sí. Eras mono.

— ¿Mono? Siempre he querido saber qué significa eso exactamente.

— Mono es alguien que con posibilidades por encima de amigo, pero por debajo de tío bueno. Digamos que es un amigo follable a falta de algo mejor.

— No sé si quería saber eso. ¿Y no me odias tú también?

— No, hombre, no. Yo ya tengo a quién echarle las culpas de mis desgracias.

— Ya veo. ¿Te abandonó?

— ¿Quién?

— El que te preñó.

— No, lo abandoné yo, pero no quiero hablar de eso.

— Vale.

Dejan pasar un rato en silencio, hasta que W se deja vencer por la curiosidad.

— ¿Puedo preguntar cómo te ganas la vida?

— Me saco unas perras dando credibilidad a los hombres. Los acompaño al banco cuando tienen que pedir un crédito, o los espero cuando van a buscar un empleo… Sin hablar de los que les ponen las barrigas, que son más de los que nunca habría sospechado.

Transcurre un momento mientras Bárbara reflexiona. Al poco concluye:

— Que hay de todo en el mundo, pero mucho más malo que bueno. De hecho, yo diría que debemos esperar la maldad por defecto, y si te llega algo bueno, pues disfrútalo, que eso que te llevas.

W lo piensa durante unos instantes. Con su escasa memoria no se atreve a juzgar, hasta que recuerda la escena de las chicas, la pareja de Pomos y la vieja denunciando a la que escapó.

— Pues no te digo yo que no.


Como siempre en este blog, ya sabéis que serán bien recibidas vuestras sugerencias sobre la dirección que pueda tomar la trama en futuros capítulos, aunque no garantice que sean tenidas en cuenta.

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