Cómo sobrevivir al proselitismo.

Siendo hoy el día del Señor, me he puesto a reflexionar sobre el tema divino, pero como es tan difícil encontrar a estas alturas una idea original al respecto, mi mente empezó a divagar. Esto no es consecuencia de la falta de riego sanguíneo cuando la diñé, me temo que es innato.

Veréis, una de las dificultades cuando te pilla por banda algún creyente proselitista con ganas de sumar adeptos a su causa – pongamos que hablo de testigos de Jehová, y otra gente igual de pesada – es expresar que no tienes opinión, porque en realidad no tienes ni idea de si hay un Dios, de cuál puede ser este de entre el catálogo existente, o bien si disponemos de un montón de dioses y los humanos elegimos según necesidades, al estilo clásico griego o romano. De hecho, sospechas que nadie lo sabe, y en el fondo te hueles que nadie tiene ni idea porque es imposible llegar a alcanzar dicho conocimiento, si es que puede ser definido como tal. Un lío.

Claro, que así leída la frase anterior, es la más pura definición de agnosticismo, que como todo el mundo sabe significa en griego clásico “no tengo ni puta idea”. Pero si alguien te pregunta si eres creyentes, y tú le contestas que eres agnóstico, la reacción irá desde el desprecio si saben lo que significa, a la necesidad de una larga y farragosa explicación si no lo pillan. Ya sabéis: “- Ah, eres ateo. – No, soy agnóstico. – Pero eso es igual que un ateo, ¿no?…” Y así hasta que juras por Descartes que eres católico, apostólico y romano.

¿Cómo resolver este dilema? Pues obviamente, una opción es mentir con elegancia. Para eso he escrito este articulillo, por si os sirve para libraros de momentos incómodos.

Aunque, por supuesto, si ya sois creyentes en lo que sea, os podéis ahorrar la lectura. Vosotros ya vais armados contra el ataque de los plastas entrometidos. O hace tiempo que os unisteis a sus huestes, y en ese caso por favor, ¡no sigáis leyendo!


Justo hace unos días que leí un artículo de Sergio del Molino en el País, en el que explicaba que cuando los testículos de Jehová le tocaban los testigos, él siempre respondía “no, gracias, soy satanista”. Eso los desconcertaba el tiempo suficiente para que él pudiese cerrarles la puerta, o darles esquinazo. Efectivamente, es una salida bastante práctica, pero hay que tener cuidado. Si dices que eres satanista, estás expresando que sigues el satanismo ateo laveyano, pero si te identificas como satánico a secas puedes crear un pequeño lío: ¿eres seguidor de Satanás? ¿satanismo tradicional o ateísta? ¿Te gusta la música black metal, o eres al menos seguidor de sus satánicas majestades los Rolling Stones? ¿Lo tuyo es más de Maluma, pero eres malo a más no poder?

Otro lío.

Aparte, como desaparezca algún niño en el barrio van a ir a por ti, que lo sepas…

Hay opciones más defensivas, en el sentido de que sirven para salir del apuro, pero no conllevan la visión de tu persona como una amenaza para la sociedad en general, y tus vecinos en particular. Así, como una defensa ante falacias, nació por ejemplo la creencia en la diosa del unicornio rosa invisible de Steve Eley, la mención al dragón invisible que escupe fuego sin calor y residía en el garaje de Carl Sagan, o la tetera de porcelana de Bertrand Russell. Todos ellos, evidentemente, gente de poca fe que podrían haber sido perfectamente satanistas. O satánicos.

 Y si te dicen que eso son chorradas y que no hay teteras siderales, unicornios rosas y dragones invisibles, responde que te demuestren que no existen. En el fondo, no deja de ser una forma de falacia conocida como el argumento ad ignorantium, en el que se afirma que una proposición es cierta porque no existen pruebas de lo contrario.

Dicho de otra forma, no es al escéptico al que corresponde demostrar que algo no existe, sino al creyente probar que sí existe, y hacerlo sin dejar espacio para la duda. Y no deja de ser paradójico que la aplicación de la navaja de Ockham, que recomienda utilizar siempre la opción con un menor número de variables – en este caso, un universo sin seres sobrenaturales – provenga de un fraile franciscano. Así que, puestos a complicar la cosa, como habéis podido ver los científicos tampoco se cortan cuando toca liarla.

Claro, que siempre hay gente que va más allá. Un tal Bobby Henderson, del que nunca habréis oído hablar, licenciado en físicas por más señas, se cabreó cuando las autoridades de Kansas decidieron en 2005 enseñar la teoría del diseño inteligente – es un decir – en las escuelas, como la alternativa religiosa a la evolución de Darwin.  Cuando Henderson tuvo por bien definida su religión, la registró – hay iglesias de mucho peor gusto, de hecho – y la envió al Consejo Escolar solicitando que también fuese enseñada la teoría del Sagrado Espagueti Creador en las escuelas. En 2006 Kansas dejó de incluir el supuesto diseño inteligente en el currículo, pero para entonces la religión paródica ya se había hecho popular, y fue acogido con entusiasmo por las asociaciones de agnósticos, ateos y otra gente descreída de mal vivir.

Con el tiempo, el pastafarismo no solo se ha mantenido, sino que incluso se está extendiendo, habiendo sido registrada oficialmente en Países Bajos (2016), Nueva Zelanda (2015) y Australia (2017). En Alemania es posible asistir a ceremonias públicas, aunque no figura oficialmente como iglesia, sino como club cultural.

PASTAFARISMO MOVIMIENTO SOCIO RELIGIOSO CREADO COMO PROTESTA

Incluso en Chequia, el atributo identificativo de los seguidores del pastafarismo, llevar un colador por sombrero, ha sido aceptado como símbolo religioso y este hombre fue fotografiado así para su carnet de conducir:


¿Extravagante? ¿Sorprendente? ¿Ganas de complicarse la vida? Probablemente, pero si algún día os aburrís y tenéis tiempo para echar un vistazo al buscador del registro español de religiones encontraréis algunas cosillas sorprendentes. Por ejemplo, la posibilidad de adorar a Odín en Albacete, a la diosa de los 10.000 nombres – supongo que eso va, grosso modo, por Isis – en Cataluña, …

Eso sí, no encontraréis por aquí al espagueti volador, ni a Chuck Norris, una pena en mi modesta opinión.

Y yo, por si acaso, voy a afirmar a partir de ahora que soy Autista. O sea, que yo soy yo mismo mismamente.

Y mi religión, el Egoísmo, eso que la RAE define como inmoderado y excesivo amor a sí mismo. Un error, sin duda, porque el amor a sí mismo nunca puede ser excesivo A menos, naturalmente, que se refiera al amor físico, pero en ese tema prefiero no entrar.

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