María. 1.- En el metro

El espejo me devuelve la imagen habitual: pelo moreno, en melenita, ojos grandes y oscuros, labios gruesos, pero sin pasarse. Lo mismo puede decirse del resto, que está bien, pero sin pasarse. Una chica que, algún día, Eros mediante, resultará atractiva para alguien, pero que nunca tendrá una fulgurante carrera como modelo de ropa interior.

En fin, solo queda vestirme y salir hacia la estación de metro para cumplir con mi destino, que es el de trabajar como cajera de supermercado en la ciudad, con un fastuoso contrato de un mes. Y encima, da las gracias porque no te hayan puesto pegas por tener un graduado en Historia, que en algunas empresas prefieren dar por supuesto que no sabes pensar.

La ropa, discreta que cuanto menos se fijen en ti, mejor. Hay un trayecto de una hora hasta allí, y mucho mastuerzo suelto por esos caminos de Dios. Unos vaqueros que no queden demasiado ceñidos, una camiseta blanca… La ropa interior obviamente a juego, que tampoco hay por qué pregonar que se lleva. O sea, bragas cómodas, calcetines de algodón, y sujetador blanco deportivo. Por encima de todo, una camisa larga que tape las caderas. Alguien podría preguntar por qué, si hace un calor de infierno. Pues para tapar el culo, no vaya algún salido sensible a sentirse provocado.

Ya estoy vestida. Ahora un último vistazo al espejo… Perfecto, dentro de lo que cabe. Solo faltan las gafas de sol, una gorra, la mochila con la documentación y el móvil, y ya estoy lista. ¡Ay, no! Casi salgo sin las llaves. Menos mal. Aunque cuando regrese ya estarán en casa mis padres, tampoco es cosa de quedarse fuera a las tantas esperando a que te abran.

Porque me ha tocado el turno de tarde, ¿sabéis? Y eso quiere decir que voy a tener que caminar casi a oscuras desde la parada del metro hasta casa a las tantas y pico. No es que sea mucha la distancia, pero os aseguro que hay días en que esos doscientos metros acojonan. Bueno, acojonar, lo que se dice acojonar, pues no porque no tengo de eso. Igual, como dice mi amiga Magda, debería decir agonadan, que la palabra gónada sirve para todo. Ventajas de haber estudiado biología: tampoco tiene trabajo de lo suyo, pero puede vacilar a sus clientes en la hamburguesería preguntando cómo quieren las grasas, si saturadas o insaturadas.

Abro la puerta. ¡Stercus! – que también significa mierda, pero suena más culto – Está bajando por las escaleras el imbécil adolescente, valga la redundancia, del piso de arriba. A veces creo que está esperando a que se abra mi puerta para asomar él su feo hocico con acné.  Me entretengo echando la llave, a ver si sigue por las escaleras. No, con todo el descaro llama al ascensor en mi planta y se queda esperando. Pues no pienso entrar con él, que entre las miraditas y los roces sin querer me tiene hasta el moño. Me retraso mirando en el bolso como si hiciese tiempo hasta la llegada del ascensor.

Llega vacío, así que le hago señas para que pase. Cuando él ya está apoyado contra la pared del fondo con esa sonrisa estúpida que pone, le cierro la puerta y me abalanzo hacia las escaleras. Alguien podría pensar que soy una tiquismiquis, una paranoica, o una estrecha de mucho cuidado. Puede que sí, o puede que no, pero cuando mides un metro cincuenta y no llegas a los cincuenta kilos ni cargando con una bolsa de melones en cada mano, la paranoia es conveniente.

Llego al portal. El saco con ochenta kilos de hormonas está en la puerta esperando. Lo saludo con la mano y finjo que me dirijo a los buzones.

— ¡Hasta luego, Carlos!

Se lo piensa un segundo, y luego abandona.

— Chao, María.

Bien, primera prueba del día superada. Como cabía esperar, el buzón solo tiene la escoria habitual: propaganda y facturas. Dejo las facturas para Joaquín y Ana, esos padres que tendrán que darme albergue hasta que muera o me toque la lotería – o me toque bien tocada un millonario guapetón, que dentro de unos años igual ya no pongo tantas pegas – y tiro la propaganda a la papelera dispuesta a tal efecto por la comunidad de vecinos.

Me pongo en las orejas los auriculares bien visibles y dejo caer el conector del cable dentro de la mochila. En realidad no voy a escuchar música porque me gusta caminar oyendo los sonidos de la calle, pero sirve para hacerte la sorda si se tercia.

Y ahora, sus y a ellos, que son muchos, pero andan dispersos.

El camino más corto es seguir recto hasta la avenida, pero para eso tendría que pasar por delante de la obra con esos homínidos emitiendo lo que ellos toman por piropos. Ya sabéis: “Guapa, ¡que te comía to lo negro! Ja, ja, ja…”, o alguna otra muestra de ingenio de andamio. Y claro, si ya es humillante tenerlos que escuchar una misma, que lo oiga toda la calle resulta descorazonador. Digamos que también te sientes como une toute petite merde, pero durante muchísimo más tiempo.

Me lo ahorro dando un rodeo por la calle de abajo. También hay una obra, pero los albañiles son extranjeros y bastante más educados. Seguro que hay entre ellos algún licenciado poniendo los ladrillos con filosofía, o batiendo sincréticamente la argamasa mientras reflexiona sobre las revoluciones perdidas del siglo XIX.

Por el camino voy saludando a los vecinos, y a los tenderos del barrio que me conocen de toda la vida.

Paso por delante del bar de la esquina, que se llama precisamente así, La Esquina. Los propietarios son unos rumanos encantadores, pero sus feligreses de hoy parecen más bien en vía de extinción … En fin, que ya están más cerca de la tierra que del cielo, o eso diría viéndolos tan inclinados sobre sus vasos, con los cigarrillos colgando del labio. Me echan un rápido vistazo, deciden que saben de quién soy, o que no les importa lo más mínimo, para acto seguido regresar las miradas al poso del café, y la conversación por donde anduviese. Si los de Walking Dead necesitan extras, ya saben, pásense por La Esquina.

Con este y otros pensamientos, sin más sobresaltos estoy en el andén del metro. En seguida llega el tren. Subo. Al fondo hay un banco corrido con tres asientos libres. Me acomodo.

Ya están pitando para avisar que el tren va a salir cuando suben varios tíos riendo y gritando. Machitos en manada tratando de platearse la espalda para cuando crezcan y pasen de chimpancé a gorila. Miran hacia los asientos libres a mi lado, pero antes de que puedan alcanzarlos se ha acomodado ahí mismo un individuo que ocupa ambos. No porque sea un abusón, o igual sí, pero de todas formas los necesita.

Los alegres viajeros miran, deciden que el espacio que ha dejado no merece la pena, y se desplazan hacia la otra punta del vagón.

Suspiro.

Debo haber exhalado con ganas, porque el hombretón me mira. No se inmuta, no tiene ninguna expresión en su cara, pero me ha mirado.

A simple vista, diría que es 133×225. O sea, que mide 1,33 veces mi estatura y pesa 2,25 veces mi masa corporal. Para los que son aún más de letras que yo, unos dos metros de estatura y noventa y tantos kilos. Genial, porque los mastodontes no suelen fijarse en los topillos como yo, de modo que voy tranquila. Además, me tapa por completo. A poco que me acurruque ni se me ve.

Aunque cuando lo pienso, es curioso: por el tamaño, la estructura ósea y la musculatura yo apostaría a que es un hombre, pero es lampiño y los rasgos son un tanto ambiguos, andróginos incluso.

Alguien me toca el hombro y me empuja. Es la Masa. Se está levantando para bajar.

Merda, remerda y recontramerda. Me he dormido, y debo haber reclinado la cabeza sobre su hombro… no, sobre su bíceps porque mi cabeza ni de coña llega a su hombro… El caso es que el pobre lleva un manchurrón de lo que debe ser saliva mía sobre el brazo. Ya está en la puerta. Se da cuenta y sigue mi mirada. Nota la humedad. Me mira. Se encoge ligeramente de hombros para indicar que no importa.

El tren se detiene. Él baja. Compruebo entonces en qué parada estamos, y ¡bullshit! es también la mía. Salgo corriendo y cruzo las puertas justo a tiempo. Camino despacio para no alcanzarlo. Cuando llego al hall compruebo que es inútil que me esfuerce, el tío ya está cincuenta metros por delante de mí en el pasillo de enlace con la otra línea del tren. Recorro el trecho y salgo a la calle. El supermercado está justo enfrente.

Entro. Pregunto a una cajera.

— Hola. Soy María, la cajera temporal que empieza hoy. ¿Dónde puedo encontrar al encargado?

— ¿Judit? Pregunta por ella en el almacén.

Encargada. Bien, una preocupación menos porque los jefes varones me ponen más nerviosa. A menos que la tal Judit sea lesbiana… O caníbal, ¿no te jode? Cada vez estoy más paranoicamente agonadada. La falta de costumbre de pillar un pedazo de curro para todo el mes, ni más ni menos.

Bueno, ya solo faltan ocho horas y pico para salir. Camino hacia el almacén.

(Continuará)


Como habréis supuesto quienes seguís este blog, acabo de iniciar un nuevo cuento. Ya os advierto que no voy a escuchar las sugerencias de vosotros, los tíos, porque para eso ya están los bigardos de este blog, pero si vosotras queréis opinar para indicar si os gusta el relato, o no, o darme algún consejo de los que pueda estar necesitada, pues adelante. Al fin y al cabo, es mi primer relato.

Muchas gracias,

María.

NB.- Publicado por V.J., administrador del blog.

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