María. 2.- Primer día de curro.

En la primera entrega de esta historia, María acababa de entrar a desempeñar la labor de cajera en un supermercado de la capital, gozando de un contrato de nada menos que, tachán, tachán, ¡un mes!

Veamos cómo se desarrolla su primera jornada.


Muy maja la gerente, o gerenta, o cómo se diga. Ya sabéis, la tal Judit. Es una mujer mayor. Así, entre nosotras, ya no cumple treinta y cinco, ni de coña. Pero tiene una sonrisa que da confianza. Y no parece ni lesbiana, ni caníbal. Lleva gafas, y no pesa mucho más que yo con ellas puestas, pero tiene un genio…

Me ha explicado cómo va la cosa. Ninguna novedad, que ya sabéis cómo funcionan estos supermercados. ¿Que haces falta en la caja? Pues para allá. ¿Que se ha volcado un producto pringoso en el pasillo que sea? Pues a recogerlo. O a poner patatas en los estantes correspondientes, o lo que te manden, que para eso te pagan ese fastuoso salario mínimo que te va a sacar de pobre, oé, oé, oé.

Ojo, nótese la ironía y no me vayan a tomar por idiota, que muy lista no seré, pero ya tengo claro que solo la muerte me permitirá emanciparme. Bueno, eso, o conocer a un millonario que se enamore de mis huesitos. En la lotería no confío tanto, quizás porque me resulta más patético confiar en un papelito, o más romántico esperar a un ser imaginario como ese príncipe azul con cincuenta sombras. Quién sabe.

En cuanto al personal, pues es gente como toda la gente, para qué os voy a engañar. Está Amparo, que es madre soltera de dos hijos. Según me dice la Paqui, que es bastante choni, uno de ellos negro como un mozo de almacén que anduvo por aquí hace un par de años, y otro rubio como un gallego que estuvo en frutas y verduras tres años antes. Ya veis cómo es eso de la precariedad, que a la que te descuidas los trabajos temporales te dejan un hijo permanente.

Paqui, que ya os digo que un poco arrabalera sí que es, me habría caído aún mejor si no se empeñase en que viésemos cómo le da vueltas al chicle que siempre lleva en la boca. Eso sí, tiene un corazón que parecen dos. Será por eso que anda enseñándolos gracias a ese sujetador, de los que empujan para arriba.

Y luego está Pablo, el muchacho de frutas y verduras. Nos anda mirando a todas como si fuésemos voluptuosas encarnaciones de la diosa Venus. Me cuenta Paqui que lo pilló una vez cascándosela en el almacén a su salud mientras ella andaba recogiendo patatas del suelo, pero le dio pena y no dijo nada. Y es que, pobre, entre la nariz superlativa, sayón y escriba, – esto es de Quevedo, que conste – que se gasta, la poca carne que recubre sus huesos, y el acné, se ve que lo lleva crudo y sueña con todo lo que sea femenino. Y por lo visto, la tira del tanga de Paqui debe ser irresistible para los frikis.

Hay más empleados, y empleadas, pero no he tenido demasiada relación con esta gente hoy, de modo que no recuerdo sus nombres. Me los ha presentado Judit, pero tampoco me he fijado mucho. Son amables, saludan, y esas cosas, pero van a la suya y no se paran. Los comprendo, para qué molestarse si me perderán de vista en un mes y luego vendrá alguien más. Cuando tienes un contrato indefinido tiene que ser alucinante ver pasar por aquí a tanta gente. Parpadeas, y tienes a una interina, vuelves a parpadear y le ha cambiado la cara, parpadeas y …

Y los seguratas, ya ni te cuento. Hoy teníamos a Fina, una mujer que parece un tanque con tetas. Con muchas tetas. Bueno, muchas no porque solo eran dos, pero ya me entendéis. Cada vez que me la he cruzado me han dado ganas de gritar eso de ¡pechos fuera! de Afrodita-A, la novia de Mazinger Z.

Pues me ha dicho Paqui que es la primera vez que la ve por el supermercado. Y que lo más normal es que se repitan algunos seguratas, pero otros muchas vengan solo un día, y luego si te he visto no me acuerdo. También se ha quejado Amparo de que aquí no envían a los macizorros esos que se ven en la tele, sino a los macizos, en plan macizo central. O sea, tíos grandes al natural, que no han pisado nunca un gimnasio. Paqui la ha mirado con una sonrisa y le ha guiñado el ojo mientras decía algo de un amigo de su novio. Amparo ha puesto cara de ofendida, pero se le notaba que es una broma entre ellas. Y es que parece difícil llevarse mal con Paqui.

Luego están clientes y clientas… Ya se sabe que hay siempre de todo. Gente mayor que se cuela sin ninguna sutileza y de vez en cuando la lía, quienes esconden cosillas en el bolso o en los bolsillos, listas que se olvidan la caja de leche en el carrito y echan por encima la chaqueta, pagadores con monedas de céntimo, … Claro, que también hay otras personas que te ayudan en todo lo que pueden. Y ligones, que vienen en pandilla, llenan el carrito de destilados y cerveza, y se empeñan en que tienes que quedar con ellos para ayudarles a vaciar las botellas. Chapeau cómo manejan a todo el mundo Paqui y Amparo. Están convencidas de que deberían convalidar cinco años de supermercado con la carrera de psicología, y yo casi estoy ya de acuerdo.

En resumen, que la tarde pasa volando, y cuando te das cuenta has acabado. Te duele todo el cuerpo con especial incidencia en espalda y pies, y tienes el pitidito de la lectora de barras de la caja metido hasta los tímpanos, pero has acabado y te vas a casa.

Una vez todo recogido y arreglado para el día siguiente, nos hemos cambiado en el vestuario. Me ha llamado la atención esa punta de tatuaje que le sale a Paqui de la parte delantera del tanga. Me ha pillado mirándola y ha sonreído, luego ha movido el dedo para indicarme que no. ¿Habrá creído que soy lesbiana? Pues igual, pero es que estoy intrigadísima… Es que a mí, dejarme un letrero a medio leer, me vuelve loca.

Cuando hemos salido la esperaba un chaval muy cachas. Le ha dado a la Paqui un beso de esos que deberían ser delito porque dejan sin aire. O eso me imagino, que a mí nadie me ha besado así. Amparo se ha reído y me ha explicado que el Paco – sí, en serio, él es Paco y ella Paqui – se gana la vida en un club de striptease masculino, y anda siempre con ganas de guerra.

Esto me lo ha podido contar porque ha tomado el mismo tren que yo, aunque se ha bajado unas pocas paradas más allá, que ella vive en un barrio de la ciudad, y no como yo, en una ciudad que es prácticamente un barrio.

Cuando Amparo se ha bajado, me he sentido de pronto muy sola. Lo primero ha sido ponerme los auriculares en el oído, bien visibles. Luego he echado un vistazo por el tren, pero no he visto nada destacable. Estudiantes y currantes, en general. Gente tan reventada y hecha polvo como yo misma.

He tenido que hacer un esfuerzo para no dormirme, y creo que hasta he echado de menos el pedazo brazo de mi grandullón de la mañana para servirme de almohada.

En fin, que ya estoy en mi parada con las pestañas a media asta, pero sin dormirme. ¡Bravo, María! Me coloco la mochila por delante porque me da pereza ponerla bien, y salgo al andén. No soy la única. De otro vagón bajan dos muchachas con pinta de estudiantes, a las que conozco de vista. Del tercero un chico, también con aspecto de… de nada, porque ni lleva libros, ni parece estar cansado. Solo se ha bajado, mira a derecha e izquierda como si anduviese un poco perdido, y por fin tira detrás de las otras chicas. Yo cierro la marcha.

Ya estamos fuera. El ambiente es caluroso, con ganas. Un bochorno que te cagas, lorito. Shit on yourself, little parrot, que decía la Magda. Las chicas han girado avenida abajo, el tipo que las seguía va por mi calle, delante de mí, y yo detrás de él.

Le voy mirando el culo, lo confieso. Es sin querer, de verdad. Simplemente, él va delante con esos vaqueros que le quedan bastante bien, y yo… Bueno, pues eso, que ya he confesado el pecado, ¿contentos? Aunque lo de pecado es un decir… Eso es cosa de mi madre, que es católica a machamartillo, y mi padre por solidaridad conyugal. Yo me conformo con un trato sencillo con Dios, el que sea que exista, que también eso me da igual: tú no me molestas, yo no te molesto, y ambos seremos felices.

¡Y zas! Acaba de doblar la esquina la pandilla del Moncho, justo delante de mí. Un repetidor que me tenía frita en el instituto, y que vive por mi barrio.

— Vaya, vaya, ¡pero si es la virgen María!

Así me llamaba entonces, y veo que no lo ha olvidado. Mira que me molesta el apodo, y el muy puñetero lo sabe. Que, aunque sea técnicamente verdad lo de la virginidad porque ningún glande ha conocido mi vagina por dentro, otras cosillas sí he hecho. Y además, ¿a él qué coño le importa?

Trago saliva y me hago la dura.

— Vaya Moncho, veo que te sigues repitiendo.

¡Mierda! Eso lo ha tocado, que llevaba mal lo de ser repetidor. ¡Mierda, mierda y remierda! Espero que no le haya dolido demasiado.

— ¿Qué quieres decir, puta?

Pues sí, le ha dolido. Se me está acercando mucho, pero no quiero que note el miedo. No retrocedo, y agradezco infinito haberme puesto la mochila por delante.

— ¿Nos la llevamos, Moncho?

— Eso, que si es virgen habrá que hacerle un favor.

— Que me han dicho que el virgo añejo provoca cáncer.

Ríen los muy cretinos súbditos de Moncho, que me mira con malevolencia.

— Sabes, Manías, pues igual tienes razón.

Claro, el Manías. Ya lo recuerdo. El Moncho es inteligente, suspendía porque todo le importaba una mierda, pero el Manías es que no daba para más. Se ganó su apodo en el propio instituto porque siempre andaba diciendo que los profesores le tenían manías. Así, en plural.

— Eh, María, ¿todo bien?

Es Ioan, el dueño del bar La Esquina, que ha salido a echar un cigarrillo. Conoce a mi familia porque estuvo bastante tiempo entrando y saliendo del paro, y mi padre trabaja allí.

Moncho y su panda se han apartado, porque saben que Ioan tiene malas pulgas cuando se enfada. Ya los echó una vez de su local, y no salieron de rositas.

Moncho susurra cuando paso cerca de él.

— Esto no quedará así, virgencita.

Procuro que no se me note demasiado el miedo cuando le contesto a Ioan.

— Todo bien, gracias. ¿Llego a tiempo para cenar algo?

— Claro, pasa. Pídele lo que quieras a Mihaela.

Cuando estoy cerca de él susurro.

— Gracias, Ioan.

Él asiente con la cabeza y mueve la mano que lleva el cigarrillo para indicar que no es nada.

Tomo una cerveza para acompañar un bocadillo de tortilla recién hecha, y paso el rato charlando con el matrimonio y algunos habituales. Nada original, lo de siempre: el trabajo, que está fatal, y el gobierno, que está peor. Temas clásicos, que nunca fallan.

Ya es casi medianoche cuando llego a casa, sin más incidentes.

(Continuará)


Como habréis supuesto quienes seguís este blog, he iniciado un nuevo cuento. Ya os advierto que no voy a escuchar las sugerencias de vosotros, los tíos, porque para eso ya están los bigardos de este blog, pero si vosotras queréis opinar para indicar si os gusta el relato, o no, o darme algún consejo de los que pueda estar necesitada, pues adelante. Al fin y al cabo, es mi primer relato.

Muchas gracias,

María.

NB.- Publicado por el administrador del blog.

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