Otro día de mierda, 06:00

Ahora parece estar de moda hablar de la depresión, y en ese terreno llevo ventaja: más de cincuenta años sufriendo una de origen endógeno, que va y viene. O sea, que en ocasiones me permite una temporada de relajo, y cuando me confío me sacude con todas sus fuerzas, que no son pocas. Para quienes han tenido la fortuna de no saber lo que es esta cosa, que no tengo claro si es parte de mí, o una enfermedad, …

Me estoy desviando. Como decía, las depresiones pueden tener una causa exógena (exterior) o endógena (origen interno). La primera es la típica tristeza o melancolía que nos invade cuando perdemos algo en nuestras vidas. La desaparición de alguien querido, una situación desesperada, … Es dura, golpea con mucha fuerza a alguien desprevenido, pero tiene una duración limitada – hasta que se resuelve o se interioriza la situación – y despliega un catálogo más restringido de síntomas.

La depresión endógena, en cambio, nace de un determinado contexto de la química del cerebro relacionado con la captación de algunas hormonas, en especial la serotonina, aunque sin olvidar otras como la melatonina (sueño), dopaminas (placer), … Como estas hormonas actúan sobre muchos aspectos de la vida ordinaria – apetito, sexualidad, agresividad, irritabilidad, sociabilidad, sueño, gratificación, … – joden en mayor o menor medida la vida entera por tiempo indefinido. Con frecuencia, el resto de nuestras vidas.

Por decirlo de una manera sencilla, en el caso de la depresión exógena la vida te gasta una putada y tú caes en la tristeza y melancolía mientras dura la adaptación, pero cuando es endógena estás aún más jodido porque vivir es la putada.

Hubo una época en que yo disfruté de ambas porque soportando una depresión endógena me tocó trabajar durante la crisis del 2011 al 2016 con gente muy jodida en una oficina de empleo (nombre oficial, porque todos sabemos que allí, empleos, hallaréis pocos). He creído ilustrativo contaros una jornada cualquiera, que he construido como resumen de otras muchas. Encontraréis en este relato que se prolongará varias semanas algunas elipsis, no mencionaré personas concretas ni lugares, pero lo que relato es cierto hasta dónde mi memoria alcanza.

Ya os advierto que no todo es divertido, ni mucho menos, pero creo que os interesará, aunque solo sea para resoplar un aliviado “Uf, suerte que no es mi caso“.


Son las seis. Son las seis. Son las seis

Abro un ojo. Preferiblemente el izquierdo, así puedo dejar el otro cálidamente cerrado por si mi mente decide reengancharse al sueño. No ocurre casi nunca, por suerte, pero cuando dependes de una bicha como la depresión, tampoco puedes asegurar nada.

Tanteo con la mano hasta encontrar el condenado móvil. Lo tengo. Ahora debo incorporarme un poco porque si no lo hago no hay manera de acertar con el puñetero punto preciso que permite apagar la vocecita estridente.

… Son las seis. Son las.

Conseguido a la quinta, ¡bravo! Nada de “cinco minutitos más”, ¡así se hace, pringado!

Asumo que no puedo quedarme dormido de nuevo. O, en realidad sí que podría, por supuesto que podría, pero no debo porque me sentiré culpable, y eso me impedirá dormir.

Ya dije que soy un pringado.

Camino con las neuronas hundidas en una espesa sopa mientras me rasco el culo por debajo del pantalón del pijama, si lo llevara, que no es el caso. Me refiero al pijama, por supuesto. El culo está dónde siempre, algo más caído que ayer, pero menos que mañana.

Camino hacia el baño procurando no hacer ruido. No sé por qué, si estoy solo, pero no puedo evitarlo. Los ruidos me ponen muy nervioso, incluidos los que hago yo mismo.

Pego la primera y gozosa meada del día. De paso felicito a mi vejiga por haber aguantado hasta esta hora, y no haberme obligado a levantarme, por poner un ejemplo, a las cuatro de la madrugada, restando del escaso tiempo de sueño la dificultad para volverme a dormir …

¿Y ese olor…? ¿Tendrá que ver con algún cáncer, quizás de próstata, que ya tengo una edad…? No, ahora lo reconozco, la orina huele a espárragos, y los comí anoche. Genial, podré contener la hipocondría hasta, por lo menos, el primer cigarro.

Luego lavo mis manos y froto mi cara con agua fría, procurando no mirar el espejo. Ese es un momento delicado, porque si veo una cara triste – lo que resultaría habitual – me hundiré mullidamente en la oscuridad, pero si trato de componer un rostro alegre, sentiré que estoy desafiando a la depresión y me hundiré aún más en el pozo negro. Anhedonia se le llama a esa sensación de sufrir cuando una situación puede ser placentera o divertida.

Antes de que empiecen a llegarme imágenes del lado oscuro me visto apresuradamente. El truco es suministrarme convenientemente lo que llamo mis drogas matut·inas – café·ina y nicot·ina – antes de que la realidad me pegue la habitual bofetada. Por eso nunca me ducho por las mañanas, porque entonces me alcanzan simultáneamente las adicciones y la niebla, y ya puedo darme por perdido. Bueno, por eso y porque la abulia, esa falta de ganas de hacer nada que pueda ser postergado, lo previene.

Estoy vestido. Los mismos vaqueros, porque total, siempre los compro de la misma marca, modelo y color. Me aseguro de que la camisa no se pueda confundir con la de ayer, porque así disimula un poco. Que la haya sacado del cesto de la ropa sucia es secundario, pero es que tampoco puedo perder el tiempo buscando una limpia. Los calcetines sí lo están, limpios, quiero decir, porque esas prendas se pueden amontonar sin más en el cajón de la mesita. Los zapatos, los mismos de siempre, que estos sí repiten cada semana, y a la cocina.

La ansiedad me impulsa. La gata me intercepta y sigue a una cierta distancia porque sabe que no seré nada receptivo hasta que haya desayunado. Chica lista.

La cafetera es una de esas de cápsulas de aluminio, porque así tengo que esperar menos hasta conseguir mi chute. A estas horas, sin drogas y con la niebla oscura atisbando por las esquinas de mi mente, no podría ponerme a preparar una cafetera convencional.

Mientras el agua alcanza la presión deseada, salgo al fumadero. Lo llamo así porque es el único lugar de la casa donde me permito fumar – no soporto el olor del tabaco añejo en la casa – pero en realidad se pensó como un tendedero. Está cerrado por tres de sus lados, y el en cuarto hay tan solo unas persianas de lamas por las que entra en invierno – ahora mismo – un aire frío que congela el aliento.

Temblando de frío, enciendo el cigarro. Pego un par de caladas profundas, de esas que manchan de nicotina el fondillo de los calzoncillos, y abandono el oloroso – el resto del mundo dice que apestoso – cilindro ardiente en el cenicero para ir a buscar el café.

En efecto, el eficiente aparato ha llenado la taza y se ha detenido en su punto justo. Echo la leche fría de la nevera y me planteo, un día más, si calentarla en el microondas. No, ya me vale fría, y treinta segundos que gano.

Saco las pastillas. La primera es esa que la graciosa de la farmacia llama de la alegría, aunque solo sirva para que, cuando caigo al abismo, no me ponga a cavar para hundirme aún más. Es el antidepresivo, oficialmente un “inhibidor selectivo de la receptación de serotonina”. La otra píldora, para evitar molestias de estómago.

Saco la taza de café con leche al fumadero, pero vuelvo a entrar para abrigarme. Parece que debemos grados, porque el termómetro está en negativo, así que me calzo el viejo anorak, el gorro de lana y la bufanda. Al sentarme, el escalofrío que nace en mis nalgas alcanza el cogote. Aun así, me siento algo más feliz – o algo menos desgraciado – con mi café frío y mi cigarro en los labios.

Prendo el tabaco. Hace mucho ya que decidí cambiar los cigarrillos, que no me saciaban en absoluto, por cigarritos de tabaco puro enrollado. No lleva filtro, pero tampoco aditivos. ¿Cómo lo sé? Porque si dejas un cigarrillo industrial en el cenicero arderá por completo sin intervención humana, asegurándose su fabricante de que tengas que encender otro, pero el tabaco puro y duro se apaga y te espera.

No es que sea más sano, pero al menos te sientes un poco menos estúpido.

No mucho, solo un poco, pero algo es algo.


Entrada siguiente.

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