Otro día de mierda, 06:15

Ayer, 10 de septiembre, se celebró el día para la prevención del suicidio. Quizás a más de uno y de dos os suene a cosa ajena, pero no lo es tanto. Según el INE, en 2019 se autoinfligieron la muerte al menos 3.671 españoles, de los cuales 900 eran mujeres, el resto hombres.

Y ahora, seguid leyendo, por favor.


Aun así, me siento algo más feliz – o algo menos desgraciado – con mi café frío y mi cigarro en los labios…

—-

Es entonces cuando llega la otra: la oscuridad, la niebla, el monstruo, el abismo, o como me apetezca llamar ese día al saco de excrementos hormonales que cargo sobre mis hombros, justo entre las orejas. Cuando estoy quieto, con la mente vacía y dispuesta a ser invadida por los detritos con que la enfermedad – si es que lo es – inunda mi pensamiento cada mañana.

No han pasado más que unos segundos, y ya me he convertido de tipo normal en tristeza corpórea. Van llegando las ideas repetitivas, como las fantasías de muerte, la visión distorsionada de la vida, de mi vida. Ideas a las que dejé hace mucho de resistir, cuando alcancé el acuerdo conmigo mismo de que si la vida trata de matarme, lo último que cabe hacer es ayudarla.

Que se lo gane.

Claro, que no puedo impedir que lo intente una y otra vez. Soy muy consciente que esto es una carrera de fondo, y ahí es la depresión la especialista. Es paradójico que el propio cuerpo trate de convencerme para poner fin a mi triste vida, pero es lo que hay. Hace tiempo que lo asumí, ¡qué remedio!

Hay quien intenta evitar la inundación de niebla oscura con la práctica de acciones gratificantes, ejercicio físico, … Para evitar que estas y otras tácticas nos permita escapar, la enfermedad – insisto, si es que lo es – dispone de las tres A: Astenia, Anhedonia y Abulia.

La Astenia te quita las fuerzas, la capacidad de tomar decisiones y llevarlas a cabo. Aunque seguirías tendiendo a realizarlas si te causaran placer, pero para eso está la Anhedonia que te impide disfrutar, incluso sentir. Y de las dos anteriores nace la tercera, la Abulia. Si realizar cualquier acto te va a exigir unas fuerzas que no tienes, y de todas formas no vas a disfrutar de placer alguno, ni mucho menos te vas a sentir bien con ello, ¿por qué ibas a desear hacerlo?

Me encanta: Astenia, Anhedonia y Abulia. Si dispusiera de creatividad, compondría una canción con esas tres palabras. Pero ni se me ocurre porque lo impiden, precisamente, las tres A.

El mundo se lo pierde.

Claro, que de eso se trata, de que el mundo entero me importe un bledo. Así que mi creatividad …

¡A la mierda con la sobrevalorada creatividad!

Con estas reflexiones de mierda he terminado el café, pero todavía queda un cuarto de cigarro. Sigo tragando humo y, de paso, alquitrán pringoso, que se queda sobre la lengua y los labios.

Produce una cierta irritación y deja un sabor repugnante.

Miro la colilla. Ya cuesta sujetarla sin quemarme los dedos, pero calculo heurísticamente – leído que es uno – que aún cabe una calada más. La doy, y ahora el sabor ya es claramente asqueroso. Inclino la taza de café a ver si cae algo que lo alivie, pero apenas son dos gotas. El sabor sigue ahí.

No tengo tiempo para preparar otra taza. Que, de todas formas, conduciría al mismo lugar, porque soy incapaz de tomar café sin fumar, así que regreso al interior de la vivienda mientras trato de traspasar el pringue que llevo en los labios a un pañuelo de papel.

Le sirvo a la gata su desayuno y enfilo el pasillo. En el vestidor recojo el chaquetón negro y la gorra a juego.

No es que tenga muchas alternativa porque me he prohibido los colores que no sean gris, negro o azul oscuro. Alguna cosa blanca sí me tolero, pero siempre que sea interior y no altere el luto aburrido con el que mi mente se identifica, por supuesto. Luego pongo la excusa del look rockero, pero por dentro sé que no va de eso la cosa, que es luto por mí.

Guardo en el bolsillo las llaves de casa mientras llevo en la mano las del coche. Abro la puerta de comunicación y paso al aparcamiento, aguantando el bajón de quince grados de la temperatura. Quito el cerrojo del portón y lo voy subiendo mientras me siento al volante.

El aire es gélido.

Arranco el motor y salgo al exterior. Cierro los portones y enfilo hacia la avenida con cuidado en las curvas, por si las placas de hielo. No porque pudiera matarme en un accidente, lo que es imposible a esta velocidad, pero sí podría destrozar el coche, y lo necesito.

Sin mencionar que podría darme un golpe en la cabeza y aproximarme (aún más) al estatus vegetal. Vaya faena para quien tuviese que cuidar de este pedazo de tronco.


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4 comentarios sobre “Otro día de mierda, 06:15

    1. No he leído la Gatomaquia, ni creo que lo haga porque son muchos versos esos. Tampoco entiendo el miedo puesto que hablo de una realidad con la que convivimos aproximadamente entre el 4 y el 10% de la población – unos 3.000.000 de españoles, a ojo de buen cubero – y pese a todo, la mayoría sobrevivimos hasta diñarla con todo el sufrimiento que la Santa Madre Iglesia recomienda.
      Ahora bien, como lo mío últimamente parecen ser las palabras, te recomiendo el verbo no reconocido por la RAE agonadar, que tanto sirve para un par de ovarios, como para otro de cojones:

      “Glándula genital, masculina o femenina, que se encarga de elaborar las células reproductoras. En el ser humano, las gónadas son los ovarios y los testículos”

      Así podríamos ser temerosos – estoy agonadado perdido -, positivos – ¡gonadudo! -, animosos – ahí, ¡con dos gónadas! -, etc …

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