Otro día de mierda, 06:30


Arranco el motor y salgo al exterior. Cierro los portones y enfilo hacia la avenida con cuidado en las curvas, por si las placas de hielo. No porque pudiera matarme en un accidente, lo que es imposible a esta velocidad, pero sí podría destrozar el coche, y lo necesito.

Sin mencionar que podría darme un golpe en la cabeza y aproximarme (aún más) al estatus vegetal. Vaya faena para quien tuviese que cuidar de este pedazo de tronco.

—-

Pongo atención a la conducción hasta que salgo a la autovía. Allí es improbable que las ruedas pierdan adherencia porque el mucho tráfico impide la formación de hielo, así que puedo dejar la mente en blanco. Total, ya conozco el camino de memoria.

Entonces, como no podía ser de otra forma, la fantasías suicidas llegan a mi mente.

Hay un tramo de la autovía, y solo uno, en el que un cruce a diferentes niveles no está protegido por barreras quitamiedos. Eso significa que, si el coche se desviase ligeramente hacia la derecha en ese punto en concreto del trayecto, me estrellaría frontalmente contra el lateral del puente a 120 kilómetros por hora (1). Sería fácil, bastaría con girar ligeramente el volante mientras cierro los ojos.

Primero escucharía el chirrido de los neumáticos del lado derecho sobre la línea del arcén.

Luego se produciría una cierta pérdida de control al circular dos ruedas sobre la tierra mientras las otras siguen sobre el asfalto.

Finalmente, el coche se inclinaría por el badén mientras sigue dando bandazos la dirección.

Y luego, nada. O, quizás, algo de dolor antes de la nada, pero no mucho tiempo.

Alguien llamaría entonces a emergencias, y en el plazo de unos pocos minutos llegaría un coche patrulla y una ambulancia, pero las puertas de la chatarra resultante habrán quedado impracticables y los sanitarios tendrán que esperar a que acudan los bomberos para sacarme… No, rectifico: para sacar mi cuerpo, porque ese amasijo de carne ya no sería yo.

Si la dotación procede de mi pueblo, incluso es posible, aunque no probable, que alguien en el equipo de emergencias me conozca y llame directamente a mi familia. Eso es lo único que lamento, que las pocas personas que me quieren sufrirán por mi desaparición, pero no se me ocurre ninguna forma de evitarlo.

Vaya, fantaseando con estas tonterías me he pasado el cruce en cuestión. Lo sé porque me consta que se encuentra antes de un antiguo burdel abandonado en la carretera que bordea la autovía, de cuando esa era una nacional muy transitada, y ahora mismo estoy pasando a su altura.

Habiendo dejado atrás el puticlub, ya no hay oportunidad clara en el trayecto.

Pienso en el sorprendentemente eficiente mecanismo mental que hace que mi cerebro, teóricamente enfermo, lleve años realizando este mismo truco. Me sume con tal profundidad en las fantasías suicidas que pierdo de vista dónde estoy, y así resulto incapaz de llevarlas a la práctica.

Si es que mi cerebro está enfermo y no es simplemente así, diseñado con escasa receptibilidad de la serotonina de mis cojones. Bueno, de mis cojones, de mi estómago, de mi cerebro, … Porque la puñetera hormona regula el apetito, la temperatura corporal, la libido, la función cognitiva, la percepción, afecta al sueño a través de la melatonina, junto con dopamina y noradrenalina gestiona el miedo, la angustia y la agresividad, …

Ese conjunto de factores hace de mí quien soy, así que ¿es una enfermedad, o la depresión y yo somos partes de lo mismo?

Claro, que mis apetitos – todos ellos – serían probablemente mayores, y también mi voluntad una vez apaciguadas las tres A. Podría haber sido alguien creativo, quizás incluso amistoso, alegre, … O sea, otro individuo algo más normal y socialmente menos irrelevante.

En cierta forma, me consta que soy un lujo de la naturaleza, un ser absolutamente prescindible que probablemente nació tan solo para que la evolución averiguase si un prototipo con estas cualidades resultaría eficiente. La paradoja consiste en que ahora, descartado que lo sea, me mantenga con vida. Ojo, tampoco es que me esté quejando.

Me llega a la mente el pensamiento de que hace unos siglos sin duda habría sido un chollo de profesional: un tipo físicamente grande, con escasa autoestima, baja empatía, un tanto misántropo, inteligente y agresivo. El perfecto guerrero para llevar a cabo misiones suicidas. O quizás un verdugo de renombre.

Con estos pensamientos he llegado a la población de destino casi sin enterarme. Pulso el botón para que suene la introducción de la canción Judas is rising, del grupo Judas Priest. Una tonadilla que se repite obsesivamente una y otra vez durante 45 segundos en un tenso crescendo de las cuerdas, hasta que la batería explosiona con toda la fuerza del heavy metal.

Una pieza que en circunstancias ordinarias me haría aullar de pasión con el cantante, pero hoy solo me produce una cierta vergüenza ajena. Apago el reproductor y ruedo en silencio hasta mi lugar de trabajo.

Diviso un espacio para aparcar y dejo allí el coche.

Por el camino me cruzo con un conocido de la oficina que anda a desayunar después de haber aparcado.

— ¿Unos churritos?

Me está invitando. El desayuno ofrecido apetece, y no poco, porque cerca de allí, en el mercado, hay una churrería que a estas horas sirve unas porras que son puro pecado. Pero soy consciente de que también pasaré un mal rato porque no sabré de qué hablar. Y habrá gente desconocida en el bar, y ruido, y, Dios no lo quiera, alguien más podría reconocerme sin que yo tuviese la menor idea de quién es.  

— No, gracias. Tengo trabajo esperando.

— Como quieras, tú te lo pierdes.

Pues sí, efectivamente. Yo me lo pierdo, y soy muy consciente de ello.

Saco las llaves renegando contra mí mismo en voz baja. Otra oportunidad malograda de mejorar la jornada. Quién sabe, igual me hubiese sentido a gusto en la cafetería. No porque hubiese disfrutado del momento – anhedonia: la depresión lo hubiese impedido – pero al menos sabría que podría haberlo intentado. No mucho rato, de eso soy muy consciente, pero sí unos minutos, quizás incluso durante alguna hora me habría sentido bien. Pero he descartado la oportunidad por pura abulia.

(Anhedonia y abulia correlacionadas con churros, ¡hay que joderse!)

En la puerta del edificio esperan algunos usuarios que pueden llevar ahí media hora transidos de frío. Son quienes vienen de otro pueblo situado a una veintena de kilómetros, que solo disponen de un autobús para llegar a tiempo por la mañana, y este los deja en nuestra puerta mucho antes de que abramos. Tampoco tienen seguramente el dinero suficiente para entrar en una cafetería y esperar con un café caliente a mano, así que se quedan ahí, esperando con el frío del invierno.

Me gustaría dejarles entrar en la oficina, aunque solo fuera a calentarse, pero causaría más problemas de los que resuelve.

Porque no lo he mencionado todavía, pero trabajo en la oficina estatal de empleo – o sea, en una de las conocidas como oficinas del paro, un nombre mucho más apropiado – de un pueblo agrícola, justo en medio de una crisis económica con un altísimo desempleo.

Por cierto, que nadie se llame a engaño: a la organización le importan los usuarios incluso menos que sus empleados. Por ejemplo, la aplicación de citas no permite elegir hora o día como lo ofrece Seguridad Social. Se me ocurrió una vez, ingenuo de mí, llamar a la delegación provincial para preguntar por qué, y la respuesta fue que “son parados, y tienen que hacer lo que les digamos”. De entrada, como muy bien me dijo alguien, no son parados sino desempleados, y muchos de los usuarios que atendemos están trabajando, o están inactivos (estudiantes, sin ir más lejos).

Creo que hay una palabra para eso: aporofobia, el rechazo a los pobres, pero debe ser cosa mía porque no he escuchado que la ministra del ramo haya dicho algo al respecto.

—-

En resumen, que si yo no fuese un depresivo crónico por lo que se ha dado en llamar depresión endógena – es decir, que llevo tristeza dentro ocurra lo que ocurra fuera – lo sería por depresión exógena o contextual. Aunque esta segunda tendría mucho más fácil solución: buscar otro empleo. En cambio, sufriendo la endógena da igual a qué me dedique.

Ambos, la depresión y yo, compartimos la triste figura, si se me perdona la alegoría. Ya saben, la triste figura de alguien abúlico, cansino, perezoso, triste, negativo, e incapaz de sentir.

—-

[1] Ojo: Apunto 120 km/h solo por si algún guardia civil lee este escrito, no es verdad que circule a esa velocidad, ya os lo advierto en confianza.


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