Otro día de mierda, 07:00


Ambos, la depresión y yo, compartimos la triste figura, si se me perdona la alegoría. Ya saben, la triste figura de alguien abúlico, cansino, perezoso, triste, negativo, e incapaz de sentir.

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Abro la puerta de la oficina seguido por las miradas vacías de los usuarios, que seguirán helándose en el exterior por otras dos horas más. Ellos no me lo reprochan, quizás solo lo haga yo, pero a estas horas mi estado de ánimo navega ya justo por encima de la línea de flotación.

Tras desconectar la alarma, entro al cuartito debajo de la escalera para activar los sistemas de comunicaciones . Una vez se han encendido las luces habituales en los aparatos de siempre, me aseguro de que el aire acondicionado funcione con regularidad porque el espacio es pequeño, sin ventilación, y los servidores desprenden mucho calor. De hecho, yo diría que era el peor sitio del edificio para situarlos, si no fuera porque tampoco hay tanto donde elegir.

Por un momento recuerdo los tiempos en los que yo era un reputado profesional de la informática en lugar de un simple apretador de botones, y maldigo mi suerte. Claro que, si yo fuese el responsable de administrar esta chapuza de sistema, también la maldeciría, así que en el fondo no habría cambio alguno.

Habiendo seguido el protocolo – maldición y reniegos incluidos – cierro la puerta con llave y subo despacio hacia mi puesto de trabajo. Despacio, porque la artrosis no ayuda, pero por encima de mis doloridas rodillas, porque no me apetece lo más mínimo repetir otra jornada en este lugar.

Al pasar he encendido la calefacción para que la temperatura sea aceptable cuando abramos a los usuarios. Porque si tenemos en cuenta que las ventanas apenas cierran, los cristales son sencillos, y tenemos orden de no dejar nada encendido por la tarde y noche para ahorrar, la diferencia entre las gelideces exterior e interior es mínima.

Entro en el despacho. Hay otros dos puestos de trabajo aparte del mío, pero solo enciendo mi ordenador. Es un modelo que ya vio pasar una vez un cambio de milenio con más pena que gloria, así que tengo tiempo para ir apretando el botón de encendido del único ordenador que me importa algo, aparte del propio: el de la compañera que trabaja frente a la sala de espera.

Regreso a mi puesto, me identifico y firmo digitalmente. Puesto que tengo que realizar una jornada de siete horas y media, eso significa que podré marcharme a las dos y media. Sin embargo, la institución tiene a bien obligarnos a seguir un horario, pero no se molesta en rellenarlo con trabajo, así que hay poco que hacer: imprimir las listas de citas del día, pincharlas en el tablón exterior para que la gente pueda buscarse por el número de su documento de identidad, y con eso ya he acabado buena parte del trabajo pendiente hasta las nueve.

Abro un inciso para hablar de las listas de citas.

En teoría deberían librarse las citas con intervalos mínimos de diez minutos, reservando tiempo para el descanso de mitad de jornada. Sin embargo, el director ha encontrado la forma de incluir más citas sin que salten las alarmas en los supervisores del sistema: inventarse empleados ficticios, y olvidar los tiempos de descanso. El resultado es que, en épocas de alta demanda, el tiempo efectivo disponible por usuario apenas llega a los cinco minutos.

Supongo que realiza estas trampas con el fin de garantizarse la continuidad, porque es director en funciones desde hace un montón de años. De los otros empleados, uno es, paradójicamente, un falangista estajanovista por la Gloria de Dios y la Grandeza de España. de esta clase de trabajadores que piensan que por mucho que le entregue a la labor siempre será poco. A la otra todo le parece bien. Y al tercero le resbala porque hace lo que le da la gana, sin más. El resultado es que soy el único en protestar, pero mis quejas se diluyen en la mayoría y no prosperan.

Al principio me esforcé en seguir el ritmo, hasta que me di cuenta de que (a) nunca sería capaz y terminaría sufriendo inútilmente mis bien conocidos ataques de ansiedad, y (b) como funcionario de carrera, a mí lo que dijera el director me la traía al pairo porque mi única obligación era cumplir las normas. Lo de lamerle el culo a la superioridad no salía en mi oposición, y eso que la aprobé en tiempos dictatoriales.

Cierro el inciso.

Voy al cuarto de archivo. Allí guardo una vieja máquina de café parecida a la que tengo en casa. Así no tengo que salir a lugares públicos, donde pudiera ser reconocido. Me preparo una cápsula y le añado la leche de un mini tetrabrik que guardo en un cajón. Está frío, pero si no caliento las bebidas en casa, menos me iba a preocupar aquí.

Con eso en la mano, y teniendo en cuenta que todavía no me he quitado la chaqueta ni la gorra porque el frío interior sigue siendo notable, abro el balcón y enciendo un cigarro.

Supongo que quedaría mejor si hiciese eso mismo en el exterior, con los usuarios. Alguna vez salí, al principio, y descubrí que, si bien ayudaba de vez en cuando a alguno de ellos porque les evitaba la espera, yo empezaba la jornada aún más hundido en el pozo tras escuchar sus historias a esas horas de la mañana, andando bajo en cafeína y con la nicotina en reserva. Desde entonces prefiero mantenerme a salvo, en el balcón. Más tarde, cuando llegue su cita, el personal suele tratar de aprovechar al máximo el tiempo y no se regodea en los detalles, como haría ahora. Así se hace con frecuencia – aunque no siempre – más llevadero.

Y es que ni la valentía, ni la empatía, son atributos conocidos de la gente deprimida.

Desde allí arriba – estoy en un primer piso – escucho cómo se va abriendo la puerta del edificio, y las voces de las trabajadoras de la Comunidad Autónoma a medida que van entrando.

Entre ellas, alguien pasa sin saludar. Deduzco que debe tratarse de mi compañero de despacho, un tipo tan repelente que nadie se molesta en desearle los buenos días, y viceversa. A nuestros efectos lo llamaremos Charcos, ya se verá por qué.

Cuando entra en la habitación ve que la puerta del balcón está entornada y saluda. No le respondo. Entonces reniega porque no he encendido su ordenador, que mira que me costaría poco tener un detalle con un compañero, … Unos cinco minutos de reniegos e insultos soterrados. No me importa, sigo fumando y bebiendo. Haber llegado antes. Y sobre todo no haberse reído de mí cuando participé en una huelga:

— Ja, ja, ja, … Tú te quedas sin cobrar, pero si ganáis la huelga, yo me beneficio también. ¡Pringado! Ja, ja, ja,

Tampoco es que vaya a charlar mucho con los demás. Así, en general, no me produce ningún placer conversar, pero además la gente con la que comparto trabajo tiene poco en común conmigo. Si descontamos a Charcos, los otros tres, incluido el director, quedan perfectamente descritos por el poema de Antonio Machado:

Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.

A veces comparto cigarro con el Facha. No es un insulto, es que él se define así. Paradoja andante, cuya apariencia se situaría físicamente entre Sancho Panza y un bandolero decimonónico, un etnófobo de aires agitanados, falangista culto que estudió historia sin comprenderla, estajanovista que odia lo que huela a marxismo.

O con la compañera creyente, un encanto de persona cuando no le rebosa su exceso de doctrina eclesiástica en entusiasta afán católico, apostólico y romano, velando la benevolente xenofobia. Participante acérrima en rezos y ceremonias, negacionista escéptica de la ciencia laica.

Del director no voy a hablar mucho. Es el típico empleador que confunde autoridad con autoritarismo, explotador de subordinados a la vieja usanza, generador de tópicos funcionariales. Un técnico carente de ética, aunque sobrado de moral. También admirador del clero y creyente hasta el tuétano, pero al modo tradicional: de los que aplican la moral a los demás y parpadea perfectamente con la viga cómodamente alojada en su ojo.

En el tiempo que queda hasta que abramos al público repaso expedientes abiertos para comprobar si hay algún progreso posible, o si el usuario ha solicitado cita en el día para aportar documentación, o lo que sea.

A poco de pasadas las ocho y media voy a pegar la segunda meada del día, y compruebo que llego tarde: ya encuentro un charquito de orina delante de la taza del retrete. Y esta es la razón por la que llamé Charcos a mi compañero de despacho, aunque quizás le aplicase el más descriptivo apodo de Charcos del Orinoco.

Sigue el tercer café y cigarro del día desde que me levanté.

A las 9 en punto, estando todavía en el balcón, escucho cómo se abre la puerta de entrada y la gente sube las escaleras.

Pillo mi lista y salgo a la sala de espera, que no es exactamente tal, porque han hecho dos huecos para instalar allí a dos trabajadores, apretujados en un rincón cada uno, apenas separados por un biombo de la gente, soportando el ruido y las presiones.

Quiso colocarme un buen día el director en uno de esos puestos. Le amenacé con denunciar al servicio por las inaceptables condiciones laborales, y nunca más se repitió la orden. Allí laboraban el Facha y mi compañera en el día que relato.

No ha sido la única vez que he detenido un abuso. Fue notable la ocasión en que nos ordenaron que utilizásemos los usuarios y contraseñas de los usuarios para generar determinados documentos, mejorando así los incentivos de rendimiento por fomento de la autogestión informatizada. Sin mediar palabra, dejé sobre la mesa un extracto de la legislación sobre custodia del secreto administrativo, suplantación de personalidad, fraude a las instituciones públicas, etc. Unas horas más tarde se nos dijo que había sido un error, que cómo se iba a solicitar eso, que yo era un malpensado …

Debo confesar que, en ocasiones, enfrentarme a estos rústicos trapicheos llegó a divertirme. A cambio, en los años que pasé en esa oficina, jamás cobré horas extras, se me negaron sistemáticamente las peticiones de traslado, y a la hora de repartir turnos generalmente me cayeron los peores.


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