Otro día de mierda, 09:00


A las 9 en punto, estando todavía en el balcón, escucho cómo se abre la puerta de entrada y la gente sube las escaleras…

—-

Raro es el día en el que no veo alguna lágrima. No sabría decir qué impacta más en mi ánimo, y en mi ánima de paso: si su desesperación, o su dignidad.

Ha pasado una década, pero todavía recuerdo el rostro de aquella muchacha muy joven embarazada de siete u ocho meses, de la edad de mis hijas, que acudió porque el servicio le reclamaba varios miles de euros por un error de procedimiento. Una tontería, y es que mientras cobraba un subsidio su pareja consiguió un empleo precario de quince días, pero olvidó notificarlo. Cuando la inspección se dio cuenta le reclamó todo lo cobrado desde esa fecha, y no solo el mes en el que ocurrió el contrato. Miles de euros de deuda, una acusación de fraude, ambos desempleados, y un hijo en camino…

O el rostro de aquel hombre de mi edad que buscaba cualquier tipo de ayuda, o de trabajo, porque le habían diagnosticado un cáncer, lo despidieron, luego lo habían desahuciado y ahora vivía en su coche.

Pero, sobre todo, recuerdo la expresión de una mujer, madre de tres hijos, separada de su marido maltratador, sin trabajo y enferma. Dijo que iba a suicidarse, y yo, hipócrita de mí, le dije que no lo hiciera, que siempre acababa saliendo el sol. No volví a verla. Ignoro si cumplió su decisión o simplemente prefirió evitarme en lo sucesivo.

Y las mujeres norteafricanas…

Ese vejestorio marroquí que sonreía orgulloso mientras señalaba a su esposa, una muchacha de apenas veinte años arrastrando ya dos hijos. Él, como digo, feliz y orgulloso. Ella triste, cabizbaja y avergonzada. Pero es poco lo que puedes hacer por ellas porque la mayoría no llega a aprender ni una palabra de los idiomas occidentales más frecuentes – ya se cuidan muy bien sus maridos de que no hablen con nosotros – y de todas formas tampoco osarían abrir la boca delante de sus esposos.

Otra mujer, refugiada de unos treinta años, de aspecto mediterráneo. La atiendo yo porque solo habla inglés, y los idiomas no son el fuerte del funcionariado de pueblo. Aparece como casada en su pasaporte, así que le pregunto por su marido. Ni lo sabe, ni quiere saberlo. Me cuenta que sus padres la vendieron con 14 años por unos cientos de dólares. Lo relata con toda naturalidad. Una superviviente, sin duda.

Ahora que lo pienso, la relación con la inmigración marroquí define en buena parte al grupito de empleados: mientras la compañera compadece a las “moritas”, el facha lamenta no apellidarse algo como “Matamoros”, y el Charcos reniega de los putos moros.

Debería abrir capítulo con las mujeres de Europa del Este, la relación con las personas no heterosexuales, y otros sarpullidos que le han salido a la cultura local en su hipócrita doble moral, pero tampoco quiero alargarme en este apartado, que no es el objeto del relato.

En fin, que son simples anécdotas que han permanecido en mi memoria, pero cada jornada aporta algún ejemplo, no solo de los abusos de los hombres extranjeros, sino de las pequeñas y grandes miserias de mis paisanos.

Sin ir más lejos, me viene a la mente el día en que una mujer embarazada me dijo que la atendiese con antelación. Llevaba prisa porque iba a perder el autobús para su pueblo, y me consta que solo hay uno en toda la mañana. Pregunté en voz alta si alguien tenía inconveniente, callaron los demás, así que la hice pasar a mi escritorio. Cuando se sentó me explicó que ella también había preguntado, pero que le dijeron que “se jodiese como todos los demás”. La creí, porque tal reacción forma parte de esa cultura local, que comparto por nacimiento.

O una anécdota que hundió a este padre de dos hijas jóvenes: la mañana en que atendí a una chica de dieciocho años recién cumplidos. Traía una sentencia por malos tratos… fechada seis años atrás.

Pero lo más sorprendente, lo destacable, es la dignidad que rebosan muchas de estas personas. Se han quedado grabadas en mi mente, quizás por la cercanía a quien esto suscribe, las lágrimas resbalando sobre las mejillas curtidas por los soles del campo. Lágrimas que llegarán al cuello sin que ninguna mano las detenga, por no reconocer su existencia. Mejillas aradas, de hombres y mujeres que mantienen con sus escasos ingresos a hijos y nietos.

Sin mencionar los muchos trabajadores autónomos, expulsados de su imaginario empresarial, que pasaron por las mesas del servicio preguntando si tenían derecho a algo, y la respuesta fue siempre la misma: no. Pequeños empresarios, tenderos, artesanos, … Todos ellos sin cobertura alguna una vez liquidados sus negocios. La mayoría con una mirada tan humillada como defraudada por ese gobierno que decía ser “de los suyos”.

— Lo siento, usted es autónomo y no cotizaba a Seguridad Social, sino a una Mutua. Pregúnteles.

— Pero allí me han dicho que aquí…

— Lo siento, pero no hay nada.

— Han dicho en la tele que el gobierno…

Ya no respondo, no es necesario.

Y la enfermedad que se ceba en la pobreza … Gentes a las que aprobábamos – debo reconocerlo – ayudas pese a sospechar que sus enfermedades, graves o mortales muchas ellas, les iban a impedir trabajar, condición sine qua non para optar a cualquier subsidio, prestación o Renta.

Así, durante años vino una mujer con su hijo, ya treintañero, pidiendo cita entre operación y operación. El hijo, en concreto, empeñado en enseñarme las horrendas cicatrices.

Un buen día la mujer regresó, sola. La miré sin preguntar, ella dejó escapar una lágrima. Apenas sobrevivió unos pocos meses a su hijo.

—-

Claro, que tampoco quisiera hacer pensar que todos los usuarios hacen ostentación de sus dramas, aunque muchos carezcan de alternativa. Hay una mayoría que trata de cubrir sus relatos con un humor guasón, y a veces un tanto gamberro, muy de la tierra.

Recuerdo, por ejemplo, una señora en los cincuenta largos que vino con su hija. Uno de esos casos de quienes se empeñaban en ser sinceros, y nosotros en que no lo fueran.

— … Yo es que soy muy sincera y voy siempre con la verdad por delante y ya le digo a usted que no voy a trabajar porque estoy enferma, que si me proponen un trabajo yo voy a decir que no…

— Señora, como funcionario debo advertirle que si sigue por ese camino me obligará a denegarle la solicitud.

— … pero yo es que siempre voy con la verdad por delante…

— Mamá, ¡que te calles, coño! ¿A que te llevas una colleja?

La mujer se quedó corrida y ofendidísima, pero no volvió a abrir la boca.

O el humor gitano. Aquella muchachada que aparece un viernes a las dos menos un minuto de la tarde, justo antes de cerrar, estando yo solo en la oficina. Una de las chicas, a la que conozco desde que era una niña, me suelta sin resuello:

— Hola. Perdona el retraso, pero es que los siete tenemos cita y queríamos un certificado para cada uno.

Debí poner cara de “tierra, trágame” porque estallaron en una carcajada.

— ¿Lo veis? Ya os dije que este payo ponía caras muy graciosas.

Dan media vuelta y se marchan corriendo.

Ah, ese humor … Cómo se agradece.

—-

Pues así iba la cosa, que según hubiera sido la jornada yo regresaba a casa sumido en la niebla oscura para varios días, o con una sonrisa en los labios. Desgraciadamente, hubo más de los primeros que de los segundos durante los primeros años del gobierno de don Mariano Rajoy Brey, cuando sus recortes dejaron sin cobertura a muchos desempleados.

Luego la cosa mejoró, no porque las políticas hubiesen funcionado, sino porque – o eso sospechábamos todos – la gente dejó de acudir donde ya sabían que no había nada para ellos.

O quizás era justo eso lo que se pretendía desde el principio, quién sabe.


Entrada anterior. – Entrada siguiente.


Si alguien está interesado en casos más concretos y detallados puede consultar una entrada del 2014: Un día normal en el SEPE. De hecho, la señora D en aquél relato es la misma que aquí menciono, la que sobrevivió por poco a su hijo, pero entonces aún no lo sabía.

3 comentarios sobre “Otro día de mierda, 09:00

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  1. Me ha emocionado esta relación tan humana de parte de tus experiencias en el SEPE, poniendo de manifiesto la desesperación y la dignidad de alguna gente. Y el silencio de muchos. Y tu impotencia ante casos que habrías querido resolver, ánima de paso.

    Le gusta a 1 persona

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