Otro día de mierda, 13:30


Pues así iba la cosa, que según hubiera sido la jornada yo regresaba a casa sumido en la niebla oscura para varios días, o con una sonrisa en los labios. Desgraciadamente, hubo más de los primeros que de los segundos durante los primeros años del gobierno de don Mariano Rajoy Brey, cuando sus recortes dejaron sin cobertura a muchos desempleados.

Luego la cosa mejoró, no porque las políticas hubiesen funcionado, sino porque – o eso sospechábamos todos – la gente dejó de acudir donde ya sabían que no había nada para ellos. O quizás era justo eso lo que se pretendía desde el principio, quién sabe.

—-

Tan pronto empieza a disminuir el flujo de personal, generalmente hacia la una, se marchan a tomar unos vinos – o eso dicen – el director y su alter ego, el facha estajanovista a mayor gloria de Dios, la Patria y el … el lo que sea, que tampoco le tiene mucho cariño al rey, él es más de dictadores. Salvo sorpresa, regresarán poco antes de la hora de cierre, justo a tiempo para acabar lo que tengan a medias, fichar y volver a casa. Aunque que nadie se llame a engaño, el colega facha es el empleado que cierra más expedientes que nadie, es el Messi de la atención al público, el Cristiano Ronaldo de las estadísticas del director.

La compañera – esa única persona a la que puedo llamar así sin sentirme incómodo – suele aprovechar para hacer recados. Podría parecer descarado, pero antes de disparar recuerden que durante cuatro horas nadie, excepto el director y Charcos, ha descansado ni un segundo.

Bueno, yo sí lo he hecho, dos paradas para sendos cigarros y cafés, con frecuencia interrumpidos por alguien que trae una “preguntita de na” y siente que está en la confianza de salir al balcón conmigo.

Siendo así que yo saldré poco más tarde por haber llegado antes, no me importa quedarme solo – se queda también el Charcos, pero es como si no estuviese – por si viene alguien más. Porque, aunque en teoría no deberíamos atender a nadie a partir de las dos de la tarde, el director permite que se cite gente a esas horas, lo que genera la frustración de quien llega treinta segundos tarde y se encuentra la puerta cerrada. Recuerden que el sistema no permite elegir la hora de cita, así que la gente viene cuando puede, y no puedo culparles.

Y es que, como dije anteriormente, solo hay un grupo de gentes que le importe menos a los gestores que sus empleados, y son los usuarios.

Esa hora, u hora y media, en la que disponemos de tiempo a nuestras anchas suele ser positivo si he conseguido superar la jornada sin demasiados mazazos en el ánimo. Dedico el tiempo a atender a quienes vengan, pero en un entorno carente de voces airadas, protestas, quejas, … Diría que es un placer, aunque mentiría. Sería más justo afirmar que es menos desplaciente, si acaso.

Si no acude nadie, tengo que llenar ese período para evitar el abismo. Mientras el compañero Charcos ojea revistas con anuncios de lencería, yo leo el resumen del BOE del día, uno o dos diarios digitales, exploro las bases de datos de procedimiento administrativo, reviso por enésima vez los expedientes pendientes,…

Supongamos que ese día, por ejemplo, no contento con haberle disminuido primero, y congelado después sine die el sueldo al funcionariado, al ministro del ramo se le ocurre alargar la jornada de trabajo. Pues bien, eso lo descubriría yo en primer lugar. Unas simples operaciones matemáticas para descubrir que en la práctica el salario se reduce en dos dígitos porcentuales, una impresión del BOE, y lo dejaría encima del escritorio del director.

Aumentar las horas de estancia en la oficina sin permitir alargar la hora de atención al público podría parecer inquina y acoso por parte de los poderes públicos hacia sus empleados, pero basta con aplicar la navaja de Hanlon – nunca atribuyas a la maldad lo que se explica adecuadamente por la estupidez – para descubrir que la medida se convierte en una forma simple de sodomizar – por no decir dar por culo, que suena más vulgar – al trabajador público de la Administración para alegrar a las bases electorales.

Pensarán que este tipo de maniobras, de las que hubo unas cuantas, nos irritarían, y tendrían razón, pero curiosamente solo yo me quejé, maldije y vilipendié al gobierno, que es de los suyos. La ventaja es que un cabreo de origen externo – exógeno – tiende a sobreponerse a la depresión de origen interno (endógena) y atenuarla. ¿Bienvenidos sean pues los enconos contra el gobierno? Pues no, porque salir más tarde significa pasar cada día más sueño y hambre para nada.

Y sin embargo, con el tiempo, llegaría a sacar provecho a ese tiempo durante el cual el gobierno nos secuestraba – nos retenía contra nuestra voluntad sin pagarnos a cambio, eso me suena a secuestro – aprendiendo a escribir mediante la práctica. De ese tiempo estéril y vacío nacería mi primera novela. ¿Cómo se me ocurrió? Sencillo, recuerden que tenía que ocupar mi mente para que no la invadiera la niebla justo antes de subirme al coche y conducir a bastante velocidad durante cuarenta minutos. Creo que, en alguna medida, darle vueltas a la novela, sus personajes y giros argumentales, me salvó de muchas horas de tedio en el fondo del pozo oscuro.

Todo acaba para mí a las dos y media. Cierro el ordenador, me encasqueto chaqueta y gorro, y salgo a la calle con un apresurado “hasta mañana” dirigido a quienes siguen en la oficina: mi compañera y los trabajadores del servicio de empleo de la comunidad autónoma. Charcos, como si no estuviese.


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