Otro día de mierda, 14:30


Todo acaba para mí a las dos y media. Cierro el ordenador, me encasqueto chaqueta y gorro, y salgo a la calle con un apresurado “hasta mañana” dirigido a quienes no están de vinos: mi compañera y los trabajadores del servicio de empleo de la comunidad autónoma. Charcos, como si no estuviese.

—-

Desaparco y conduzco con paciencia en dirección a la autovía, sorteando en la medida de lo posible a tractores y tractonetas, así como algún que otro convecino añoso con demasiada confianza en mis reflejos. Lo primero – los tractores – son herramientas mecánicas para el trabajo del campo, como es sabido, y lo segundo – las tractonetas – son esas furgonetas que no nacieron en este siglo y que son conducidas por conductores de tractor, a la misma velocidad y con idéntico estilo.

Y eso sin contar con los protocolos sociales en los pueblos mesetarios, donde el paisanaje, tanto masculino como femenino y mixto, se siente obligado a detener el coche para saludar a los conocidos que pasan y preguntarles por la familia y la salud.

Para situarnos, de los cuarenta minutos totales que tardo hasta mi destino, aproximadamente veinte se destinan a recorrer los poco más de cuarenta kilómetros de distancia entre los pueblos, y diez minutos para los tres o cuatro que distancian, en cada villa, mi destino de la autovía, y viceversa.

Desde el momento en que salgo del entorno urbano – lo de urbano es un decir – la mente se relaja en cierta medida: ya no se esperan excesos sociales, tractores, bicicletas, niños, patinetes, … Solo conductores profesionales en los camiones y furgonetas, semiprofesionales en los turismos, gente previsible en general.

Es entonces cuando acecha el monstruo, aunque no en la misma forma que en la mañana. En este trayecto de vuelta no hay tramos favorables a las fantasías suicidas, como mucho al accidente con avería corporal y mecánica, y quizás funcional. Nada de esto seduce al suicida potencial que soy, porque lo último que quisiera mi retorcida imaginación es resultar inválido y no ser capaz de poner fin a mi triste vida.

Pero el abismo dispone de otras herramientas para perturbarme e impedir que yo subsista lejos de su perturbadora presencia. Entre esas capacidades, una es la hipersomnia, complicada por mi peculiar rinorrea.

Me explico.

Cuando me entra sueño, genero lágrimas en tal cantidad que prácticamente no veo. Lagrimeo tanto, además, que el líquido que no llega a rebosar por los ojos inunda la nariz, impidiendo respirar y agravando por tanto la incomodidad. Si a esto le sumamos el sol implacable de la meseta hispana incidiendo sobre mis ojos inundados de lágrimas, y el baile de las miodesopsias (o moscas en el ojo), pues tenemos un cóctel muy molesto.

Pues bien, la rinorrea es un defecto de fabricación que viene de serie, pero la aportación del monstruo es el sueño. Este proceder, que técnicamente podría calificarse de hipersomnia, puede suceder en cualquier momento, y de hecho tiende a aparecer cuando estoy relajado, en confianza. Es decir, cuando no me encuentro cavando en el fondo del pozo.

Sin embargo, sucede siempre cuando regreso a casa a mediodía. ¿Por qué, preguntarán ustedes? Pues obviamente, por joder, que en eso consiste la depresión.

Alguien podría sugerir que debería detenerme en el arcén y descansar, pero no serviría de mucho, excepto para dejarme sin comer porque el restaurante al que me dirijo cierra la cocina a las cuatro. Afirmo que no serviría de mucho porque no puedo dormir con la nariz taponada, de modo que tampoco descansaría, pero, en cambio, acabaría inmerso en un ataque de ansiedad. Un efecto que, en general, no resulta aconsejable en absoluto, y menos cuando se viaja a ciento veinte kilómetros por hora.

Así que aprieto los dientes, me pellizco y sigo conduciendo, aunque reduciendo algo la velocidad. A ciento veinte, como mucho.

Como digo, con más o menos zancadillas de mi propio cuerpo, pero suelo aparcar delante del restaurante del Corredero hacia las tres y cuarto.

Acostumbro a comer aquí, en primer lugar para no tener que preparar comida en casa, con lo que se me harían las tantas, y en segundo y definitivo porque el menú del día de este restaurante me gusta, y su factótum Crisanto – dueño, camarero y barman – me cae bien, lo que no es frecuente.

Súmenle que el volumen de las conversaciones es discreto, que siempre hay algún platillo de mi gusto – soy un tanto tiquismiquis, lo reconozco – y unos postres que alegran el cuerpo, y tendrán la respuesta.

Tras un café aromatizado con unas gotas de Brandy y el consabido cigarro, estoy dispuesto a enfrentarme a lo que sea que el monstruoso cabrón me haya organizado para el resto del día.


Entrada anterior. – Entrada siguiente.

2 comentarios sobre “Otro día de mierda, 14:30

Los comentarios están cerrados.

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

Blog del Gran Baladre

Bacineamos de to lo que se menea

Florent Marcellesi

Blog del eurodiputado de EQUO

BlogSOStenible: Noticias medioambientales y datos... aportando soluciones

Ecología, Economía, y Sostenibilidad, desde los países ricos: Aprender, Ayudar y Disfrutar... desde Málaga (España).

Autonomía y Bienvivir

Bacineamos de to lo que se menea

La proa del Argo

Bacineamos de to lo que se menea

Salva Solano Salmerón

Bacineamos de to lo que se menea

Joven Furioso

Escritos, divagaciones y un chancletazo al libre albedrío.

Vota y Calla

No te metas en lo que SÍ te importa

Blog de Gregorio López Sanz

Bacineamos de to lo que se menea

Colectivo Novecento

Blog de economía crítica y pensamiento político

REMEMORACIÓN

Memoria de las víctimas, Historia y Política

Economistas Frente a la Crisis

El pensamiento económico al servicio de los ciudadanos

A %d blogueros les gusta esto: